Tomás
El amanecer no fue amable.
La luz entraba por las ventanas del patio con fuerza, pero no traía consuelo, sino una claridad que corta más que la sombra: cada hoja, cada ladrillo, cada rincón parecía señalar lo que ya no podía evitar.
Mientras barría el patio, noté movimientos que no eran habituales: hombres ajenos al servicio, con pasos medidos y miradas duras. No pregunté. No era el momento. Quien sirve sabe que algunas preguntas traen respuestas que matan antes que las palabras.
—Tomás —dijo uno de ellos—. Sal.
No era una orden. Era un mandato sin margen de elección.
Cada paso hacia la calle me pesaba, como si el suelo mismo quisiera retenerme. La ciudad parecía silenciosa, expectante. Sabía que esto no era un accidente, sino una consecuencia directa de lo que sucedía dentro de nuestra casa: la firma de Gabriel, la radicalización de Alonso, las decisiones de Inés. Todo convergía sobre mí.
Me condujeron a un callejón apartado. Uno de los hombres me sujetó del brazo con firmeza. No había gritos, ni insultos, ni forcejeos. Todo estaba medido. Cada gesto tenía intención. Cada movimiento estaba calculado.
—Sabemos lo que tu señor ha hecho —dijo uno de ellos—. Y sabemos que tú eres cercano a él.
—No sé nada —respondí, conteniendo la respiración.
—Mentiras —replicó—. La información siempre encuentra quien la guarda.
Una bofetada me recorrió la cara. No fue brutal, pero fue suficiente para hacerme entender que el daño físico ya no era teórico. Era real.
Me soltaron, pero la amenaza no se fue. El mensaje estaba claro: ninguno de nosotros podía permanecer seguro, ni siquiera dentro de las paredes que creíamos refugio.
Al regresar a la casa, me apoyé en la puerta del patio, temblando. Beatriz apareció en ese instante. No dijo nada. Solo me sostuvo la mano y asintió lentamente. No había reproches, solo comprensión.
—Todo cambia —dijo—. Y nada volverá a ser como antes.
Asentí. No podía hablar. Cada palabra hubiera sido un reconocimiento de debilidad. Y no podíamos permitirnos debilidades.
Alonso permanecía en su despacho. Su radicalización ya no era abstracta; sus decisiones habían colocado a todos bajo riesgo tangible. Gabriel seguía lejos, su firma había desencadenado el primer acto real de violencia. Inés también había dado un paso que la exponía. Todos estábamos atrapados en una red que se estrechaba con cada movimiento.
Esa noche me recosté, sintiendo el dolor en la mejilla, pero más intenso aún era el peso de la certeza: la política, la lealtad y la familia se habían fusionado en un solo peligro ineludible. Cada decisión futura sería calculada, y cada error tendría un precio visible.
Comprendí que el primer daño físico no era un accidente.
Era la señal de que la guerra ya estaba dentro de nuestra casa.
Y que, a partir de ahora, nadie estaría a salvo.