Alonso
El día amaneció gris, con nubes bajas que parecían aplastar la ciudad.
Cada paso que daba Alonso dentro de la casa resonaba como un martillo sobre un yunque. La radicalización que había ido cultivando en silencio ahora exigía acción inmediata, y él sabía que el tiempo no jugaba a su favor.
Tomás se movía a su alrededor con cautela, consciente de que cualquier descuido podía costarle caro. Ya no era solo un sirviente: era testigo directo de la transformación de Alonso en un hombre que no retrocedería ante nada ni nadie.
—Hay que actuar —dijo Alonso, sin mirar a nadie en particular, como si hablara consigo mismo—. Cada demora es debilidad.
Beatriz lo escuchaba desde la cocina, con las manos entrelazadas. Su silencio era pesado, lleno de miedo y comprensión. Sabía que lo que Alonso estaba a punto de hacer marcaría un antes y un después.
Salió al patio con paso firme, Tomás detrás de él. Sabía que la casa ya no podía protegerlos completamente. La amenaza que se cernía sobre Gabriel, Inés y el resto de la familia era directa e inevitable.
Los hombres que antes habían visitado la casa regresaron. Esta vez no para advertir, sino para provocar. La tensión se volvió palpable: cada gesto, cada mirada contenía un riesgo latente.
Alonso no dudó. Avanzó hacia ellos con autoridad absoluta. Su voz era firme, sus movimientos precisos. Cada palabra que pronunciaba imponía control, pero también advertía del peligro que podía desatarse en cualquier instante.
—La casa no será tomada —dijo—. Ni por rumores, ni por amenazas externas.
Los hombres titubearon. Percibieron que frente a ellos no había temor, solo resolución. La radicalización de Alonso se manifestaba en cada músculo, en cada gesto calculado, en cada mirada que medía el terreno y las posibles consecuencias.
Pero la violencia contenida hasta ahora no era suficiente para detenerlos. Uno de ellos intentó avanzar, desafiando la autoridad de Alonso. En un movimiento rápido y calculado, Alonso lo derribó con fuerza, demostrando que sus acciones ya no eran meras palabras.
Tomás contuvo la respiración, observando la fuerza del hombre que había sido su protector y ahora se convertía en un actor directo del conflicto. Beatriz apareció en el umbral, temblando ligeramente, comprendiendo que la casa ya no era refugio, sino campo de batalla.
Al regresar al despacho, Alonso revisó cada carta y documento, cada posible consecuencia de sus actos. Sabía que la radicalización no era un estado temporal: era una escalera que no podía bajar, y que cada acción futura tendría repercusiones directas sobre todos los que amaba.
Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo la apariencia de calma, Alonso comprendió algo crucial: el riesgo que había asumido ya no podía contenerse dentro de los muros de la casa. Cada acto de valentía, cada decisión tomada con resolución, arrastraría consigo peligro, sacrificio y confrontación inevitable.
La casa no era más un refugio.
Era un tablero de consecuencias, y Alonso había movido la primera pieza que no podía retirarse.