Inés
El viento de la tarde traía consigo un olor extraño, mezcla de polvo, humo lejano y miedo.
Cada paso que daba hacia la plaza parecía más pesado que el anterior, como si la ciudad misma quisiera retenerme. Sabía que no podía dar marcha atrás: cada decisión tomada era un hilo que me ataba a la red de consecuencias que había comenzado con la firma de Gabriel y la radicalización de Alonso.
Lo primero que noté fue la ausencia de normalidad. La plaza, que normalmente bullía de voces y vida, estaba inusualmente silenciosa. Un par de comerciantes recogían sus puestos con prisa. Los niños jugaban lejos, con la mirada constantemente alzada, atentos a sombras que se movían con intención.
Gabriel me esperaba. Su expresión era una mezcla de alivio y preocupación contenida. No hablaba de amor ni de promesas, sino de estrategias, de precauciones, de los ojos que ya nos vigilaban.
—No debiste venir sola —dijo al fin—.
—No podía esperar —respondí—. Cada hora cuenta. Cada retraso puede costar caro.
El contacto con él me llenó de una certeza peligrosa: el afecto y la política ya no podían separarse. Cada beso contenido, cada susurro de complicidad, era una decisión calculada. Cada palabra, un acto que podía tener consecuencias mortales.
Mientras caminábamos juntos por la calle más estrecha, un grupo de hombres apareció de las sombras. No era coincidencia. Su intención era clara: medir nuestra resolución, intimidarnos, provocar un error.
Gabriel se tensó. Yo también. Pero entendí que esta vez no podía temer. No podía huir. La acción era necesaria.
—Mantente detrás de mí —susurró él—.
Asentí. Mis pasos eran firmes, mis sentidos alerta. Cada movimiento de los hombres era estudiado. Cada gesto mío era calculado. No era un juego: era supervivencia.
Uno de los hombres avanzó con intención de amenazar. Sin dudar, intervine. No con fuerza física, sino con presencia, con decisión. La certeza de actuar, de no retroceder, fue suficiente para que titubearan. El miedo a equivocarse frente a alguien decidido es a veces más efectivo que cualquier arma.
Al final, los hombres se dispersaron. No hubo violencia física directa, pero el mensaje estaba claro: la radicalización de Alonso y la firma de Gabriel habían transformado nuestra realidad en un campo minado, y cada paso debía ser medido.
Al regresar a la casa, la tensión era palpable. Beatriz no necesitó preguntar. La miré y comprendí que lo que había pasado no era un acto aislado, sino la consecuencia directa de la red de decisiones que todos habíamos tejido.
—Todo cambia —dijo—. Nada será igual.
Asentí. Cada sombra dentro de la casa ahora tenía significado. Cada puerta cerrada, cada silencio, cada mirada era parte de la vigilancia que nos envolvía. Gabriel se fue a su habitación, yo subí a la mía, y en la soledad comprendí que el amor se había vuelto un riesgo calculado, que cada acto de afecto podía desencadenar consecuencias irreversibles.
Escribí una carta esa noche. No era para Gabriel. No era para la familia. Era una carta de registro, de memoria, de estrategia. Sabía que debía planear cada movimiento con precisión, porque cualquier error podía costarnos la vida.
Antes de apagar la vela, miré por la ventana. La ciudad estaba tranquila, engañosamente tranquila. Sabía que la violencia contenida dentro de nuestras paredes y fuera de ellas no había terminado. Solo había empezado.
Y entendí que, desde aquel momento, cada paso, cada palabra y cada acto de amor sería una jugada en un tablero de peligro que ya no podíamos controlar.