Cuando el Tiempo se Acaba

"El Despertar del Don"

Noté que me encontraba en una cama. Estaba confundido. Miré a mi alrededor y logré reconocer máquinas que parecían ser de cuidados intensivos. Comprendí que me encontraba en un hospital.

Sin saber qué hacer, ni por qué llegué allí, ni cuánto tiempo había pasado en ese lugar, entró una enfermera preguntándome cómo me sentía y si mi desayuno ya había llegado.

Mi mente ignoró lo que había dicho mientras yo preguntaba:

—¿Cómo llegué aquí?

La noté confundida. Imaginé que ya había respondido esa pregunta antes, pero aun así decidió responder nuevamente.

—Joven, usted estuvo dos días en coma tras sufrir un accidente automovilístico. Ayer despertó en la mañana.

Parecía tener algunas alucinaciones, aunque nada grave en ese momento. Luego me hizo la misma pregunta, por lo que me pareció extraño que me la repitiera otra vez. En fin, ¿se encuentra bien? ¿Necesita algo?

La ignoré nuevamente.

No podía concentrarme. Había olvidado todo lo que ocurrió el día anterior. Intentaba recordar lo sucedido, pero no lo conseguía.

Pensé en el accidente, otra vez sin recordarlo. Pero más que sorprenderme por el suceso, estaba confundido por los números que aparecían sobre la cabeza de la enfermera, así que inocentemente pregunté:

—¿Qué son esos números encima suyo?

La enfermera, visiblemente confundida, respondió:

—¿De qué números me habla?

Ambos nos quedamos en silencio. En ese momento llamaron a la enfermera y ella salió de la sala.

Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que estaba viendo no lo veía nadie más. Por un momento pensé que se trataba de una ilusión.

Pasó el tiempo y poco a poco me fui recuperando.

Con el pasar de los días me di cuenta de que los números sobre las cabezas de las personas no eran imaginaciones mías.

Al observarlos con más atención descubrí que no eran simples números al azar, sino algo parecido a temporizadores.

Al principio no entendía qué significaba, hasta que vi cómo el temporizador de un señor, que parecía bastante joven, indicaba que le quedaban pocos días.

Decidí observar con atención.

Le pregunté a una enfermera por qué estaba hospitalizado aquel hombre. Fue grande mi sorpresa cuando me dijo que padecía cáncer de pulmón en etapa terminal y que probablemente le quedaba poco tiempo de vida.

En ese momento un pensamiento cruzó por mi mente:

—¿Será posible que el temporizador signifique…? No, no puede ser.

Aun así, continué observándolo.

Pasaron los días y vi cómo aquel hombre pasó de ser alguien relativamente activo a estar postrado en la cama, sin energía. El cáncer no solo atacaba sus pulmones, sino que se extendía por todo su cuerpo, consumiéndolo lentamente.

Fue bastante trágico ver cómo una persona tan joven podía morir en cualquier momento.

Los días siguieron pasando hasta que llegó el momento que respondería todas mis preguntas, aunque sinceramente no sabía si realmente quería conocer esas respuestas.

Estando afuera de la habitación del señor, observé cómo su temporizador llegaba a cero.

En ese instante comenzó a sufrir convulsiones, ya que se estaba quedando sin aire.

Sin pensarlo dos veces llamé a una enfermera en busca de ayuda para intentar salvarle la vida, pero, como temía, fue inútil.

Sin poder hacer nada más, vi cómo su vida se desvanecía frente a mis ojos, confirmando así mis sospechas sobre el significado del temporizador.

Me quedé profundamente impactado por lo que había presenciado. Saber cuándo alguien va a morir no era algo agradable, y menos estando en un hospital donde las personas se encuentran constantemente al borde de la muerte.

Mis familiares me visitaban con frecuencia, ya que mi madre estaba en un viaje de negocios por al menos dos semanas.

Cuando se enteró de lo que me había ocurrido, bastante asustada llamó al hospital para que pudieran comunicarla conmigo. Me dijo que intentaría volver lo antes posible.

Para tranquilizarla un poco decidí decirle:

—No te preocupes, madre. Me encuentro bien.

Concéntrate en tu trabajo. No estoy solo; varios familiares me visitan a diario y me traen dulces o frutas para comer.

Mi madre, un poco más tranquila, decidió seguir mi consejo, pero prometió regresar lo antes posible.

Los días pasaban con relativa normalidad. Poco a poco me iba acostumbrando al don que había obtenido.

Pensé que podría vivir con tranquilidad, ya que la vida de los demás, por más cruel que fuera su destino, no era asunto mío.

Pero todo cambió en el momento en que mi madre finalmente regresó de su viaje y fue directamente al hospital para verme.

Su llegada fue repentina.

Debí haberme alegrado, pero lo que vi en ese instante me dejó helado.

Porque cuando levanté la mirada pude observar su contador el cual me mostró algo que no me imaginé ver.




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