Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XXXIV

El funcionario

No fue la conciencia lo que despertó primero.
Fue el cansancio.

Alonso llevaba semanas durmiendo mal, pero no por culpa del remordimiento. Dormía mal porque el sistema, cuando funciona de verdad, no descansa nunca. No permite pausas emocionales. Exige presencia constante, atención afinada, una disponibilidad que termina por borrar la frontera entre el deber y la vida privada.

Esa mañana leyó el informe de Gabriel por tercera vez.

No porque no lo hubiera entendido.
Sino porque no lograba clasificarlo.

No era una súplica.
No era una denuncia formal.
No era un texto radicalizable con facilidad.

Eso lo volvía peligroso.

Alonso conocía bien ese tipo de documentos. Sabía cómo se neutralizaban los excesos retóricos, cómo se desarmaban las acusaciones directas, cómo se diluían las protestas emotivas. Pero aquello no encajaba en ningún protocolo. No pedía nada. No ofrecía negociación. No buscaba absolución.

Solo permanecía.

—Esto no es un error —murmuró—. Es una posición.

Ese fue el problema.

El sistema estaba diseñado para corregir desviaciones, no para absorber convicciones sostenidas. La mayoría de los detenidos acababan adaptándose. No por convicción, sino por agotamiento. Gabriel, en cambio, parecía haber comprendido el mecanismo y elegido quedarse justo en el punto donde la lógica administrativa empezaba a tensarse.

Alonso cerró el informe. Miró alrededor. Su despacho seguía siendo el mismo. Los mismos muebles. La misma vista. Todo indicaba continuidad. Y, sin embargo, algo se había desplazado.

Recordó el gesto de Beatriz. No el discurso, sino el modo. No había sido teatral. No había buscado aplauso. Había hablado como quien deja constancia, no como quien espera respuesta.

Demasiadas coincidencias para serlo.

Alonso se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí, la ciudad parecía estable. Funcionando. Ordenada. Ese orden era el argumento final de todo lo que hacía. El orden justificaba las concesiones, las detenciones, los silencios inducidos.

Pero últimamente, el orden comenzaba a parecerle frágil, no sólido.

La duda no lo atravesó como una revelación moral. Fue más sutil. Más técnica. Empezó a preguntarse si el sistema no estaba entrando en una fase peligrosa: aquella en la que la corrección constante termina por generar resistencia estructural.

—Si lo borramos —pensó—, ¿qué queda?

No una victoria. Un precedente.

Y los precedentes, cuando se acumulan, dejan huellas.

Alonso no era ingenuo. Sabía que no estaba allí para salvar a nadie. Su función no era juzgar la justicia del sistema, sino garantizar su funcionamiento. Pero también sabía algo que pocos reconocían en voz alta: los sistemas no colapsan por ataques externos, sino por rigidez interna.

Gabriel no pedía ser liberado.
Beatriz no pedía perdón.
Inés no se retiraba.

Ninguno estaba jugando según el guion esperado.

Eso obligaba a improvisar.
Y la improvisación es el primer síntoma de desgaste.

Alonso recordó su propia trayectoria. No había entrado al sistema por ambición ciega. Había creído —sinceramente— que la estabilidad era un bien superior. Que sin orden no había espacio para nada más. Con los años, había aprendido a aceptar concesiones. Pequeñas al principio. Luego estructurales.

No se había convertido en un villano.
Se había convertido en funcionario eficaz.

Eso era peor.

Tomó una hoja en blanco. Anotó opciones. Cada una tenía costes. Cada una generaba nuevos problemas. Intensificar la presión sobre Gabriel podía convertirlo en símbolo. Liberarlo sin más abriría grietas internas difíciles de sellar. Mantenerlo en suspensión indefinida empezaba a mostrar rendimientos decrecientes.

—Estamos alargando algo que ya no se sostiene —admitió en voz baja.

La duda no lo llevó a la rebelión. Lo llevó a algo más inquietante: a considerar errores de cálculo. A pensar que quizá el sistema, en su afán por normalizar lo inaceptable, estaba perdiendo sensibilidad para detectar el momento exacto en que la costumbre se vuelve provocación.

Alonso sabía que no estaba solo en esa inquietud. Había visto miradas similares en reuniones cerradas. Silencios más largos de lo habitual. Frases que se quedaban a medio camino. Nadie hablaba de ruptura, pero algunos empezaban a preguntarse si el coste acumulado no superaría pronto el beneficio.

El problema no era Gabriel.
El problema era lo que obligaba a pensar.

Alonso volvió a sentarse. Tomó el informe una vez más. Lo leyó despacio. No como funcionario, sino como lector. No buscó argumentos. Buscó consistencia.

Y la encontró.

Eso lo inquietó más que cualquier consigna radical.

Sabía que, llegado el momento, no elegiría a Gabriel. Tampoco a Beatriz. Elegiría al sistema. No por convicción, sino porque era lo único que conocía. Pero por primera vez entendió que esa elección ya no sería neutra.

Tendría consecuencias que no podrían atribuirse solo a procedimientos.

El sistema respondería. Eso era inevitable.
La pregunta era cómo.

Alonso cerró el expediente y lo dejó en la pila correspondiente. No cambió nada. No firmó nada extraordinario. Cumplió su función.

Pero al hacerlo, tuvo una certeza incómoda: el equilibrio había cambiado, y ya no bastaría con administrar el desgaste. Pronto habría que decidir entre contener o exponer.

Y esa decisión, cuando llegara, no sería abstracta.

Afuera, la ciudad seguía funcionando.
Adentro, por primera vez en mucho tiempo, Alonso dudó de si eso bastaría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.