Cuando El Silencio IncÓmoda

Afuera también se siente

El viernes por la noche no tenía nada que ver con balances ni jerarquías.

Ella casi no iba a aceptar.

Estaba cansada, con esa fatiga que no se quita durmiendo, y su primer impulso fue quedarse en casa, ponerse algo cómodo y dejar que el silencio hiciera su trabajo. Pero Clara insistió.

—Solo un rato —le dijo por teléfono—. Una cerveza. Música. Vida normal.

Vida normal.

Eso fue lo que la convenció.

El lugar estaba lleno. Luces cálidas, mesas apretadas, risas mezcladas con música latina que subía y bajaba según el ánimo del DJ. No era elegante, pero era real. Humano.

Se sentaron en una mesa larga: Clara, Julián, Lucía y dos personas más de áreas distintas. Nadie hablaba de trabajo. Nadie quería.

—Te ves distinta fuera de la oficina —comentó Lucía, mirándola de arriba abajo—. Más… suelta.

Ella sonrió.

—Porque lo estoy.

Pidió una cerveza. Luego otra. No para olvidar nada, sino para aflojar.

Julián contó una anécdota absurda sobre un proveedor. Clara se rió demasiado fuerte. Ella también. Se sorprendió a sí misma haciéndolo.

Bailaron.

No bien.
No mal.
Solo como gente que no quiere pensar.

Y por un momento, lo logró.

Sebastián no planeaba salir esa noche.

Terminó en una cena con Martín y dos personas más, en un restaurante donde todo estaba calculado: iluminación perfecta, música discreta, platos que parecían demasiado pensados.

Conversaciones de rutina. Contactos. Negocios.

—Estás distraído —dijo Martín, mientras cortaba su comida—. No sueles estar así.

Sebastián bebió vino.

—Solo cansancio.

—No —replicó Martín—. Eso no es cansancio.

Sebastián no respondió.

Pidió otro vaso.

Ella estaba sudando cuando decidió sentarse un momento. El ruido la envolvía, pero no la agobiaba. Clara se inclinó hacia ella.

—¿Te pasa algo con Sebastián? —preguntó, sin rodeos.

Ella dudó.

No mucho.

—Es complicado.

—Siempre lo es —dijo Clara—. Pero no te ves mal por eso. Solo… tensa.

Ella apoyó los codos en la mesa.

—No quiero que todo se vuelva una lucha —admitió—. No soy así.

—No lo parece —respondió Clara—. Pero tampoco te dejas.

Eso la hizo pensar.

Sebastián salió del restaurante más tarde. Caminó sin rumbo unos minutos antes de pedir transporte. No quería llegar a casa todavía.

Pasó frente a un bar.

Escuchó música.

Risas.

Miró hacia adentro.

Y la vio.

No sola.
No buscándolo.
Viva.

Ella estaba sentada, hablando con alguien, el cabello recogido de forma descuidada, una sonrisa que no le había visto en la oficina. No controlada. No medida.

Real.

Sebastián se quedó quieto.

No entró.

No se fue de inmediato.

La observó unos segundos más de los necesarios.

Y algo se le movió en el pecho. No enojo. No posesión.

Curiosidad.

Ella no lo vio.

Siguió hablando. Siguió riendo. Bailó otra canción más antes de despedirse. Caminó hacia casa con los pies cansados y la mente más ligera.

Por primera vez en días, no pensó en él al llegar.

Sebastián, en cambio, sí.

Esa imagen se le quedó.

No la de la oficina.
No la de la discusión.

La otra.

Y por primera vez, entendió algo que no le gustó nada:

El problema no era que ella le llevara la contraria.
Era que no giraba alrededor de él.

Y eso, fuera del trabajo, dolía más.

El lunes empezó como cualquier otro.

O eso intentó decirse Sebastián.

Llegó temprano, revisó correos, respondió mensajes con la misma eficiencia de siempre. Todo estaba en orden. Todo estaba bajo control.

Hasta que la vio entrar.

No hizo nada distinto.
Eso fue lo peor.

Ella saludó a Clara, dejó el bolso en su sitio, se acomodó el cabello con un gesto distraído y se sentó a trabajar. Natural. Tranquila. Como si el fin de semana hubiera sido ligero.

Sebastián la observó desde su oficina de vidrio.

No sabía por qué, pero le molestó que se viera así de bien.

A media mañana, Julián apareció por su área.

—¿Almorzamos? —le preguntó, apoyándose en el borde del escritorio—. Te debo uno desde la salida del viernes.

Ella dudó un segundo.

—Bueno —respondió—. Pero algo rápido.

Nada especial.

Nada que importara.

Sebastián lo vio todo.

No escuchó la conversación, pero no hacía falta. Vio la inclinación de Julián, la sonrisa fácil, la forma en que ella se levantó sin pensarlo demasiado.

Algo se tensó en su mandíbula.

—¿Te pasa algo? —preguntó Martín por teléfono, justo entonces.

—No —respondió Sebastián—. Continúa.

Pero no dejó de mirar cómo se iban.

El restaurante no era elegante. Mesas pequeñas, ruido constante, platos abundantes. Ella se relajó apenas se sentaron.

—Gracias por insistir —dijo—. Necesitaba salir del edificio.

—Se nota —respondió Julián—. Allá adentro todo es demasiado… rígido.

Ella rió.

—Sí. Exactamente eso.

Hablaron de cosas simples. Música. Lugares que les gustaban. Historias absurdas de clientes. Ella se permitió reír sin medir el volumen. Comer sin pensar en el reloj.

Julián la miraba con atención.

—Nunca te había visto así —dijo.

—¿Así cómo?

—Más… cercana.

Ella no supo qué responder.

Sebastián almorzó en su oficina.

No tenía hambre, pero pidió algo de todos modos. Comió sin prestar atención. Miró el reloj más veces de las necesarias.

Cuando regresaron, los vio entrar juntos. Ella hablaba. Julián escuchaba.

Demasiado atento.

Sebastián cerró el correo con más fuerza de la necesaria.

Los llamó a ambos a su oficina minutos después.

—Necesito el reporte de proveedores —dijo—. Hoy.

Ella asintió.

—Te lo envío en una hora.

—Quiero revisarlo antes —añadió Sebastián—. Aquí.

Julián miró a ella, incómodo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.