Una novela sobre el amor que sobrevive incluso a la muerte.
Gimena Ramírez
PRÓLOGO
Hay amores que duran meses.
Otros duran años.
Pero existen algunos tan intensos…
tan inevitables…
que ni siquiera la muerte logra apagarlos.
Katerine y Jone no tuvieron una historia perfecta.
Tuvieron una historia real.
Llena de tormentas.
De heridas.
De despedidas.
De noches en las que pensaron rendirse.
Pero siempre terminaban regresando el uno al otro.
Porque hay personas que nacen para encontrarse.
Aunque el mundo entero intente separarlas.
CAPÍTULO 1
La niña de los ojos tristes:
Katerine tenía quince años cuando vio por primera vez a Jone.
Fue en el patio de la escuela.
Él estaba sentado solo, dibujando sobre una hoja arrugada mientras todos jugaban fútbol o corrían gritando.
Había algo distinto en él.
Algo silencioso.
Katerine lo observó desde lejos durante varios días.
Hasta que una tarde decidió acercarse.
—¿Qué dibujas?
Jone levantó la mirada lentamente.
Y en ese instante algo ocurrió.
Algo pequeño.
Invisible.
Pero eterno.
—Nada importante —respondió él.
Ella sonrió.
—Entonces déjame verlo.
Era un dibujo de la luna.
Desde ese día comenzaron a hablar.
Primero en los recreos.
Después caminando juntos a casa.
Más tarde por cartas escondidas entre libros.
Y sin darse cuenta, se volvieron inseparables.
CAPÍTULO 2
El primer amor:
El primer beso ocurrió bajo la lluvia.
Tenían diecisiete años.
Katerine lloraba porque sus padres iban a separarse y sentía que el mundo se derrumbaba.
Jone simplemente la abrazó.
No dijo nada.
Nunca hacía falta.
Y cuando ella levantó la mirada, él la besó.
Suave.
Tembloroso.
Real.
Katerine sintió que el tiempo se detenía.
Como si toda su vida hubiese estado esperando ese momento.
Pero amar tan jóvenes nunca es fácil.
Los problemas comenzaron rápido.
La distancia.
Los celos.
Las familias.
Los sueños distintos.
Jone quería estudiar música.
Katerine soñaba con ser escritora.
Y la vida comenzó a empujarlos en direcciones opuestas.
CAPÍTULO 3
La primera despedida:
A los veinte años se separaron.
No porque dejaran de amarse.
Sino porque ambos estaban rotos.
La despedida ocurrió en una terminal de autobuses.
Katerine llevaba un abrigo gris y los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y si esto es el final? —preguntó ella.
Jone acarició su rostro.
—Vos y yo nunca vamos a terminar.
Pero el destino es cruel con los enamorados.
Y esa noche se fueron en caminos distintos.
CAPÍTULO 4
El regreso:
Pasaron tres años.
Tres años de silencios.
De intentar olvidar.
De conocer otras personas sin sentir nada verdadero.
Hasta que una noche Katerine recibió una carta.
Era de Jone.
Solo decía:
“Todavía te amo.”
Eso bastó.
El reencuentro ocurrió en la vieja escuela donde se conocieron.
El mismo patio.
La misma luna.
Y cuando volvieron a abrazarse, entendieron que algunas historias no pueden romperse.
No importa cuánto tiempo pase.
CAPÍTULO 5
Construir una vida:
El amor maduró con ellos.
Se mudaron juntos.
Trabajaron duro.
Pasaron hambre algunas veces.
Pero eran felices.
Jone tocaba la guitarra en bares pequeños mientras Katerine escribía novelas durante las madrugadas.
No tenían mucho dinero.
Pero tenían algo más importante:
Se tenían el uno al otro.
Los años pasaron.
Llegaron las arrugas.
Las discusiones por tonterías.
Las cuentas sin pagar.
Las noches difíciles.
Pero incluso en los peores momentos seguían eligiéndose.
Siempre.
Porque el verdadero amor no es perfecto.
Es constante.
CAPÍTULO 6
Cuarenta años después:
Katerine tenía cincuenta y cinco años cuando comenzó a sentirse cansada.
Al principio pensó que era estrés.
Pero luego llegaron los estudios.
Los hospitales.
Las miradas incómodas de los médicos.
Hasta que una mañana escuchó las palabras que cambiarían todo.
Enfermedad terminal.
Jone sintió que el mundo se rompía.
Intentó ser fuerte.
Pero cada noche lloraba solo en el baño para que ella no lo viera.
Katerine, en cambio, parecía tranquila.
Como si ya supiera algo que él todavía no entendía.
CAPÍTULO 7
El último verano:
Decidieron viajar al mar.
El mismo lugar donde se habían prometido amor eterno cuando eran jóvenes.
Caminaban lentamente por la playa tomados de la mano.
Y aunque la enfermedad avanzaba, el amor seguía intacto.
Una noche Katerine lo miró mientras el viento movía su cabello.
—Prométeme algo.
—Lo que sea.
—Cuando yo ya no esté… seguí viviendo.
Jone cerró los ojos.
—No sé cómo hacerlo sin vos.
Ella sonrió con tristeza.
—Aprenderás.
CAPÍTULO FINAL
Después de la tormenta:
Katerine murió una madrugada de invierno.
Con la mano de Jone entre las suyas.
Y el mundo quedó en silencio.
Después de su muerte, la casa se volvió enorme.
Vacía.
Dolorosa.
Jone hablaba solo.
Dormía abrazando su almohada.
Escuchaba las canciones que ella amaba solo para sentirla cerca.
La soledad comenzó a consumirlo lentamente.
Pero una noche encontró algo escondido entre los libros de Katerine.
Un manuscrito.
Una novela.
Su novela final.
Y estaba dedicada a él.
“Para Jone.
Por haberme amado incluso cuando yo dejé de saber cómo hacerlo.
Por elegirme durante cuarenta años.
Y porque si existe otra vida…
quiero encontrarte nuevamente.”
Jone lloró como nunca antes.
Pero esa noche comprendió algo:
El amor verdadero no desaparece.
Permanece.
En los recuerdos.
En las canciones.
En las cartas.
En las pequeñas cosas.
Y aunque Katerine ya no estaba, él seguía sintiéndola en todas partes.
EPÍLOGO
Dicen que el tiempo destruye todo.
Pero están equivocados.
El tiempo puede marchitar cuerpos.
Puede llevarse voces.
Puede apagar corazones.
Pero jamás podrá destruir un amor que fue real.
Y el de Katerine y Jone…
Lo fue.