Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XXII

Inés

La ciudad amaneció con un silencio que parecía artificial.
Las calles vacías no eran señal de paz; eran presagio de que algo estaba a punto de romperse. Cada sombra parecía moverse con intención, cada esquina guardaba la posibilidad de un enfrentamiento inesperado. La casa que antes había sido refugio ahora se sentía como una trampa invisible, y yo sabía que cada paso que diera fuera de ella podía ser el último error.

Gabriel me esperaba en la esquina de siempre, pero sus ojos no reflejaban solo alivio: reflejaban miedo. No podía culparlo. Cada movimiento que hacíamos, cada palabra que compartíamos, estaba cargada de riesgo. La promesa que él había firmado, la radicalización de Alonso, y mi propia decisión de actuar habían tejido una red peligrosa de la que no había escape.

—No debiste venir sola —dijo, con la voz baja, como temiendo que el viento lo escuchara—.

—No podía esperar —respondí, conteniendo el temblor en mi voz—. Cada hora cuenta. Cada retraso podría costarnos mucho más que la paciencia.

Sentí cómo su mano buscaba la mía, un contacto breve pero cargado de intensidad. No había tiempo para gestos prolongados, ni para palabras que no tuvieran propósito. Nuestro amor, que antes era refugio, ahora era un riesgo calculado. Cada roce, cada mirada, era un pacto silencioso de supervivencia y lealtad.

Avanzamos por las calles desiertas con cautela. Cada paso estaba medido, cada sonido escrutado. Sabía que los hombres que habían acechado a Tomás y la casa no se habían retirado; estaban allí, escondidos en la vigilancia constante, esperando cualquier descuido. El miedo se convirtió en una compañía constante, pero no me paralizó. Aprendí a usarlo como fuerza, como alerta que afilaba todos mis sentidos.

—Mantente cerca —susurró Gabriel—. Cualquier movimiento en falso puede ser fatal.

Asentí sin responder. Cada fibra de mi cuerpo estaba alerta. Los hombres aparecieron de nuevo, esta vez más cercanos, evaluando nuestra reacción. No hubo palabras, solo la tensión palpable de un enfrentamiento que podría desatarse en cualquier instante.

Uno de ellos avanzó para intimidarnos. Esta vez no retrocedí. No podía. No era solo por mí, sino por Gabriel, por la familia, por la casa. Cada gesto de determinación, cada mirada firme, era un muro invisible que los detuvo. La acción era nuestra única defensa. No había armas, solo la voluntad, la precisión y la certeza de que no seríamos víctimas pasivas.

Al regresar a la casa, el peso de lo que había ocurrido me golpeó con fuerza. Beatriz me esperaba en la cocina, con los ojos llenos de comprensión y miedo. No dijo nada, pero sus manos temblaban ligeramente al servirme té. Sabía que nuestras decisiones ya no eran individuales; estábamos atrapados en una red de consecuencias donde cada movimiento afectaba a todos.

—Todo esto cambia nuestra vida para siempre —dijo, con voz temblorosa—. Nada será igual.

Asentí. Sabía que tenía razón. Cada paso, cada palabra, cada acto de amor entre Gabriel y yo estaba ahora inseparable de la violencia que Alonso había desatado. La política, la familia y el afecto se entrelazaban en un solo riesgo que no podía ignorarse.

Esa noche, mientras escribía una carta para Gabriel, comprendí algo crucial: el amor se había convertido en estrategia, en riesgo calculado, en supervivencia. Cada palabra escrita contenía decisiones, cada línea era un acto de planificación. No era solo un mensaje de afecto; era un registro de precaución, un plan para sostener nuestra relación sin provocar la ira o el peligro directo que la radicalización de Alonso implicaba.

Miré por la ventana. La ciudad parecía tranquila, pero yo sabía que era solo apariencia. La violencia estaba allí, acechando, lista para irrumpir en cualquier momento. Cada acción que Gabriel y yo realizáramos, cada movimiento que Alonso decidiera, tejía un tablero de consecuencias irreversibles.

Mi corazón latía rápido, mezcla de amor, miedo y decisión. Comprendí que el primer acto de violencia directa ya no era aislado, sino parte de un patrón que afectaría a todos en la casa. Cada decisión futura tendría repercusiones visibles y permanentes. Cada palabra, cada susurro, podía desatar una reacción que no podríamos controlar.

Y, aun así, no podía rendirme. No podía retroceder. Cada gesto de amor, cada paso hacia Gabriel, era también un acto de resistencia. Porque entender que el amor era riesgo no significaba renunciar a él. Significaba aprender a sostenerlo, a protegerlo, a planear cada instante como si nuestra vida dependiera de ello.

Antes de apagar la vela, respiré hondo. La noche era larga, el peligro constante. Pero también lo era nuestra determinación.
El amor ya no era consuelo.
Era estrategia, era valentía, era resistencia.

Y yo estaba decidida a sostenerlo, aunque el precio fuera demasiado alto.




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