El silencio también observa
El ascensor se detuvo en el piso doce con un sonido seco, casi molesto. El mismo sonido de todas las mañanas, puntual, implacable. Ella salió primero, como siempre. No por prisa, sino por costumbre. Caminó por el pasillo de paredes grises y vidrio esmerilado con el bolso colgado del hombro izquierdo y el café aún intacto en la mano derecha. No le gustaba beberlo antes de llegar a su escritorio. Era su pequeño ritual: sentarse, encender el computador, revisar la agenda… y solo entonces, el primer sorbo.
La oficina ya estaba despierta, aunque nadie hablaba demasiado. El murmullo de los teclados, el zumbido de la impresora y algún saludo cortés flotaban en el aire. A ella le gustaba así. El silencio funcional. El que no exige nada.
—Buenos días —dijo Clara desde el área contable.
Ella respondió con una sonrisa breve y un gesto de cabeza. No era distante; simplemente no sentía la necesidad de llenar cada espacio con palabras.
Se sentó en su puesto, junto a la ventana lateral, desde donde podía ver una fracción de la ciudad: edificios sin nombre, gente sin rostro, vidas que seguían su curso sin pedir permiso. Abrió su correo. Doce mensajes nuevos. Nada urgente. Perfecto.
Entonces lo sintió.
No lo vio de inmediato. Lo sintió.
La presencia.
No necesitaba levantar la mirada para saber que él había llegado. Siempre era igual. El ambiente cambiaba, como si alguien hubiera subido un grado la temperatura o bajado el volumen del mundo. Él entraba sin anunciarse, con pasos seguros, demasiado confiados para un lugar donde nadie era imprescindible.
—¿Ya llegó el informe del trimestre? —preguntó una voz masculina, firme, ligeramente impaciente.
Ella cerró los ojos apenas un segundo. Contó hasta tres. Luego levantó la vista.
Ahí estaba.
Sebastián.
Traje oscuro perfectamente planchado, camisa clara sin una sola arruga, el reloj caro brillando discretamente en su muñeca. El mismo gesto de siempre: cejas levemente arqueadas, expresión de alguien que espera respuestas inmediatas. Como si el tiempo de los demás valiera menos que el suyo.
—Está en tu correo desde las siete treinta —respondió ella, con calma—. Con copia a dirección y a finanzas.
Sebastián parpadeó, sorprendido apenas lo justo como para delatar que no esperaba esa respuesta tan… exacta.
—Bien —dijo, tras aclararse la garganta—. Gracias.
Ella asintió y volvió a su pantalla. No sonrió. No agregó nada más.
Sebastián se quedó allí unos segundos de más. Lo supo sin mirarlo. Él siempre se quedaba unos segundos de más, como si esperara algo: una reacción, una incomodidad, una rendija por donde colarse. Pero ella no le daba nada. Nunca.
—Por cierto —añadió él—, hoy tendremos reunión a las diez. Todo el equipo.
—Lo sé —respondió ella—. Está en el calendario desde la semana pasada.
Silencio.
Esta vez, incómodo.
Sebastián apretó la mandíbula. No estaba acostumbrado a eso. A no ser el centro. A no provocar nada.
—Asegúrate de llevar los soportes —dijo finalmente, con un tono que rozaba la orden.
Ella levantó la mirada, por fin, y lo sostuvo unos segundos más de lo necesario.
—Siempre lo hago.
No fue un desafío. Fue un hecho.
Sebastián se giró y se alejó hacia su oficina de vidrio, esa que tenía persianas automáticas y una vista completa de la ciudad. El reino del rango superior.
Clara apareció a su lado casi de inmediato.
—¿Cómo haces eso? —susurró—. A cualquiera más ya lo habría hecho temblar.
Ella se encogió de hombros.
—No hago nada.
Y era verdad. No lo odiaba. No le tenía miedo. Simplemente… no lo incluía.
A las diez en punto, todos estaban sentados en la sala de juntas. Sebastián de pie, frente a la pantalla. Seguro, elocuente, encantador. Hablaba con facilidad, movía las manos con precisión, hacía contacto visual con todos. Era el tipo de hombre que sabía usar su presencia como arma.
Ella lo observaba sin emoción.
No podía negar que era inteligente. Tampoco que sabía lo que hacía. Pero había algo en él que le producía rechazo. No su ambición. No su seguridad. Era esa forma de creer que todas las miradas debían converger en él. Que todo, incluso las personas, giraban a su alrededor.
—Como pueden ver —decía él—, el crecimiento proyectado depende en gran parte del área operativa.
Su mirada pasó por la sala… y se detuvo en ella.
—Especialmente de este equipo.
Todos la miraron.
Ella sostuvo la atención sin incomodarse.
—El trabajo ya está hecho —dijo ella—. Solo falta que se respete el proceso.
Un murmullo recorrió la mesa.
Sebastián sonrió, tenso.
—Precisamente —respondió—. De eso hablaba.
Pero algo había cambiado.
Porque por primera vez desde que llegó a esa empresa, Sebastián entendió algo que no le gustó:
ella no estaba ahí para impresionarlo.
Ni para agradarle.
Ni para caer.
Y eso, para alguien como él, era insoportable.
Ella, en cambio, volvió a su café cuando la reunión terminó. Ya estaba frío. No importaba.
El silencio regresó a su lugar.
Pero esta vez… no era cómodo.
Mientras ordenaba los papeles sobre su escritorio, sintió esa certeza incómoda que no sabía explicar:
Sebastián no iba a ignorarla.
Y, peor aún, ella ya había entrado en su radar.
El silencio, ese que siempre había sido su refugio, comenzaba a volverse peligroso.