Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XVI

Alonso

El crepúsculo no traía calma.
Traía una amenaza que flotaba sobre la casa y el barrio, como un viento frío que anuncia tormenta. Cada sombra parecía moverse con intención propia, y cada sonido era un recordatorio de que nuestras decisiones ya no eran privadas.

Alonso estaba de pie en el despacho, frente a su escritorio, con las manos apoyadas sobre los papeles que dictaban su firmeza. Cada carta que había enviado, cada decisión tomada, era ahora un acto irreversible. La radicalización no era solo pensamiento: era acción. Y la acción tenía consecuencias.

Tomás había vuelto del primer encuentro con los hombres que habían querido intimidarlo. Su rostro mostraba dolor, no por la bofetada, sino por la comprensión de que ninguno estaba protegido. Alonso lo vio y asintió con frialdad, como quien reconoce que el sacrificio de otros es parte del juego que ha decidido jugar.

—No podemos retroceder —dijo Alonso—.
—No hay vuelta atrás —repitió Tomás, con voz baja—. Pero los demás…

Alonso no terminó la frase. No necesitaba hacerlo. Sabía que cada miembro de la casa estaba en riesgo. Gabriel lejos, Inés expuesta, Beatriz atrapada entre deber y miedo, Tomás vulnerable. La responsabilidad que había asumido era ahora un peso tangible.

Decidió actuar. No por venganza, no por orgullo, sino por necesidad: proteger lo que aún podía salvarse de la disolución. Salió al patio con paso firme, consciente de que cada movimiento sería observado y medido por quienes deseaban aprovechar cualquier debilidad.

Los hombres que se habían presentado días antes regresaron. Esta vez no para advertir: venían a probar la fuerza, a medir la determinación de un padre que se había radicalizado en silencio. No hubo gritos, ni palabras vacías. Solo la confrontación directa, contenida pero mortal en intención.

Alonso avanzó hacia ellos. Cada gesto era calculado, cada mirada transmitía control absoluto. No necesitaba armas; su autoridad era suficiente para imponer respeto, aunque el precio era evidente: la tensión acumulada comenzaba a desbordarse sobre quienes lo rodeaban.

Tomás permanecía cerca, observando, consciente de que cualquier error podía costarle caro. No era valentía: era sobrevivencia. Alonso golpeó la mesa con fuerza, una advertencia silenciosa. Los hombres retrocedieron un paso, midiendo la firmeza que emanaba de su radicalización.

—La casa no será tomada —dijo Alonso—. Ni por rumores, ni por promesas ajenas.

Sus palabras eran claras, pero no bastaban. La amenaza seguía allí, flotando sobre la familia como un espectro invisible. Cada acción que tomara de ahora en adelante tendría efectos inmediatos y peligrosos.

Al regresar al despacho, Alonso comprendió que la radicalización ya no era un acto personal: era un movimiento que envolvía a todos en la casa, y que cualquier decisión equivocada podría desencadenar consecuencias irreversibles. La violencia contenida hasta ahora era solo el preludio de lo que vendría.

Esa noche, mientras Beatriz preparaba té en silencio, Alonso revisó nuevamente sus cartas y documentos. Sabía que cada línea escrita podía ser interpretada como lealtad o traición, y que la próxima acción que tomara tendría que ser perfecta, calculada y definitiva.

La casa, que había sido refugio, ahora era un tablero de ajedrez donde cada pieza podía caer en cualquier momento. Alonso entendió algo que nadie más podía comprender: la radicalización ya no era elección, sino destino, y el precio de no actuar sería mucho más alto que el de actuar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.