Inés
El amanecer no trajo consuelo.
Trajo claridad, esa claridad que corta más que cualquier sombra, porque no se puede ignorar.
Desde la ventana de mi habitación vi pasar los carros cargados de leña, hombres y mujeres que no sabían que en esta casa ya nada sería igual. No era culpa de ellos. La Historia nunca espera a quien no la comprende.
Tomé una carta que había dejado sobre la mesa Tomás la noche anterior. Era breve, escueta. Un aviso de prudencia. “Cuida tus palabras, joven señorita. No todos los que escuchan piensan bien.”
No decía más. No hacía falta.
Recordé a Gabriel. Recordé la firma de su promesa y cómo, en su acto de valentía, nos había dejado a todos a merced de decisiones que no habíamos pedido. La casa se había convertido en un tablero que se movía solo. Mi padre ya no estaba, ni siquiera en cuerpo: su autoridad se había endurecido hasta volverse implacable. Y mi madre, mi madre sufría en silencio, con la mirada fija en un horizonte que nadie podía ver.
Pero yo tenía que actuar. La pasividad ya no era una opción. Mi corazón me decía una cosa; mi conciencia, otra. Y ambas se entrelazaban de forma peligrosa.
Esa mañana bajé al patio y encontré a Tomás recogiendo hojas secas. Habló poco, pero en sus ojos vi lo que la casa me negaba: miedo. No por él, sino por todos nosotros.
—Señorita Inés —dijo con voz baja—. No es seguro que salga sola.
Asentí. No era una advertencia; era un mandato silencioso.
Mi decisión ya estaba tomada. Había un joven, alguien que había mostrado lealtad y afecto genuino, que necesitaba ayuda. Su nombre estaba en mis pensamientos y en mis actos antes de que pudiera razonar los riesgos. Ir a él significaba exponerse. Ir a él significaba que si algo salía mal, el daño no sería solo mío.
Caminé por las calles aún desiertas, con la sensación de que cada paso me alejaba de la casa que aún me contenía. No era solo un viaje físico. Era un salto a lo desconocido, donde cada sombra podía ser un enemigo y cada gesto un peligro.
Lo encontré en la esquina de la plaza, esperando con cautela. Su expresión cambió al verme, pero no de sorpresa, sino de alivio contenido. Sabía que yo llegaría. Esa certeza, pequeña, pero intensa, era el único consuelo en un mundo que se volvía hostil.
—Inés —dijo él—. No debiste venir sola.
—No podía esperar —respondí—. Hay cosas que no permiten demora.
Hablamos en susurros, palabras medidas, decisiones calculadas. Cada frase tenía peso, cada mirada era un pacto. Comprendí que no había marcha atrás: cualquier acción que tomáramos ahora sería irreversible.
Regresé a la casa esa misma tarde. Mi madre estaba en la cocina, recogiendo sin hablar. Me vio entrar y asintió levemente. Alonso ni siquiera levantó la vista. La lealtad que antes sentía por mí había sido reemplazada por la convicción de su propia justicia.
—Has hecho bien —dijo Beatriz al fin—. Pero no olvides que todo acto tiene consecuencia.
Lo sabía. Lo sentía. Cada decisión que tomaba se conectaba con la firma de Gabriel, con la rigidez de Alonso, con la vigilancia silenciosa de Tomás. La casa ya no era refugio; era prueba. Cada esquina podía ser juicio. Cada puerta, límite.
Esa noche me senté sola, escribiendo una carta que no podía enviar todavía. La doblé cuidadosamente, consciente de que su contenido podía salvar o condenar. Las palabras se sentían pesadas, como si cada una llevara el eco de los pasos que Gabriel ya había dado y de los que Alonso daría mañana.
Entendí algo que hasta entonces había evitado: el amor no libera, el amor obliga. Obliga a elegir, a exponerse, a cargar con riesgos que otros no ven. Obliga a confrontar a los que amas y a enfrentarte a quienes pretenden protegerte de ti misma.
Al apagar la vela, sentí el peso de la historia en mis hombros. No era solo la historia de reyes o promesas firmadas. Era nuestra historia, nuestra casa, nuestra familia. Y yo, atrapada entre ellos, comprendí que desde aquel momento, cada paso que diera tendría consecuencias que nadie más podía revertir.