Cuando el Rey Calló

EPÍLOGO

Una última respiración

Gabriel abrió la ventana y dejó que el aire entrara sin pedir permiso. El sol caía bajo, dorando los tejados de la ciudad que ya no lo miraba, que ya no lo esperaba. Caminó unos pasos por la habitación vacía, tocando las paredes como si reconociera huellas de algo que no existía más. Cada sonido, cada sombra, era suyo y de nadie más. Y, por primera vez en años, sintió que su presencia no molestaba ni exigía nada.

Inés, en otra esquina de la ciudad, cerró un libro que nunca había mostrado. No había destinatario, no había firma. Solo el gesto de cerrar y dejarlo allí, como quien guarda un secreto que nadie necesita conocer. Sonrió apenas, con la tranquilidad de quien sabe que sobrevivir no siempre significa ganar.

Beatriz regaba una planta. Sus manos recordaban gestos antiguos, la paciencia, el cuidado. No habló. No pensó en premios ni en nombres. Simplemente, la planta creció bajo su cuidado y ella también. Y eso bastaba.

La ciudad respiraba con un ritmo nuevo, no perfecto, no ordenado, pero vivible. Las calles continuaban, los edificios resistían, los hombres y mujeres actuaban con la memoria leve de lo que había ocurrido. Nadie podía reconstruirlo todo, ni siquiera querría. Todo lo que quedaba era seguir, lentamente, con atención, con cuidado.

Gabriel apoyó la frente en el cristal y cerró los ojos. Sintió el peso de lo que había sostenido y, al mismo tiempo, la ligereza de lo que ya no debía sostener. No había celebraciones. No había aplausos. Solo un instante claro, breve, que lo conectaba con todo lo que había vivido y con nada más. Una respiración final antes de continuar.

El mundo seguía ahí.
Y ellos también.
En silencio.
Pero vivos.




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