Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XIX

Inés

La ciudad parecía dormir, pero yo sabía que era un sueño engañoso.
Cada sombra podía esconder ojos, cada esquina podía ser amenaza. La acción de Alonso había cambiado la dinámica: la radicalización ya no era un concepto lejano, sino un peligro tangible que se filtraba en cada respiro de la familia.

Gabriel me esperaba en un callejón poco transitado, lejos del bullicio y del ojo vigilante de la casa. Su rostro reflejaba preocupación, pero también una determinación silenciosa. Cada palabra que intercambiábamos estaba medida, porque incluso el aire podía traicionar.

—No debiste venir sola —dijo, con suavidad, mientras sus ojos recorrían cada callejón—.

—No podía esperar —respondí—. Hay cosas que no admiten demora.

El contacto con él me llenó de una mezcla peligrosa de alivio y temor. Cada gesto, cada roce, era un recordatorio de que el amor ya no era un refugio, sino un riesgo calculado.

Mientras caminábamos, percibí movimientos en las sombras. Hombres que antes habían rondado la casa ahora vigilaban nuestros pasos. La violencia contenida por Alonso los había hecho audaces. No había tiempo para titubear. Cada movimiento debía ser preciso, cada palabra cuidadosamente seleccionada.

—Mantente cerca —susurró Gabriel—. Cualquier error puede ser fatal.

Asentí. Cada paso que daba era una decisión consciente: sobrevivir y proteger nuestro vínculo al mismo tiempo. No podíamos permitirnos distracciones. No podía permitirme ceder al miedo, aunque cada fibra de mi cuerpo lo suplicara.

Uno de los hombres avanzó para intimidarnos. No hubo gritos, solo intención clara. Sin dudar, actué: bloqueé su avance con firmeza y mirada fija. La seguridad que emanaba de nuestra decisión fue suficiente para que retrocediera. Cada gesto de valentía contaba, cada paso firme enviaba un mensaje: no éramos víctimas pasivas.

Al regresar a la casa, el aire parecía más denso, cargado de expectativas y peligros. Beatriz estaba en la cocina, mirándome con comprensión y miedo, consciente de que nuestras decisiones ya no eran individuales, sino una red que atrapaba a todos.

—Todo esto cambiará nuestra vida para siempre —dijo con voz baja.

Asentí. Sabía que su afirmación no era una advertencia, sino la constatación de lo inevitable. Cada acto que Gabriel y yo realizábamos se vinculaba con la violencia y radicalización de Alonso, y cada decisión tendría repercusiones tangibles.

Esa noche, mientras escribía una carta para Gabriel, comprendí que el amor y la política estaban irremediablemente entrelazados. Cada palabra contenía estrategia y afecto; cada línea era un intento de proteger nuestro vínculo sin poner en riesgo a los demás.

Miré por la ventana antes de apagar la vela. La ciudad estaba en calma aparente, pero yo sabía que el peligro acechaba. Cada acción de Alonso, cada paso de Gabriel, cada decisión mía, formaba un tablero de consecuencias inevitables.

El amor ya no era consuelo:
era decisión, estrategia y riesgo.

Y yo debía aprender a sostenerlo, aunque el precio fuera demasiado alto.




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