Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XIV

Inés

El sol apenas tocaba los tejados cuando comprendí que ya no había margen para dudas.
La casa, la familia, incluso el mundo entero se habían convertido en un laberinto donde cada paso que daba podía acarrear consecuencias irreversibles.

Caminé por el pasillo, evitando los ojos de Alonso. No podía permitirme confrontaciones innecesarias. Cada palabra que pronunciaba podía ser usada en mi contra, y su orgullo no necesitaba más razones para endurecerse.

Gabriel estaba lejos. Su ausencia pesaba en cada gesto, en cada silencio. Su firma, su decisión, había abierto puertas que yo no había imaginado. Y yo debía actuar antes de que esas puertas se cerraran sobre nosotros para siempre.

Tomé una carta que había recibido hacía unos días, cuidadosamente guardada. Era de Gabriel, pero no hablaba de amor ni de promesas personales. Hablaba de precaución, de aliados, de los ojos que ya los observaban.
Al leerla, sentí que el hilo que nos unía estaba hecho de miedo, de deber y de deseo al mismo tiempo.

No podía quedarme quieta. Sabía que debía moverse, decidir, exponerse. Cada instante de indecisión era un riesgo. Cada paso calculado podía salvar o destruir.

Bajé al patio, donde Tomás ya trabajaba. Me miró un instante, entendiendo sin palabras. Su silencio era un pacto: sabía que esta vez yo tomaría la iniciativa, y que su papel era proteger lo que aún quedaba de nuestra familia.

—Inés —dijo finalmente—. Hay que ser prudente.

—Lo sé —respondí—. Pero a veces la prudencia es un lujo que no podemos permitirnos.

Caminé por las calles desiertas con la carta de Gabriel en la mano, sintiendo cada sombra como una amenaza y cada callejón como una posibilidad de desastre. El joven que esperaba era consciente de los riesgos, pero también de que nuestra unión, aunque peligrosa, era la única certeza en un mundo que se desmoronaba.

Nos encontramos en un rincón apartado, donde la ciudad parecía olvidarnos. Sus ojos reflejaban alivio, pero también temor.
—No debiste venir sola —dijo, intentando disuadirme.

—No podía esperar —respondí—. Hay cosas que solo pueden resolverse con acción inmediata.

Hablamos en susurros, con palabras medidas. Cada frase era un pacto silencioso, un acuerdo que nos unía más allá del amor: era supervivencia. Comprendí que nuestra relación no era solo afecto; era resistencia. Y como tal, estaba condenada a ser peligrosa.

Al regresar a la casa, cada sombra parecía más larga, cada rincón más vigilado. Beatriz no estaba; Alonso permanecía en su despacho, escribiendo cartas que consolidaban su radicalización. La casa, antes refugio, ahora era un escenario de vigilancia y tensión constante.

Esa noche, al escribir una carta a Gabriel, comprendí que el amor y la política ya no eran separables. Cada decisión que tomaba afectaba no solo nuestro destino, sino también el de quienes amábamos. La tinta sobre el papel parecía pesar tanto como la promesa que él había firmado.

Antes de dormir, me senté junto a la ventana y observé la calle vacía. Sabía que cada paso de mañana tendría consecuencias visibles. Sabía que mi amor era ahora un riesgo calculado, y que cada acto de valentía se medía en precisión y supervivencia.

Apagué la vela con cuidado. La luz que se extinguía parecía marcar el final de la inocencia. Comprendí que ya no existían segundas oportunidades. Cada movimiento, cada palabra, cada decisión futura formaría parte de la red que nos atrapaba a todos: Gabriel, Alonso, Beatriz, Tomás… y yo misma.

El amor ya no era consuelo;
era estrategia.

Y yo debía aprender a jugar, o el precio sería demasiado alto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.