Cuando huir ya no basta

Capítulo 3- Como si nunca hubiera existido

Como si nunca hubiera existido

No pude concentrarme en nada durante el resto de la clase.

Absolutamente en nada.

El profesor hablaba sobre la universidad, los cursos, los créditos académicos y las normas que debíamos seguir durante el semestre.

Yo asentía de vez en cuando para fingir que estaba prestando atención.

Pero mi mente estaba en otra parte.

O mejor dicho, en una persona.

Lucas.

Sentado a mi lado.

Tan cerca que podía escuchar el sonido de su bolígrafo al escribir.

Tan cerca que podía girar la cabeza y verlo.

Y, al mismo tiempo, tan lejos como nunca antes.

Porque me había reconocido.

Estaba segura.

No había sido imaginación mía.

Lo había visto en sus ojos.

Durante aquel instante, antes de apartar la mirada, había algo allí.

Sorpresa.

Reconocimiento.

Tal vez incluso nervios.

Pero después...

Nada.

Como si yo fuera una desconocida.

Como si jamás hubiéramos compartido tardes enteras jugando en el parque.

Como si nunca hubiéramos prometido ser amigos para siempre.

Como si yo nunca hubiera existido.

Y eso dolía más de lo que quería admitir.

Cuando finalmente sonó el timbre que anunciaba el final de la clase, varios estudiantes comenzaron a levantarse.

Las conversaciones llenaron el salón.

Yo observé cómo Lucas guardaba sus cosas.

Mi corazón empezó a acelerarse.

Era ahora o nunca.

Había esperado años para obtener respuestas.

No iba a dejarlo escapar otra vez.

Tomé aire.

Me puse de pie.

Y caminé hacia él.

—Lucas.

Su nombre salió más suave de lo que pretendía.

Él se detuvo.

Durante un segundo permaneció inmóvil.

Luego levantó la vista hacia mí.

—¿Sí?

Sentí una punzada en el pecho.

¿Sí?

¿Sí?

¿Eso era todo?

Lo miré incrédula.

—¿Sí?

Lucas frunció ligeramente el ceño.

—¿Nos conocemos?

Por un instante me quedé sin palabras.

No porque creyera que realmente me había olvidado.

Sino porque estaba fingiendo.

Lo sabía.

Lo sentía.

Y eso me enfurecía.

—¿Hablas en serio?

Sus ojos permanecieron fijos en los míos.

Impasibles.

—Creo que te estás confundiendo.

La rabia y la tristeza se mezclaron dentro de mí.

—No me estoy confundiendo.

Por primera vez pareció incómodo.

Apenas.

Un pequeño cambio en su expresión.

Tan rápido que casi no lo noté.

—Mary...

Mi nombre.

Lo había dicho.

Mi respiración se cortó.

Porque eso significaba que sí me recordaba.

Lucas pareció darse cuenta de su error al instante.

Apretó la mandíbula.

Y desvió la mirada.

—Sabías quién era.

No respondió.

—Me reconociste.

Silencio.

—Entonces ¿por qué estás actuando así?

Lucas tomó su mochila.

—Tengo que irme.

—¡Lucas!

Pero ya estaba caminando hacia la puerta.

Lo observé alejarse.

Una parte de mí quería correr detrás de él.

Otra quería gritarle.

Y otra, mucho más pequeña, quería llorar.

Porque durante años imaginé este momento.

Miles de veces.

Pensé que estaría feliz.

Pensé que sonreiría.

Pensé que me explicaría todo.

Jamás imaginé que intentaría escapar.

Otra vez.

El resto del día pasó como una especie de borrón.

Asistí a mis clases.

Tomé apuntes.

Escuché profesores.

Pero no recuerdo casi nada.

Cuando llegué a casa, mi abuela fue la primera en recibirme.

—¿Cómo estuvo tu primer día?

Intenté sonreír.

—Bien.

Ella me observó durante unos segundos.

Demasiados segundos.

—¿Y ahora cuál es la respuesta verdadera?

Suspiré.

Era imposible engañar a mi abuela.

—Complicado.

—¿Quieres hablar?

Asentí.

Terminamos sentadas en la sala mientras le contaba parte de lo ocurrido.

No todo.

Porque ni siquiera yo entendía lo que estaba pasando.

Pero sí lo suficiente.

—Encontré a alguien que conocía.

—¿Un amigo?

—Mi mejor amigo.

Los ojos de mi abuela se abrieron.

—¿El niño que se mudó?

—Sí.

Ella sonrió.

—Entonces eso es maravilloso.

Negué con la cabeza.

—No exactamente.

—¿Qué pasó?

Miré mis manos.

—Actuó como si no me conociera.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—Oh.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que el dolor seguía allí.

Escondido.

Esperando.

Porque la verdad era que nunca superé su partida.

Solo aprendí a vivir con ella.

Esa noche tardé mucho en dormir.

Y cuando finalmente lo hice, soñé con el pasado.

Con dos niños corriendo por un parque.

Riéndose.

Compitiendo para ver quién llegaba primero a los columpios.

—¡Más rápido, Mary!

—¡Te voy a ganar!

—¡Nunca!

La imagen cambió.

Yo tenía doce años.

Lucas estaba sentado junto a mí en una banca.

El sol comenzaba a ocultarse.

—¿Crees que seguiremos siendo amigos cuando seamos grandes?

Él me miró como si la respuesta fuera obvia.

—Claro que sí.

—¿Y si te mudas?

—No me voy a mudar.

—¿Y si lo haces?

Lucas sonrió.

Esa sonrisa que siempre lograba tranquilizarme.

—Entonces volveré.

Te lo prometo.

Desperté sobresaltada.

La habitación estaba oscura.

Mi corazón latía con fuerza.

Porque ahora sabía cuál era la peor parte.

No era que Lucas hubiera desaparecido.

No era que hubiera vuelto.

Era que había roto su promesa.

Y parecía dispuesto a hacerlo una segunda vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.