Gabriel
No elegí a Felipe de Anjou por Francia.
Lo elegí porque España ya no podía seguir fingiendo que no estaba cansada.
Eso no se lo dije a mi padre, claro. Hay verdades que no sobreviven al orgullo ajeno. Las dejé en silencio, donde al menos no podían ser deformadas.
La carta de Madrid seguía doblada en el bolsillo de mi casaca. La había leído tres veces, no por necesidad, sino para convencerme de que no estaba interpretando lo que quería leer. Hablaba de cambios, de orden, de una monarquía fuerte. Palabras limpias. Palabras nuevas. Palabras peligrosas.
Salí a la calle para pensar. La ciudad parecía igual que siempre, y eso era lo más inquietante. Los mismos vendedores, los mismos mendigos, las mismas fachadas descascarilladas. España se parecía demasiado a una casa que finge normalidad mientras el techo empieza a ceder.
En la plaza, dos hombres discutían en voz baja. Bastó pasar cerca para oír los nombres: Austria. Francia. Borbón. Archiduque. Nadie gritaba. Aún no. Las guerras comienzan cuando las palabras dejan de bastar.
Pensé en mi padre. En su forma de sentarse recto incluso cuando nadie lo observa. En cómo pronuncia “honor” como si fuera una herencia tangible. Yo lo admiro. Siempre lo he hecho. Pero también he visto cómo ese honor nos ha ido dejando solos.
No quiero traicionarlo.
Quiero salvar lo poco que queda.
Cuando regresé, lo encontré en el patio. Observaba a Tomás como si aquel hombre, inclinado sobre el suelo, fuera la prueba de algo que no terminaba de formular. Me miró sin sorpresa; supongo que ya me había leído en la cara.
—Has hablado con tu madre —dijo.
—Sí.
—Y ahora vienes a hablar conmigo.
No era una pregunta.
—Padre —empecé—, no se trata de olvidar lo que fuimos.
—Eso es exactamente lo que se te pide —respondió.
Ahí comprendí que no discutíamos sobre un rey. Discutíamos sobre quién tenía derecho a decidir el significado del pasado.
—Se nos pide sobrevivir —dije—. No arrodillarnos.
Sus ojos se endurecieron. Vi en ellos algo que no había visto antes: miedo. No a Felipe, ni a Francia, sino a que el mundo siguiera sin pedirle permiso.
—Los Valcárcel no cambian de bando —sentenció.
—Los Valcárcel también comen —respondí, y supe que había cruzado una línea.
El silencio que siguió fue espeso, definitivo. En ese instante entendí que, pasara lo que pasara en Europa, yo ya había empezado mi propia guerra.
Esa noche no dormí. Pensé en Inés, en su manera de callar cuando todos hablan. Pensé en mi madre, sosteniendo lo insostenible. Y pensé en mí, caminando hacia un futuro que quizá no merecía, pero que era el único que veía.
No sé cuándo se empieza a ser enemigo del propio padre.
Solo sé que no ocurre de golpe.
Ocurre en frases mal medidas.
En silencios que ya no se corrigen.