Cuando el Tiempo se Acaba

La Advertencia

No podía sacar sus palabras de mi cabeza.

“Si realmente quieres salvar a tu madre... deja de intentar cambiar el destino.”

Esa frase pasaba por mi mente repetidamente.

Me perturbaba profundamente la forma en que lo dijo. No parecía una amenaza. Parecía... una advertencia.

Esa noche el hospital estaba más tranquilo de lo habitual.

Las luces del pasillo iluminaban tenuemente las paredes blancas mientras las enfermeras caminaban de un lado a otro con pasos cansados.

Seguía mirando los contadores.

Ya no podía evitarlo.

Mis ojos parecían estar acostumbrados a verlos.

Personas caminando con años sobre sus cabezas.

Otros con meses.

Algunos con días.

Y unos pocos... con solo minutos.

Miré el reloj de mi madre.

00:01:10:22

Menos de dos días.

Sentí una presión en el pecho. No podía quedarme de brazos cruzados. Si el hombre sin contador estaba equivocado... si todavía había una forma de cambiar el destino... entonces tenía que encontrarla.

Justo cuando estaba reflexionando sobre eso, escuché un grito al final del pasillo.

Varias enfermeras corrieron a una habitación cercana.

Los monitores comenzaron a sonar insistentemente.

Un paciente estaba en problemas.

Me levanté lentamente de la cama y caminé hacia la puerta desde donde podía ver lo que estaba pasando.

Un grupo de doctores rodeaba la cama de un hombre mayor tratando de reanimarlo. Miré su contador.

00:00:00:14

Catorce segundos.

El tiempo seguía bajando

00:00:00:10

Los doctores seguían presionando su pecho.

00:00:00:07

Una enfermera preparó el desfibrilador.

Tenía un nudo en el estómago en ese momento. No podía hacer nada. Nada en absoluto.

00:00:00:02

El contador llegó a cero. En ese momento, emitió un sonido largo y continuo y por consecuencia el doctor dejó de presionar llenando de silencio la habitación.

—Hora de la muerte... 2:14 de la mañana.

Los doctores comenzaron a retirarse lentamente.

Seguí mirando el lugar donde solía estar el contador.

Vacío.

Desaparecido.

Algo me hizo sentir inquietud en el pecho. No era miedo, sino algo peor... Era impotencia. Porque ahora sabía con certeza que los contadores nunca se equivocaban.

Entonces noté algo.

Alguien estaba apoyado contra la pared del pasillo observando todo.

Era él.

El hombre sin contador.

No parecía sorprendido ni triste.

Solo observaba.

Se acercó lentamente cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando.

—Estás empezando a entender —dijo con calma.

Sentí la frustración crecer dentro de mí nuevamente.

—Ese hombre iba a morir de todos modos.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué mostrar el contador?

Durante unos segundos el hombre vaciló, en silencio.

—Para recordarte algo.

—¿Qué? Su mirada se volvió seria.

—Que no puedes salvar a todos.

Sus palabras me irritaron.

—No quiero salvar a todos.

Pensé en mi madre.

—Solo quiero salvar a una persona.

El hombre me miró intensamente.

—Eso es lo que todos dicen al principio.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Cuántos hubo antes que yo? El hombre esperó un poco para responder.

—Más de los que imaginas.

—¿Y qué les pasó? Sus ojos se oscurecieron un poco.

—Intentaron jugar con el tiempo. }

Sentí que mi respiración se volvía más pesada.

—¿Y tú? El hombre sonrió levemente en respuesta.

—Fui el único que sobrevivió.

Un incómodo silencio se instaló entre nosotros.

—Si ya sabes cómo funciona todo —dije finalmente— entonces dime algo.

—¿Qué? Lo miré directamente a los ojos.

—¿Hay alguna forma de salvar a mi madre? El hombre no respondió de inmediato.

Miró el pasillo. Luego a las personas que caminaban. Finalmente, me miró de nuevo.




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