Nunca imaginé que elegir una carrera fuera tan complicado.
Durante todo el verano cambié de opinión más veces de las que podía contar. Primero quería estudiar Psicología. Luego pensé en Marketing. Después Derecho. Más tarde Educación. Cada vez que creía haber tomado una decisión, aparecía una nueva duda.
Mi mamá decía que estaba sobrepensando demasiado las cosas.
Mi abuela decía que escuchara a mi corazón.
Y yo estaba atrapada entre ambas opiniones.
Al final, después de semanas enteras debatiéndome entre distintas opciones, decidí estudiar Administración de Empresas.
No sabía si era la decisión perfecta.
Pero sí sabía que necesitaba avanzar.
Y ese día era el comienzo.
Abrí los ojos antes de que sonara la alarma.
Miré el reloj.
5:52 a.m.
Mi primera clase comenzaba a las ocho.
Suspiré.
Era imposible volver a dormir.
Me levanté de la cama y fui al baño mientras intentaba ignorar los nervios que revoloteaban en mi estómago.
Era mi primer día en la universidad.
La sola idea hacía que mi corazón se acelerara.
Cuando bajé a la cocina, mi abuela ya estaba despierta.
Como siempre.
—Buenos días, mi niña.
Me recibió con una sonrisa cálida y una taza de chocolate caliente.
—Buenos días, abuela.
—¿Nerviosa?
Me senté frente a ella.
—Solo un poco.
Ella soltó una carcajada.
—Mary, te conozco desde que naciste.
Antes de que pudiera responder, mi mamá apareció en la cocina.
—¡Mi futura administradora de empresas!
Me dio un beso en la frente.
—Mamá, todavía ni entro al salón.
—Pero ya entraste a la universidad. Eso es lo importante.
Sonreí.
Tenerlas a ellas hacía que todo pareciera menos aterrador.
Vivíamos juntas desde siempre.
Mi mamá había trabajado muy duro para sacarme adelante y mi abuela era el alma de la casa.
Nunca me había faltado amor.
—Vas a hacerlo bien —dijo mi mamá mientras preparaba café.
—Eso espero.
—No. Vas a hacerlo bien.
Mi abuela asintió.
—Y si no haces amigos el primer día, tampoco pasa nada.
—Gracias por recordarme exactamente lo que me preocupa.
Las tres nos reímos.
Pero la verdad era que sí me preocupaba.
Mucho.
Siempre me había costado acercarme a las personas.
No porque no quisiera.
Simplemente era tímida.
Prefería escuchar antes que hablar.
Observar antes que intervenir.
Por eso valoraba tanto a las pocas personas que consideraba mis amigos.
Especialmente a Camila.
Mi mejor amiga.
Mi compañera de aventuras desde la secundaria.
Tomé mi celular.
Tenía un mensaje suyo.
"¿Ya sobreviviste al primer día?"
Sonreí.
"Ni siquiera he salido de casa."
La respuesta llegó enseguida.
"Confío en ti. Y si alguien te cae mal, me avisas."
Negué con la cabeza mientras reía.
Extrañaba muchísimo a Camila.
Cuando terminamos la secundaria, su familia se mudó por el trabajo de su papá.
Siempre habíamos imaginado que entraríamos juntas a la universidad.
Que nos sentaríamos juntas en clase.
Que nos perderíamos juntas buscando aulas.
Pero la vida tenía otros planes.
Y ahora estaba sola.
Bueno.
No completamente sola.
Solo tenía que aprender a empezar de nuevo.
Llegué a la universidad demasiado temprano.
Tanto que todavía faltaban más de treinta minutos para mi primera clase.
Observé el campus.
Era enorme.
Los edificios parecían más grandes de lo que imaginaba y los estudiantes caminaban de un lado a otro con una seguridad que me resultaba envidiable.
Yo, en cambio, sentía que cualquier persona podía notar que era nueva.
Después de caminar unos minutos por los jardines, decidí buscar mi salón.
Lo encontré sin problemas.
Estaba completamente vacío.
Entré despacio.
Las carpetas estaban ordenadas en filas y la pizarra aún permanecía limpia.
Elegí un asiento junto a una ventana.
Ni adelante ni atrás.
El lugar perfecto para pasar desapercibida.
Dejé mi mochila sobre la carpeta y salí a comprar una botella de agua.
Cuando regresé unos minutos después, empujé la puerta del salón y me detuve en seco.
Ya no estaba vacío.
Había alguien allí.
Un chico.
Estaba sentado en la carpeta junto a la mía.
Llevaba una sudadera negra con la capucha puesta.
Los brazos cruzados.
Los ojos cerrados.
Parecía completamente dormido.
Parpadeé.
Miré alrededor.
Seguíamos siendo los únicos en el salón.
Por alguna razón me quedé observándolo más de la cuenta.
Tal vez porque era la primera persona que veía en mi clase.
O tal vez porque había algo extrañamente familiar en él.
Algo que no lograba identificar.
Su rostro estaba parcialmente oculto por la capucha.
Aun así, una sensación incómoda comenzó a instalarse en mi pecho.
Como cuando recuerdas una canción que no has escuchado en años.
Como cuando reconoces un lugar que creías haber olvidado.
Sacudí la cabeza.
Seguramente eran imaginaciones mías.
Me acerqué a mi asiento y me senté.
El chico ni siquiera abrió los ojos.
Permaneció inmóvil.
Como si estuviera completamente ajeno al mundo.
Mientras yo intentaba controlar mis nervios, él parecía estar disfrutando de una siesta.
Miré por la ventana.
Luego mis apuntes.
Luego el reloj.
Y finalmente volví a mirarlo.
La sensación seguía allí.
Familiar.
Extraña.
Persistente.
Como si hubiera visto esos rasgos en algún momento de mi vida.
Pero era imposible.
Yo lo recordaría.
¿Verdad?
Antes de que pudiera seguir pensando, comenzaron a entrar más estudiantes al salón.
Poco a poco el silencio desapareció.
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Editado: 19.06.2026