Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XXVII

Beatriz / Inés

Beatriz comprendió que tendría que elegir antes de que alguien se lo exigiera.
La ciudad ya había tomado partido —aunque fingiera neutralidad— y pronto el poder haría lo mismo. En ese momento, la indecisión no era prudencia: era una forma de cobardía que acabaría castigándose.

Alonso permanecía encerrado en un silencio obstinado. No se defendía. No explicaba. Había pasado de ser el centro del movimiento a convertirse en un cuerpo inmóvil, atrapado en las consecuencias de su propia elección. Beatriz lo observaba desde la puerta del dormitorio, reconociendo en su rigidez algo que nunca había querido nombrar: no arrepentimiento, sino la convicción de haber hecho lo necesario, aun si el precio era la ruina.

Gabriel, en cambio, se movía.
Hablaba.
Se exponía.

Y eso lo colocaba en un lugar infinitamente más peligroso.

—Te van a romper —le dijo Beatriz una noche, sin rodeos—. No te equivoques pensando que escuchar es lo mismo que perdonar.

—Lo sé —respondió Gabriel—. Pero si callo ahora, todo esto habrá sido inútil.

Beatriz sintió cómo esas palabras la desgarraban. Porque comprendió que ya no se trataba de razón o error. Se trataba de lealtad. Y la lealtad, cuando se divide, exige una amputación.

Sostener a Alonso implicaba negar públicamente a su hijo. Implicaba aceptar la versión cómoda: la de los excesos individuales, los errores aislados, la caída como accidente moral. Sostener a Gabriel, en cambio, significaba permitir que el nombre de la familia ardiera en público, aceptar que el derrumbe no era una anomalía sino una consecuencia.

No había síntesis posible.

La decisión se manifestó sin discurso.
Beatriz asistió a una reunión donde se esperaba de ella una palabra de respaldo, un gesto de cierre. Bastaba con que dijera que Gabriel había actuado sin consentimiento, que sus declaraciones no representaban a la casa.

No lo hizo.

—Mi hijo habla con su voz —dijo—. Y yo no la desmiento.

El silencio fue inmediato. Mortal.

En ese instante, Beatriz supo que había perdido a su marido tal como lo había conocido. No porque Alonso la rechazara, sino porque el lugar desde el que ella hablaba ya no era compatible con el suyo. No era una traición sentimental. Era una ruptura estructural.

Mientras tanto, Inés comprendía que el peligro ya no era abstracto.

Desde que Gabriel había hablado, la vigilancia se había vuelto visible. No había amenazas explícitas, pero tampoco margen de error. La seguían. La esperaban. Medían sus pasos. El amor había dejado de ser solo riesgo político: se había convertido en riesgo vital directo.

Una noche, al regresar sola, lo entendió con claridad brutal. Dos hombres bastaron. No hablaron. No fue necesario. El mensaje no estaba en el gesto, sino en la contención: podían hacerlo. Y no lo habían hecho… aún.

Gabriel llegó después, pálido, furioso, impotente.

—Esto es por mí —dijo ella—. Y no va a detenerse.

—Puedo irme —respondió él, sin convicción—. Puedo desaparecer.

Inés negó despacio.

—Ya no. Si huyes ahora, no te perseguirán a ti. Me usarán a mí para cerrar la historia.

La frase quedó suspendida, insoportable.

Comprendieron entonces que el amor había cambiado de naturaleza. Ya no era elección íntima. Era exposición compartida. Cada paso de uno ponía al otro en peligro. Cada silencio protegía o condenaba.

—No quiero que mueras por mis palabras —dijo Gabriel.

—Ni yo por tu miedo —respondió Inés—. Pero si seguimos, será así: sin garantías.

Esa noche no hubo promesas. Hubo aceptación. El amor no los salvaría. Solo les permitiría no mentirse.

Beatriz observó esa unión con una mezcla de terror y claridad. Vio en Inés lo que ella misma había sido incapaz de ser: alguien dispuesto a asumir el riesgo completo, sin negociar la verdad para conservar la forma.

La casa ya no era un centro.
Era un campo dividido.

Alonso aislado por su propia elección.
Gabriel expuesto por la suya.
Inés caminando sobre una cuerda que podía romperse en cualquier momento.
Y Beatriz, sosteniendo el único gesto que aún podía hacer: no retirar la mano cuando el mundo exigía que la soltara.

El desenlace ya no dependería de intenciones.
Solo de quién resistiera más tiempo de pie.

Y todos sabían que el final, cuando llegara, no sería silencioso.




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