Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XXI

Alonso

La noche cayó con rapidez, y la ciudad parecía contener el aliento.
Alonso recorrió los pasillos de la casa con pasos firmes, conscientes de que cada movimiento era observado, medido, y que la menor vacilación podía costar caro. La radicalización que había cultivado ya no era abstracta: era acción, y la acción requería confrontación directa.

Tomás estaba cerca, silencioso, temeroso pero atento. Ya no era solo testigo: era parte del juego peligroso que Alonso había desatado. Cada paso del joven se movía entre obediencia y miedo, consciente de que cualquier error sería castigado.

—No podemos permitirnos más demoras —dijo Alonso, con voz firme, que resonó en los muros—. Cada segundo perdido es ventaja para quienes buscan nuestra destrucción.

Beatriz lo escuchaba desde la cocina, con las manos entrelazadas y la mirada cargada de angustia. Sabía que lo que estaba por suceder pondría a todos en riesgo, y que la fuerza que Alonso desplegaría no podía contenerse solo con palabras.

Salió al patio con determinación. Afuera, un grupo de hombres aguardaba, conocedores de su autoridad pero dispuestos a desafiarla. No había advertencias, ni preámbulos: solo intención de medir hasta dónde llegaría la radicalización de un padre que ya no temía nada.

Alonso avanzó hacia ellos. Cada paso, cada gesto, transmitía control absoluto. Su mirada calculaba riesgos, anticipaba movimientos, y su voz imponía orden.

—La casa no será tomada —dijo, firme—. Ni por rumores, ni por amenazas, ni por quienes creen que pueden intimidarnos.

Uno de los hombres desafió la autoridad. Sin vacilar, Alonso lo derribó con un movimiento rápido, preciso, dejando claro que la violencia ya no era teoría ni amenaza: era acción directa.

Tomás contuvo la respiración, consciente de que cada enfrentamiento marcaba un límite, un precedente que ya no podía borrarse. Beatriz apareció en el umbral, temblando ligeramente, comprendiendo que la casa había dejado de ser refugio y que el peligro ahora era una realidad que golpeaba de frente.

Al regresar al despacho, Alonso revisó documentos, cartas y listas de aliados y enemigos. Sabía que cada decisión tendría repercusiones inmediatas. La radicalización ya no era solo suya: envolvía a toda la familia, y cada acto futuro requeriría precisión y resolución absolutas.

Mientras la noche avanzaba, comprendió algo que ningún argumento podía explicar: la violencia contenida hasta ahora era solo un preludio. Cada acción, cada palabra, cada gesto tendría un precio tangible, y la escalada que había iniciado ya no podía detenerse.

La casa, antes refugio, se había convertido en tablero de ajedrez.
Cada pieza movida, cada decisión tomada, sería irreversible.

Y Alonso sabía que estaba preparado para pagar el costo de su radicalización, sin importar quién más quedara atrapado en la red de consecuencias.




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