Cuando El Silencio IncÓmoda

Dónde algunos empujan y otros caen

Julián ya no fingía que no veía nada.

No era tonto.
No era ingenuo.
Y definitivamente no era ciego.

Desde hacía días, cada vez que hablaba con ella, sentía la mirada de Sebastián clavada en algún punto invisible. No siempre directa. No siempre evidente. Pero constante.

Así que ese martes decidió comprobar algo.

—¿Tienes un minuto? —le preguntó a ella, apoyándose en su escritorio con naturalidad—. Quería mostrarte algo del proyecto nuevo.

Ella levantó la vista.

—Claro.

Nada especial.
Nada íntimo.

Julián acercó la silla. Demasiado normal para justificar una reacción. Ella se inclinó apenas hacia la pantalla.

Sebastián salió de su oficina.

No dijo nada.
Pero se detuvo.

Julián lo vio por el rabillo del ojo y, por primera vez, no se apartó.

—Mira —dijo Julián, bajando un poco la voz—. Pensaba que tú podrías liderar esta parte.

Ella frunció el ceño, concentrada.

—¿Yo?

—Sí —respondió—. Tienes el criterio. Y además… —sonrió— trabajamos bien juntos.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Julián —intervino—. Te necesitan en la sala tres.

Julián giró apenas la cabeza.

—Estoy en eso —dijo—. Solo termino de mostrarle esto a ella.

No fue desafiante.
Fue casual.

Peor.

Ella levantó la vista, notando por fin la tensión.

—Puedo verlo luego —dijo.

—No hace falta —respondió Julián—. Es rápido.

Sebastián dio un paso adelante.

—He dicho que te necesitan ahora.

Silencio.

Julián se levantó despacio.

—Claro —dijo—. No hay problema.

Antes de irse, se inclinó hacia ella.

—Luego seguimos —susurró—. ¿Te parece?

Ella asintió.

Sebastián los observó.

Y algo se rompió.

Gabriela apareció ese mismo día como si hubiera olido la grieta.

Siempre bien vestida. Siempre sonriente. Siempre en el lugar exacto donde podía ser vista.

—Sebastián —dijo, entrando a su oficina sin tocar—. ¿Tienes un momento?

—Dime —respondió él, aún tenso.

Gabriela se sentó frente a él, cruzando las piernas con estudiada naturalidad.

—He estado pensando —dijo— que quizá podríamos trabajar más de cerca. Tú sabes… crecer dentro de la empresa requiere aliados.

Sebastián la escuchaba, pero su atención estaba dividida.

Miraba a través del vidrio.

A ella.

Gabriela notó la dirección de su mirada y sonrió.

—Es buena —dijo—. Muy buena. Pero un poco… independiente, ¿no?

Sebastián no respondió.

—A veces —continuó Gabriela— las personas así necesitan dirección. Alguien que las guíe.

Sebastián se puso de pie.

—¿Qué quieres, Gabriela?

Ella también se levantó, acercándose un poco más de lo necesario.

—Quiero avanzar —dijo—. Y sé que tú puedes ayudarme.

Sebastián tomó una decisión impulsiva.

Mala.

—Ven —dijo—. Hay algo que quiero que veas.

Salió de la oficina y caminó directo hacia el área operativa.

La llamó.

—Necesito que vengas un momento —le dijo a ella, sin preámbulos.

Ella se levantó, tranquila.

Gabriela los siguió.

Julián, desde su puesto, levantó la vista.
Y entendió que había logrado exactamente lo que quería.

—A partir de ahora —dijo Sebastián, con voz firme— Gabriela va a supervisar parte de este proceso.

Gabriela sonrió.

—Un gusto —dijo—. Espero que trabajemos bien juntas.

Ella miró a Sebastián.

Luego a Gabriela.

Luego a Julián, que observaba en silencio.

—¿Desde cuándo? —preguntó ella.

—Desde ahora —respondió Sebastián.

Ella asintió.

—Perfecto.

Eso fue todo.

No protestó.
No discutió.
No mostró sorpresa.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Nada que decir?

—No —respondió ella—. Si es tu decisión.

Gabriela parpadeó, desconcertada. Julián ocultó una sonrisa.

—Bien —dijo Sebastián, molesto—. Entonces seguimos.

Se giró y volvió a su oficina.

Esperaba algo.

Una reacción.
Una molestia.
Una fisura.

Nada.

Horas después, Julián se acercó a ella.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondió—. ¿Por qué no lo estaría?

Julián negó con la cabeza, impresionado.

—Eres peligrosa —dijo.

Ella alzó una ceja.

—No hago nada.

—Exacto —respondió él—. Y eso lo está volviendo loco.

Desde su oficina, Sebastián los vio hablar.

Vio la calma de ella.
La risa contenida de Julián.
La indiferencia absoluta ante su jugada impulsiva.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no sabía manejar:

Rabia por no provocar nada en ella.
Celos por no ser el centro.
Y miedo.

Porque había actuado sin pensar.

Y ella…
ni siquiera se había inmutado.

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La fiesta intentaba volver a la normalidad.

Risas forzadas. Música un poco más alta.
Ella seguía con Julián, hablando de cualquier cosa, cuando la puerta se abrió de golpe.

Sebastián volvió.

Despeinado. Los ojos encendidos.
Con la rabia ya sin control.

—¡TÚ! —gritó, señalando a Julián.

Nadie alcanzó a reaccionar.

Sebastián avanzó y le dio un golpe directo en la cara.

El sonido seco cortó la música.

Julián cayó contra una mesa. Copas al suelo. Gritos.

—¡Sebastián! —gritó Valentina.

Ella se quedó paralizada.

—¡MÍRENLO! —vociferaba Sebastián—. ¡Eso es lo que querían ver! ¡El nuevo favorito!

Intentó lanzarse otra vez, pero varios compañeros lo sujetaron.

—¡Suéltenme! —gritaba—. ¡TODOS SON UNOS MALAGRADECIDOS!

El CEO apareció, furioso.

—¡Sáquenlo ahora mismo!

Sebastián se reía, descompuesto.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo mirando a ella—. Que tú… tú eras diferente.

Ella no respondió.

Eso lo terminó de quebrar.




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