Beatriz
Hay un momento —nadie te avisa cuándo— en el que comprendes que ya no estás sosteniendo una familia, sino un equilibrio imposible.
Ese día empezó con una carta.
No llevaba sello oficial ni emblemas. Solo mi nombre, escrito con una caligrafía cuidadosa, casi respetuosa. La encontré sobre la mesa de la cocina, donde Tomás deja el pan. Supe antes de abrirla que no traería consuelo. Las cartas, cuando llegan así, no lo hacen.
La leí de pie.
No decía nada explícito. Hablaba de movimientos, de tensiones, de decisiones recientes que no habían pasado desapercibidas. Hablaba, sobre todo, de prudencia. Esa palabra que los poderosos usan cuando quieren que otros carguen con el miedo.
No mencionaba a Gabriel.
No mencionaba a Alonso.
Pero los contenía a ambos.
Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo del delantal, como si así pudiera domesticarlo.
Subí al despacho.
Alonso estaba escribiendo otra carta. Ya no las redacta con duda, sino con la seguridad de quien se ha convencido de que cualquier paso atrás sería una forma de muerte. Lo miré un instante antes de hablar. He aprendido que interrumpir a un hombre en ese estado es como tocar una herida abierta.
—Han vuelto a escribir —le dije.
No levantó la vista.
—Era de esperar.
—No es una amenaza directa.
—Las peores nunca lo son.
Me senté frente a él. No como esposa, sino como testigo. Vi en su rostro algo que me dolió más que la ira: una serenidad peligrosa, casi religiosa. Alonso ya no discutía con el mundo; se había declarado en oposición a él.
—Esto nos va a arrastrar —dije—. A todos.
—No —respondió—. Solo a quienes no sepan sostenerse.
Ahí entendí que ya no hablaba conmigo, sino con una idea de mí que había dejado de existir.
—Gabriel está solo —dije entonces—. Y no está a salvo.
Por primera vez alzó la mirada.
—No lo estaba cuando vivía aquí —dijo—. Ahora al menos ha elegido.
Elegido.
Como si la elección fuera un escudo.
No discutí más. Discutir es un privilegio cuando aún hay terreno común. Me levanté y salí. La casa me pareció más grande de lo habitual, como si hubiera empezado a vaciarse por dentro.
En el pasillo me crucé con Inés. Me miró con esa mezcla de juventud y lucidez que me desarma.
—Madre —dijo—, ¿esto va a empeorar?
Pensé en mentirle. Pensé en protegerla con ignorancia. Pero ya no era posible.
—Sí —respondí—. Y no será rápido.
No lloró. Asintió. La vi endurecerse en silencio, como lo hacen quienes entienden que la inocencia ya no es una opción.
Esa tarde bajé a la capilla pequeña, la que casi no usamos. Me senté sola. No recé. Conté las grietas del muro. Pensé en todas las veces que había cedido, mediado, callado para que la casa siguiera en pie. Y comprendí, con una claridad devastadora, que el amor no siempre salva. A veces solo retrasa la caída.
Al volver, Tomás me esperaba.
—Señora —dijo—, han preguntado por usted.
—¿Quiénes?
—Los mismos.
No necesitaba más precisión.
—¿Qué han dicho?
—Que habrá consecuencias. No hoy. Pronto.
Asentí. Le pedí que cerrara bien la puerta esa noche. Me miró como si quisiera decir algo más. No lo hizo. Los hombres como Tomás hablan solo cuando el silencio deja de ser seguro.
Antes de dormir, me senté en la cama de Gabriel. Aún conservaba su forma. No lloré. Me limité a apoyar la mano en la colcha, como si pudiera transmitirle algo a través de la distancia. Pensé en escribirle. No lo hice. Las cartas, en este momento, son armas que no siempre llegan a quien deben.
Me acosté sabiendo que ya no podía salvarlos a los dos.
Y esa fue la revelación más cruel:
no tendría que elegir entre mi marido y mi hijo,
sino entre decir la verdad o seguir sosteniendo la mentira que nos mantenía unidos.
Al apagar la vela, acepté algo que nunca quise aceptar:
La casa no se rompería de golpe.
Se iría vaciando, decisión a decisión,
hasta que solo quedaran paredes
y nombres que ya no se pronuncian juntos.
Y yo, que había creído que amar era suficiente,
entendí por fin que en tiempos como estos
amar también es sobrevivir a la culpa.