Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO V

Tomás

Los señores creen que uno no escucha cuando baja la cabeza.

Se equivocan.
Escuchar es lo único que nos queda a los que no decidimos nada.

Trabajo en esta casa desde antes de que naciera el hijo mayor. He visto cambiar los muebles, las caras, las certezas. Antes se hablaba de cosechas y matrimonios. Ahora se habla de reyes como quien habla del tiempo: con miedo a que arruine lo poco que hay.

Yo no entiendo de Borbones ni de Austrias. Entiendo de suelos que hay que barrer aunque no estén sucios, de platos que se rompen por descuido y no se reponen, de palabras que pesan más que los sacos de grano.

Desde que murió el rey, la casa suena distinto. No más fuerte, sino más hueca.

El señor Alonso camina como si todavía le debieran explicaciones. El hijo mayor pisa con decisión, como quien ya ha elegido dirección. La señora Beatriz sostiene el aire para que no se venga abajo. Y la señorita Inés… ella mira. Siempre mira.

Yo miro también, pero desde abajo.

Esa mañana llevé agua al despacho. No anuncié mi presencia. Nunca lo hago. Fue entonces cuando escuché el nombre. No fue Felipe. No fue Carlos. Fue otro.

—Habrá que informar al corregidor —dijo el señor Alonso.

—Aún no —respondió Gabriel—. No conviene adelantarse.

Ahí supe que el silencio se había vuelto peligroso.

Porque cuando los señores dudan, los que caemos somos los mismos de siempre.

Salí sin hacer ruido. En el patio, me quedé un momento quieto, con la jarra en las manos. Pensé en mi mujer, en el cuarto pequeño que compartimos, en lo fácil que sería perderlo todo por una decisión tomada muy lejos de nosotros.

Esa noche escribí una nota que no firmé. No decía gran cosa. Solo advertía de movimientos, de palabras nuevas, de lealtades que ya no coincidían con los títulos. La dejé donde sabía que sería leída.

No lo hice por traición.
Lo hice por instinto.

Cuando uno no tiene bando, aprende a sobrevivir.

Al volver a casa, la señorita Inés me miró como si supiera algo. Bajé la cabeza. No por respeto, sino porque hay miradas que preguntan más de lo que uno puede responder.

Esa noche dormí mal. Soñé con una puerta que se cerraba sin ruido. Al despertar, supe que pronto alguien cruzaría un umbral del que no se vuelve.

Los señores creen que la Historia se escribe arriba.
Pero siempre empieza abajo,
cuando alguien decide hablar.




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