Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XX

Tomás

El amanecer era gris, como si la ciudad misma presagiara lo que vendría.
Cada paso que daba Tomás por el patio era pesado, cargado de anticipación. Sabía que la calma aparente de la casa era un engaño: los actos de Alonso y las decisiones de Gabriel e Inés habían transformado nuestra vida en un tablero de riesgo constante.

Mientras barría hojas húmedas, sintió movimientos fuera de lugar. Hombres ajenos al servicio aparecían en las sombras, observando cada gesto. No había gritos, ni advertencias: solo la certeza silenciosa de que su vida y la de los que amaba podían depender de una fracción de segundo.

—Tomás —dijo uno, acercándose lentamente—. Ven.

Cada paso hacia ellos se sintió como una condena anticipada. No había elección; solo la aceptación de que la red de decisiones de la familia lo había atrapado. Cada acción de Gabriel, cada palabra de Inés, cada decisión de Alonso, estaba convergiendo sobre él.

Lo llevaron a un callejón cercano. Uno de los hombres lo sujetó del brazo con firmeza, mostrando que el peligro ya no era abstracto. Tomás comprendió que el primer daño físico había sido apenas una advertencia. Ahora, la amenaza era directa, y podía dejar cicatrices que no se borrarían.

—Sabemos de tu cercanía con la familia —dijo el líder del grupo—. Y sabemos que eres consciente de sus decisiones.

—No sé nada —respondió Tomás, conteniendo la respiración.

El silencio pesó. No necesitaban más palabras. Su gesto fue suficiente: una bofetada que lo hizo tambalear, un aviso de que la vulnerabilidad no era una opción. Cada músculo de su cuerpo se tensó; cada pensamiento se centró en sobrevivir.

Cuando lo soltaron, comprendió que la violencia directa ya había comenzado a marcar su existencia. No era solo el dolor físico: era la certeza de que la seguridad que creía tener en la casa se había evaporado.

Al regresar, encontró a Beatriz esperándolo. Su mirada no decía reproche, sino comprensión y miedo. Ella sabía que la casa ya no ofrecía refugio, y que el peligro había dejado de ser potencial: era real, tangible, una amenaza constante que pesaba sobre todos nosotros.

—Todo esto cambia —dijo Beatriz—. Nada será igual.

Asintió en silencio. Sabía que cada movimiento futuro estaría medido, cada palabra calculada, y cada acto de afecto o lealtad tendría consecuencias directas. Gabriel estaba lejos, Inés expuesta, Alonso decidido. Y él, Tomás, ya no podía ser invisible en este juego peligroso.

Esa noche, mientras se recostaba, sintió que su rol en la familia había cambiado para siempre. Ya no era solo observador: era parte activa de una red de riesgo, atrapado entre decisiones de otros y la violencia que se desbordaba.

El primer daño tangible no era un accidente.
Era la confirmación de que la guerra ya había comenzado, y que cada acto de ahora en adelante tendría un precio que nadie podría ignorar.




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