El lunes avanzó con una lentitud innecesaria. No porque el trabajo fuera pesado, sino porque el ambiente parecía cargado de algo que nadie nombraba. Ella lo notó desde temprano: miradas que se desviaban, conversaciones que bajaban de volumen cuando pasaba cerca, una atención que no pedía y que tampoco podía evitar.
Sebastián llegó más tarde de lo habitual.
No lo supo por el reloj, sino por la alteración mínima del orden. La puerta de vidrio de su oficina seguía cerrada cuando ella ya había terminado el primer bloque de tareas. El equipo funcionaba igual, pero había una especie de espera implícita, como si todos supieran que algo aún no empezaba del todo.
Cuando finalmente apareció, no dijo buenos días.
Cruzó el área común con pasos firmes, el abrigo aún puesto, el teléfono en la mano. No miró a nadie. No necesitaba hacerlo. Su presencia era suficiente para reclamar atención sin solicitarla. Ella lo observó de reojo, sin girar la cabeza, concentrada en la pantalla… o fingiendo estarlo.
—Necesito los reportes de avance —dijo él, deteniéndose a su espalda—. Todos. Hoy.
No fue una pregunta. Tampoco una orden explícita. Fue esa zona incómoda donde el ego se disfraza de urgencia.
Ella apoyó los dedos sobre el teclado y terminó de escribir una frase antes de responder.
—Los tendrás antes del mediodía.
Sebastián frunció el ceño apenas.
—Los necesito antes.
Ella giró lentamente en su silla.
—Entonces deberías haberlo pedido antes.
El aire se tensó. No hubo alzar de voz, ni dramatismo. Justamente por eso fue peor. Sebastián no estaba acostumbrado a que le marcaran límites sin pedir permiso. Mucho menos con ese tono sereno que no dejaba espacio para la confrontación directa.
—No me hagas perder el tiempo —dijo, bajando la voz.
Ella lo miró con atención ahora, no con desafío, sino con una calma casi clínica.
—No lo hago. Administro el mío.
Fue suficiente.
Sebastián dio un paso atrás, como si el espacio entre ambos se hubiera vuelto incómodo de pronto. Asintió una vez, seco, y se giró sin decir nada más. Volvió a su oficina y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Ella respiró hondo recién entonces.
No estaba temblando. No estaba molesta. Pero algo se había movido. Una pieza invisible que ya no encajaba donde antes. No era miedo lo que sentía. Era… alerta.
A media mañana, la citó.
No a ella sola. A todo el equipo. Una reunión improvisada, sin agenda clara. Clásico. Una demostración de control cuando el control se siente amenazado.
La sala se llenó rápido. Sebastián habló durante diez minutos seguidos. Palabras bien ordenadas, conceptos correctos, cifras precisas. Era bueno en lo que hacía. Nadie podía negarlo. Pero debajo de todo eso había algo más: una necesidad evidente de reafirmarse.
Ella escuchaba. Tomaba notas. No interrumpía.
Hasta que él la mencionó.
—Este retraso en los reportes —dijo, proyectando una gráfica— se debe a un cuello de botella en procesos internos.
Varias miradas se dirigieron a ella. No acusación directa, pero sí insinuación. El tipo de comentario que deja caer la duda y permite que otros la completen.
Ella levantó la mano.
—No hay retraso —dijo con claridad—. Los tiempos están dentro del margen establecido. Si hay una urgencia externa, no fue comunicada.
Sebastián la miró fijamente.
—No todo tiene que explicarse —respondió—. A veces se espera iniciativa.
Ella sostuvo la mirada.
—La iniciativa no reemplaza la comunicación.
Silencio. Esta vez, pesado.
Alguien carraspeó. Otro bajó la vista. Sebastián apretó los labios, pero sonrió. Una sonrisa tensa, medida.
—Tomaré nota —dijo—. Sigamos.
Pero no siguieron. No de verdad.
Porque desde ese momento, algo quedó claro para ambos: ninguno estaba dispuesto a ceder. No por orgullo simple. Sino porque ambos creían tener razón. Y porque ninguno necesitaba al otro… o eso querían creer.
Al terminar la reunión, él la detuvo.
—Un momento.
Ella asintió y esperó a que los demás salieran. Cuando quedaron solos, Sebastián cerró la puerta.
—Eres buena en tu trabajo —dijo, directo—. Muy buena. Pero tienes que entender cómo funciona esto.
Ella cruzó los brazos.
—Lo entiendo perfectamente.
—Entonces no lo demuestras.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Qué esperas que demuestre?
Él dudó una fracción de segundo. Solo una. Pero ella la notó.
—Flexibilidad.
Ella sonrió, apenas.
—La flexibilidad no es obediencia.
Sebastián exhaló con fuerza.
—Siempre tienes una respuesta.
—Porque siempre tengo claro lo que hago.
Se miraron unos segundos más. No había enojo explícito. Había fricción. De esa que no quema de inmediato, pero deja marca.
—Ten cuidado —dijo él finalmente—. No todos reaccionan bien a que los contradigan.
Ella abrió la puerta.
—No contradigo. Aclaro.
Salió sin esperar respuesta.
Sebastián se quedó solo, con una sensación que no le gustaba en absoluto: no la había puesto en su lugar. Y peor aún, había empezado a preguntarse por qué le importaba tanto hacerlo.
Ella, de regreso a su escritorio, intentó concentrarse. Pero su mente volvía una y otra vez a esa conversación. No por inseguridad. Por intuición.
Sebastián no iba a retroceder.
Y ella tampoco.
El problema era que, sin buscarlo, ambos habían empezado a ocupar demasiado espacio en la cabeza del otro.
Y cuando dos egos chocan, rara vez el impacto es silencioso...
Sebastián cerró la puerta de su oficina y apoyó la mano en el vidrio. No lo hacía nunca. Normalmente entraba, se sentaba, seguía. Pero esta vez se quedó de pie, mirando la ciudad como si pudiera encontrar una respuesta entre edificios ajenos.
No estaba furioso.
Eso habría sido fácil.
Estaba incómodo.
Y la incomodidad, para alguien como él, era una amenaza directa.