Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO IV

Inés

Siempre he sabido que el mundo se rompe primero en los bordes.

En los márgenes de las conversaciones, en las palabras que no se dicen, en las miradas que se sostienen un segundo más de lo necesario. Nadie me presta atención cuando observo; creen que mi silencio es docilidad. No saben que es memoria.

Desde la escalera escuché la voz de Gabriel. No distinguí las palabras, pero sí el tono. Mi padre no respondió de inmediato. Ese retraso fue peor que un grito.

Me senté en el último escalón. Desde allí veía el patio, el cielo recortado y una parte del rostro de mi hermano. Parecía mayor. No más fuerte, sino más solo. Comprendí que había elegido algo, y que esa elección ya lo estaba alejando de nosotros.

Pensé en mi prometido. En cómo había hablado, días atrás, del Archiduque Carlos con la misma convicción que Gabriel reservaba para Felipe. Pensé que el amor también podía convertirse en frontera.

Mi madre me encontró allí.

—No bajes ahora —me dijo.

Asentí. Obedecer fue lo único fácil de aquel día.

Por la noche, recé sin palabras. No pedí que nada se arreglara; solo que no se rompiera del todo. Es una oración humilde, casi inútil, pero es la que mejor conozco.

Me fui a la cama sabiendo algo que no me habían enseñado:
que crecer no es aprender más,
sino ver con claridad aquello que no puedes cambiar.

España estaba cambiando.
Mi familia también.

Y yo, atrapada entre ambos movimientos, entendí que pronto tendría que elegir no entre reyes, sino entre personas.
Y que ninguna elección me dejaría intacta.

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