Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XXV

La caída

La noticia se extendió por la ciudad antes de que amaneciera del todo.
No llegó como un rumor, sino como un golpe seco, imposible de amortiguar: un cuerpo, un nombre conocido, y una cadena de responsabilidades que nadie podía ya fingir no entender.

Tomás fue el primero en saberlo.

Lo encontraron al pie de la escalinata del edificio donde se celebraban las reuniones que nadie admitía públicamente. El cuerpo yacía torcido, el cuello en un ángulo imposible, la cara marcada no solo por la caída, sino por el miedo final. No hubo testigos dispuestos a hablar. No los habría. No hacía falta.

La muerte no era un accidente.
Era un mensaje.

Cuando Gabriel escuchó el nombre, sintió que algo se quebraba de forma definitiva. No era solo el horror físico de la pérdida, sino la confirmación brutal de lo que había intuido: la protección tenía un costo humano concreto, y ese costo ya no podía esconderse bajo acuerdos ni silencios.

El muerto había sido uno de los intermediarios. No el más poderoso, pero sí el más visible. El que había hablado demasiado. El que había creído que la cercanía al poder lo volvía intocable.

Se equivocó.

La ciudad reaccionó con una mezcla de pánico y hambre. Las plazas se llenaron de murmullos, los corrillos crecieron, los nombres comenzaron a circular. La muerte abría una grieta, y por esa grieta empezaba a filtrarse algo mucho más peligroso que la violencia: la verdad.

Antes del mediodía, la caída pública comenzó.

Alonso fue citado. No como acusado, aún no. Como figura relevante. Como nombre imposible de ignorar. La protección que había asegurado la noche anterior se volvió, de pronto, un peso muerto. Nadie quería aparecer demasiado cerca del cadáver.

La sala estaba llena. Demasiado. No era un interrogatorio: era una exhibición. Cada palabra dicha allí sería repetida, deformada, amplificada.

—¿Niega usted su relación con el fallecido? —preguntaron.

Alonso sostuvo la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta que pudiera controlar el tablero.

—No la niego —dijo.

Un murmullo recorrió la sala.
El primer clavo.

—¿Reconoce haber firmado acuerdos con intermediarios ajenos a la autoridad legítima?

Alonso comprendió, en ese instante, que había sido desplazado. Que la alianza que creyó protección se estaba reconfigurando, y que él era ahora un sacrificio aceptable.

—Firmé para proteger a mi familia —respondió.

El murmullo se transformó en ruido. La palabra familia, pronunciada en voz alta, ya no inspiraba respeto. Inspiraba sospecha.

Afuera, la noticia crecía. La casa, el nombre, la figura de Alonso comenzaron a asociarse no con firmeza, sino con corrupción, con acuerdos oscuros, con la muerte que ya no podía explicarse como accidente.

Beatriz escuchó todo desde la distancia. No lloró. No gritó. La caída pública no era un espectáculo para ella, sino una confirmación dolorosa: el intento de salvarlo todo había terminado por exponerlo todo.

Inés entendió algo aún más devastador: ya no había espacio para el amor oculto, ni para la resistencia silenciosa. El conflicto había salido a la luz, y arrastraría consigo a quien permaneciera cerca.

Y Gabriel… Gabriel comprendió que el Tercer Acto no trataba de huir ni de resistir, sino de asumir responsabilidad frente a la ruina.

La muerte no sería la última.
La caída no se detendría en un solo nombre.

Al caer la tarde, el nombre de Alonso ya circulaba en voz alta. No como protector. No como patriarca. Sino como símbolo de una red que empezaba a ser visible.

La casa seguía en pie.
Pero su prestigio estaba muerto.

Y con ese cuerpo al pie de la escalinata, la historia había cruzado un punto sin retorno:
ya no habría reconciliaciones fáciles,
ni silencios eficaces,
ni finales limpios.

Solo decisiones finales.
Y consecuencias que exigirían ser miradas de frente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.