Los días siguientes fueron extraños.
No porque las clases fueran difíciles.
No porque la universidad fuera diferente a lo que imaginaba.
Sino porque Lucas estaba allí.
Todos los días.
A pocas filas de distancia.
A veces sentado a mi lado.
A veces al otro extremo del salón.
Siempre cerca.
Y al mismo tiempo increíblemente lejos.
Después de nuestra conversación en el pasillo, dejó de evitarme de forma tan evidente.
Pero tampoco intentó acercarse.
Era como si hubiera encontrado una nueva forma de mantener distancia.
Una más silenciosa.
Una más dolorosa.
El viernes por la tarde terminé una clase antes de lo habitual.
Al entrar al aula para la siguiente sesión, descubrí que estaba prácticamente vacía.
Solo había una persona.
Lucas.
Estaba sentado junto a la ventana.
La luz del sol entraba por el cristal y dibujaba sombras suaves sobre su rostro.
Por primera vez desde que lo había reencontrado, no llevaba la capucha puesta.
Su cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente.
Y por un instante fue imposible no recordar al niño que había conocido años atrás.
El mismo que corría más rápido que todos.
El mismo que siempre sonreía.
El mismo que prometió volver.
Mi pecho se apretó.
Tomé aire y caminé hasta el asiento junto al suyo.
—Hola.
Lucas levantó la vista.
Pareció sorprendido de verme.
—Hola.
Me senté.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
El silencio entre nosotros se había vuelto una costumbre.
Una que comenzaba a cansarme.
—Estuve viendo unas fotos viejas este fin de semana.
Vi cómo sus hombros se tensaban apenas.
—¿Sí?
—Encontré unas del parque donde íbamos cuando éramos niños.
Lucas bajó la mirada.
—Ah.
Sonreí ligeramente.
—Habíamos olvidado lo ridículos que éramos.
Por primera vez pareció estar a punto de sonreír.
Solo un poco.
Solo durante un segundo.
—Tú eras ridícula.
Abrí los ojos con indignación.
—¡Yo no era ridícula!
—Llevabas una mochila con forma de conejo.
—Tenía nueve años.
—Y una colección de lapiceros con brillantina.
—Eso era normal.
—No era normal.
No pude evitar reír.
Y para mi sorpresa, él soltó una pequeña risa.
Una breve.
Casi imperceptible.
Pero estaba allí.
Mi corazón dio un salto.
Porque durante unos segundos dejó de parecer un extraño.
Durante unos segundos volvió a parecer Lucas.
Mi Lucas.
Mi mejor amigo.
Entonces recordé las fotografías.
—Mateo aparecía en casi todas.
La sonrisa desapareció de inmediato.
El cambio fue tan brusco que sentí un escalofrío.
Lucas se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
—Siempre quería seguirnos a todas partes.
No respondió.
—¿Te acuerdas cuando insistió en acompañarnos al parque y terminó cayéndose en un charco?
Silencio.
—Lloró durante una hora.
Nada.
La incomodidad comenzó a instalarse lentamente entre nosotros.
Fruncí el ceño.
—Debe estar enorme ahora.
Lucas dejó de respirar por un instante.
O al menos eso pareció.
Porque toda expresión desapareció de su rostro.
Lo observé confundida.
—¿Lucas?
Apartó la mirada.
—No hables de Mateo.
Su voz sonó baja.
Demasiado baja.
—¿Por qué?
No respondió.
Las manos que descansaban sobre la mesa se cerraron lentamente en puños.
—Lucas...
—Por favor.
Levanté la vista.
Y algo dentro de mí se estremeció.
Porque era la primera vez que escuchaba algo parecido a una súplica en su voz.
—¿Qué pasa?
Él cerró los ojos.
Como si le costara mantenerse allí.
Como si cada palabra fuera una batalla.
—Por favor, Mary.
No entendía.
No entendía nada.
—Solo pregunté por tu hermano.
Lucas respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Y cuando volvió a abrir los ojos, vi algo que jamás había visto en él.
Culpa.
Una culpa tan profunda que parecía haber estado viviendo dentro de ella durante años.
—No preguntes cosas que no quieres saber.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Lucas.
—Déjalo.
—No.
Él soltó una risa amarga.
Una que no tenía nada de felicidad.
—Claro que no.
—¿Qué pasó?
Lucas se puso de pie tan rápido que la silla se movió hacia atrás.
Algunos estudiantes que acababan de entrar al aula giraron la cabeza para observarnos.
Pero él no pareció notarlo.
—No pasó nada.
—Eso es mentira.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Y por primera vez vi algo más que culpa.
Vi dolor.
Un dolor tan intenso que me dejó sin palabras.
—Hay cosas que es mejor no remover.
—No lo entiendo.
—Lo sé.
La respuesta fue tan sincera que me dolió.
Porque sonó como si realmente quisiera explicármelo.
Como si quisiera contarme todo.
Pero hubiera algo impidiéndoselo.
Algo más fuerte que él.
El profesor entró al salón en ese momento.
Los estudiantes comenzaron a ocupar sus lugares.
La conversación terminó de golpe.
Lucas volvió a sentarse.
Y no volvió a decir una sola palabra durante toda la clase.
Aquella noche no pude concentrarme en nada.
Ni en las tareas.
Ni en los apuntes.
Ni siquiera en una película que intenté ver para distraerme.
Mi mente seguía regresando a la misma escena.
A la misma expresión.
A la misma pregunta.
¿Qué había ocurrido con Mateo?
No era solo tristeza.
No era solo nostalgia.
Era algo más.
Mucho más oscuro.
Mucho más profundo.
Tomé el celular.
#5155 en Novela romántica
#132 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 19.06.2026