Cuando huir ya no basta

Capitulo 8- La verdad

La verdad

Aquella noche no pude dormir.

Las palabras de Lucas seguían dando vueltas en mi cabeza.

"Mateo murió por mi culpa."

"Mi madre me odiaba."

"Hay cosas que no puedes arreglar."

Una parte de mí entendía por qué había huido durante tantos años.

Pero otra parte seguía enfadada.

Porque había cargado con todo eso solo.

Porque nunca me dio la oportunidad de estar a su lado.

Porque decidió por los dos que desaparecer era la mejor solución.

Y, por alguna razón, eso me dolía más de lo que debería.

Los días siguientes fueron diferentes.

No mejores.

No peores.

Solo diferentes.

Lucas ya no se alejaba cuando me acercaba.

Tampoco hablaba mucho.

Pero al menos permanecía.

Y eso ya era un avance.

A veces compartíamos el camino hacia otra clase.

A veces nos sentábamos juntos.

A veces intercambiábamos comentarios sobre algún profesor particularmente aburrido.

Pequeñas cosas.

Cosas normales.

Cosas que parecían imposibles apenas una semana atrás.

Sin embargo, había algo que seguía sin decirme.

Lo sentía.

Cada vez que mencionábamos el pasado.

Cada vez que aparecía el nombre de Mateo.

Cada vez que hablábamos de su familia.

Había una parte de la historia que seguía escondida.

Y Lucas hacía todo lo posible por mantenerla allí.

Una tarde nos encontrábamos estudiando en la biblioteca.

Bueno.

Yo estudiaba.

Lucas fingía estudiar.

Porque llevaba quince minutos mirando exactamente la misma página.

—Sabes que tienes que pasarla eventualmente, ¿verdad?

Levantó la vista.

—¿Qué?

—La página.

Miró el libro.

Luego volvió a mirarme.

—Ah.

No pude evitar sonreír.

—Estás distraído.

—Tú hablas mucho.

—Y tú muy poco.

—Compensamos.

Por primera vez en mucho tiempo vi una sonrisa auténtica.

Pequeña.

Pero real.

Y algo dentro de mí se sintió extrañamente feliz.

Hasta que la sonrisa desapareció.

Tan rápido como había llegado.

Porque el celular de Lucas comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Y todo cambió.

Su rostro perdió el color.

La tensión regresó a sus hombros.

Y sus ojos se oscurecieron.

—¿Lucas?

No respondió.

Simplemente rechazó la llamada.

—¿Todo bien?

—Sí.

Mentira.

Una muy mala mentira.

Porque apenas unos segundos después el teléfono volvió a sonar.

Y otra vez.

Y otra.

Como si quien estuviera llamando se negara a rendirse.

Finalmente Lucas apagó el celular.

—¿Quién era?

No respondió.

—Lucas.

—Nadie.

—Eso tampoco fue una respuesta.

Suspiró.

Y por un instante pareció debatirse entre levantarse e irse o quedarse.

Finalmente cerró el libro.

—Tengo que contarte algo.

Mi corazón dio un pequeño salto.

Porque jamás lo había escuchado decir esas palabras.

Jamás.

—¿Qué pasa?

Lucas guardó silencio durante varios segundos.

Luego habló.

—Mi madre sigue viva.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Está viva.

Me quedé confundida.

—Nunca pensé que estuviera muerta.

Lucas soltó una risa amarga.

—A veces yo sí.

Aquella respuesta me heló la sangre.

Porque no sonaba como una broma.

Sonaba como agotamiento.

Como dolor.

Como algo que llevaba años cargando.

—Lucas...

—Después de la muerte de Mateo, ella cambió.

Bajé lentamente el bolígrafo.

Porque comprendí que estaba a punto de escuchar algo importante.

Algo que probablemente nunca le había contado a nadie.

—Al principio lloraba todo el tiempo.

No salía de casa.

No hablaba con nadie.

Mi padre intentó ayudarla.

Los médicos también.

Pero nada funcionaba.

Su voz permanecía tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si estuviera relatando la historia de otra persona.

—Y después empezó a culparme.

Sentí que mi pecho se apretaba.

—Lucas...

—Decía que yo había matado a Mateo.

Tragué saliva.

—Eso no es cierto.

Él sonrió sin humor.

—Ella creía que sí.

El silencio se instaló entre nosotros.

Pesado.

Doloroso.

—Cada vez que me veía recordaba lo ocurrido.

Miró la mesa.

—Al principio eran palabras.

Después comenzaron los gritos.

Y después...

Lucas se detuvo.

Por primera vez pareció incapaz de continuar.

—¿Después qué?

Sus manos se cerraron lentamente.

—Intentó hacerme daño.

Mi respiración se cortó.

—¿Qué?

Lucas desvió la mirada.

—Más de una vez.

Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.

—No.

—Sí.

—Lucas...

—Mi padre empezó a dejarme con familiares porque tenía miedo de dejarme solo con ella.

El dolor en su voz era casi imperceptible.

Pero estaba allí.

Y era devastador.

Porque, de repente, todo cobraba sentido.

La culpa.

La distancia.

El miedo.

Todo.

—¿Qué pasó después?

Lucas permaneció en silencio.

Y durante unos segundos pensé que no respondería.

Pero finalmente habló.

—La internaron.

Mi corazón se encogió.

—¿En un hospital?

Él asintió.

—Psiquiátrico.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

Pesada.

Inmensa.

Difícil.

—Mi padre y yo nos mudamos poco después.

Por mi bien.

No supe qué decir.

Porque no existían palabras suficientes para algo así.

Porque el niño que había conocido había perdido a su hermano.

Había perdido a su madre.

Había perdido su hogar.

Y después había perdido toda su vida.

Incluyéndome.

Lucas soltó una pequeña risa.

—Ahora entiendes por qué desaparecí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.