Cuando el Rey Calló

CAPÍTULO XLII

El funcionario que duda

No era un hombre importante.

Eso era lo primero que se decía cada mañana, casi como una protección. No firmaba sentencias históricas ni aparecía en actos públicos. No tenía escolta ni enemigos declarados. Su nombre figuraba en documentos que nadie leía con atención, y eso, durante años, le había parecido una forma aceptable de vida.

Había aprendido a no pensar en las consecuencias últimas de su trabajo. No por crueldad, sino por economía emocional. Cada expediente era una unidad cerrada. Cada decisión, una pieza dentro de un engranaje demasiado grande para cuestionarlo desde dentro.

Hasta ahora.

La duda no llegó como una revelación moral. Llegó como una discrepancia técnica.

Un documento que no encajaba con otro.
Una fecha corregida tres veces.
Una firma que aparecía validada por una instancia que, oficialmente, ya no existía.

Nada escandaloso.
Nada que justificara una denuncia.

Pero suficiente para obligarlo a releer.

El nombre de Gabriel aparecía en varios de esos papeles. No como protagonista, sino como referencia cruzada. Un caso que había sido corregido, regularizado, estabilizado. Demasiado trabajo para algo que, en teoría, estaba resuelto.

Eso fue lo que le inquietó.

Los sistemas no invierten energía en lo irrelevante.

La duda empezó a filtrarse en su rutina. Ya no cerraba los expedientes con la misma rapidez. Volvía atrás. Comparaba versiones. Descubría pequeñas divergencias que no habían estado allí antes… o que siempre habían estado y ahora se acumulaban.

No sabía si alguien más lo notaba.
Eso era lo peor.

Porque la duda compartida se convierte en conversación.
La duda solitaria se convierte en riesgo.

Recordó cómo funcionaban las correcciones. No como errores que se eliminan, sino como ajustes que se superponen. Cada capa nueva tapaba la anterior, pero no la borraba del todo. Y cuantas más capas, más frágil se volvía el conjunto.

El funcionario empezó a preguntarse —con una incomodidad creciente— qué ocurriría si alguien tiraba del hilo equivocado. No por malicia, sino por exceso de celo. Por intentar entender demasiado.

No pensó en justicia.
Pensó en responsabilidad personal.

Porque, llegado el momento, nadie diría “el sistema falló”. Dirían nombres concretos. Firmas. Cargos intermedios.

Como el suyo.

La duda se volvió más peligrosa cuando descubrió algo sencillo: no había una versión final del caso. Cada departamento operaba con una ligeramente distinta. Todas coherentes por separado. Incompatibles entre sí.

Eso significaba que la corrección no había cerrado nada. Solo había postergado el conflicto.

El funcionario no quería ser héroe. Tampoco mártir. Quería algo mucho más modesto: no ser el último que firmara algo insostenible.

Pensó en preguntar.
Descartó la idea.

Pensó en elevar una consulta formal.
La descartó también.

Las consultas crean rastro. Y el rastro, atención.

La duda tomó entonces una forma nueva: la de una acción mínima. No intervenir. No corregir. Simplemente no cerrar un expediente concreto. Dejarlo en revisión. Aplazar una validación.

Un gesto casi invisible.

Pero incluso ese gesto tenía consecuencias.

Porque al no cerrarse, el expediente obligaba a otros a mirarlo. Y al mirarlo, otros empezarían a notar lo mismo que él: que algo no cuadraba del todo.

La duda es contagiosa cuando se institucionaliza.

Esa noche, el funcionario durmió mal. No por miedo inmediato, sino por una sensación persistente de estar saliendo del papel que había desempeñado durante años. No hacia la rebeldía, sino hacia algo más ambiguo: la conciencia.

Sabía que el sistema tolera muchas cosas. Incluso errores. Lo que no tolera bien es la gente que empieza a pensar demasiado despacio. Que no responde con automatismo. Que introduce fricción donde debería haber fluidez.

Al día siguiente, recibió una llamada breve. Cordial. Informativa.

—Hemos notado un retraso en una validación.

El tono no era acusatorio.
Era preventivo.

—Lo revisaré —respondió.

Y lo hizo.
Pero no cerró nada.

Ese fue su gesto.

No grande.
No visible.

Pero suficiente para alterar ligeramente el ritmo de la corrección.

Beatriz no supo de él.
Inés tampoco.
Gabriel jamás oiría su nombre.

Y sin embargo, esa duda mínima empezó a sumar peso al sistema ya tensado. Una pequeña resistencia pasiva, nacida no del coraje, sino del cansancio de sostener incoherencias ajenas.

El funcionario entendió algo fundamental mientras apagaba la luz de su despacho:

El sistema no cae cuando alguien lo ataca.
Empieza a caer cuando ya no todos colaboran con la misma convicción.

Y esa pérdida de convicción, una vez iniciada, no puede corregirse del todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.