Cuando huir ya no basta

Capítulo 2- Aquel chico extraño

Aquel chico extraño

No pude evitar mirar al chico de reojo.

Una vez.

Dos veces.

Tal vez diez.

Era absurdo.

Ni siquiera había abierto los ojos desde que me senté y, aun así, algo en él seguía llamando mi atención.

La sensación de familiaridad no desaparecía.

Intenté concentrarme en otra cosa.

Saqué un cuaderno.

Revisé mi horario.

Volví a guardar el horario.

Miré la ventana.

Miré el reloj.

Miré al chico.

Otra vez.

—Mary, compórtate —me regañé mentalmente.

Poco a poco el salón comenzó a llenarse.

Algunos estudiantes llegaron en grupos. Otros, como yo, parecían estar solos y tan nerviosos como si fueran a presentar un examen final.

Las conversaciones fueron reemplazando el silencio.

Yo seguía sentada en mi lugar intentando pasar desapercibida.

El chico seguía igual.

Capucha negra.

Brazos cruzados.

Ojos cerrados.

Parecía completamente desconectado del mundo.

Hasta que la puerta se abrió.

Un profesor entró al salón cargando una carpeta.

Las conversaciones disminuyeron casi de inmediato.

—Buenos días a todos.

Algunas personas respondieron.

Otras apenas levantaron la vista.

—Bienvenidos a la universidad.

El profesor comenzó una breve presentación mientras yo trataba de prestar atención.

Lo intentaba.

De verdad.

Pero los nervios no ayudaban.

Ni tampoco el extraño sentado a mi lado.

Después de unos minutos, el profesor abrió la carpeta que llevaba consigo.

—Voy a pasar lista.

Escuché varios suspiros.

Algunos estudiantes respondían con un tímido "presente".

Otros levantaban la mano.

Todo era completamente normal.

Hasta que ocurrió.

—Lucas Herrera.

Sentí que algo se detenía dentro de mí.

Mi corazón.

Mi respiración.

El tiempo.

Todo.

Lucas Herrera.

No.

No podía ser.

Miles de personas podían llamarse Lucas.

Miles.

Era un nombre común.

Pero aun así...

Mi estómago se encogió.

Porque conocía ese nombre.

Lo conocía demasiado bien.

Entonces ocurrió algo peor.

El chico sentado a mi lado abrió los ojos.

—Presente.

Su voz era más grave de lo que esperaba.

Y por alguna razón hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.

Giré la cabeza lentamente.

Muy lentamente.

Por primera vez pude verlo bien.

Los mismos ojos oscuros.

La misma forma de las cejas.

La misma pequeña cicatriz junto a la sien.

Mi respiración se volvió irregular.

No.

Era imposible.

Completamente imposible.

Porque ese Lucas pertenecía a otra época.

A otra vida.

Tenía nueve años cuando conocí a Lucas.

Era el niño más inquieto del vecindario.

Siempre tenía las rodillas raspadas.

Siempre estaba sonriendo.

Y siempre encontraba alguna forma de meterme en problemas.

—Vamos, Mary.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

Cinco minutos después terminábamos haciendo exactamente lo que él quería.

Así había sido nuestra amistad.

Pasábamos las tardes juntos.

Hacíamos las tareas juntos.

Veíamos películas juntos.

Éramos inseparables.

Incluso cuando yo era demasiado tímida para hablar con otras personas, nunca me costó hablar con él.

Con Lucas todo era fácil.

Natural.

Como respirar.

Hasta que un día desapareció.

Simplemente desapareció.

Una semana estaba allí.

Y a la siguiente ya no.

Nadie me explicó nada.

Nadie me dio respuestas.

Solo se había ido.

Y durante años intenté convencerme de que ya no importaba.

Parpadeé.

Volví al presente.

El profesor seguía pasando lista.

Los estudiantes seguían respondiendo.

Pero yo apenas escuchaba.

Porque el chico sentado a mi lado...

No.

Lucas.

Lucas.

Seguía allí.

A menos de un metro de distancia.

Después de todos esos años.

Sentí una mezcla extraña de emociones.

Sorpresa.

Confusión.

Alegría.

Enojo.

Demasiadas emociones al mismo tiempo.

Quería preguntarle mil cosas.

¿Por qué te fuiste?

¿Por qué nunca te despediste?

¿Por qué desapareciste?

¿Te acordaste de mí alguna vez?

Pero me quedé inmóvil.

Porque había algo extraño.

Algo que no encajaba.

Lucas no parecía feliz.

No parecía el niño que recordaba.

Su expresión era seria.

Cansada.

Como si llevara años cargando algo pesado sobre los hombros.

Y entonces ocurrió.

Por primera vez desde que comenzó la clase, giró ligeramente la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Mi corazón dio un salto.

Durante un segundo entero nos quedamos mirando.

Uno.

Dos.

Tres.

Y entonces vi algo en su expresión.

Reconocimiento.

Lucas me conocía.

Lo supe de inmediato.

Él también me había reconocido.

Pero en lugar de sonreír...

En lugar de decir mi nombre...

En lugar de reaccionar como cualquier persona que encuentra a su mejor amiga después de años...

Apartó la mirada.

Como si no me conociera.

Como si yo fuera una desconocida.

Y eso dolió mucho más de lo que esperaba.




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