Cuando huir ya no basta

Capítulo 10- Lo que nunca te conté

Lo que nunca te conté

Después de aquella conversación, algo empezó a cambiar.

No de golpe.

No de manera dramática.

Simplemente comenzó a suceder.

Como cuando sale el sol después de varios días nublados y no te das cuenta exactamente en qué momento la luz volvió.

Lucas empezó a sonreír más.

No mucho.

Pero más.

A veces hacía comentarios sarcásticos durante las clases.

A veces se burlaba de mis apuntes exageradamente organizados.

Y una vez incluso me quitó una bolsa de galletas porque, según él:

—Nadie necesita tantas galletas para estudiar.

—Dijo el chico que acaba de comerse la mitad.

—Estoy ayudándote.

—Eres un ladrón.

—Un héroe.

Aquella fue la primera vez que me reí con él como antes.

Sin tensión.

Sin silencios incómodos.

Sin fantasmas entre nosotros.

Y fue agradable.

Demasiado agradable.

—¿En qué piensas?

La voz de Camila sonó a través del teléfono.

Estábamos haciendo una videollamada esa noche.

Como solíamos hacer desde que se había mudado.

—En nada.

—Mentira.

—¿Por qué todo el mundo dice eso?

—Porque eres pésima mintiendo.

Suspiré.

Camila me observó desde la pantalla.

Y entonces sonrió.

Esa sonrisa.

La que siempre aparecía cuando creía haber descubierto algo.

—Te gusta.

Casi dejo caer el celular.

—¿Qué?

—Te gusta.

—¿Quién?

—Mary.

—¿Qué?

—No me hagas esto.

—¿Qué cosa?

—La actuación.

—No estoy actuando.

Camila puso los ojos en blanco.

—Estás pensando en Lucas.

—Porque es mi amigo.

—Tu amigo desaparecido que reapareció misteriosamente en la universidad.

—Sí.

—Y que ocupa el noventa por ciento de tus pensamientos.

—Eso no es verdad.

—Ochenta y nueve por ciento.

—Camila.

—Ochenta y ocho.

Terminé lanzándole una almohada a la pantalla.

Ella se echó a reír.

Y, para mi desgracia, una parte de mí sabía que no estaba completamente equivocada.

Dos días después ocurrió algo inesperado.

Lucas llegó tarde a clases.

Muy tarde.

Cuando entró al aula parecía agotado.

Más de lo habitual.

Se sentó a mi lado sin decir una palabra.

Y durante toda la clase permaneció en silencio.

Cuando el profesor salió del salón aproveché para acercarme.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Lucas.

—Estoy bien.

—Llevas veinte minutos mirando la misma hoja.

Bajó la vista.

—No dormí mucho.

—Otra vez.

No respondió.

Eso ya era una respuesta.

Cuando terminó la siguiente clase lo obligué prácticamente a acompañarme a la cafetería.

—No tengo hambre.

—No te pregunté.

—Mary.

—Siéntate.

Lucas me observó.

—Eres mandona.

—Y tú insufrible.

—Eso fue grosero.

—Siéntate.

Terminó obedeciendo.

Lo cual me sorprendió tanto como a él.

Mientras esperaba nuestros cafés, lo observé desde la fila.

Parecía perdido en sus pensamientos.

Triste.

Muy triste.

Y entonces comprendí algo.

No era solo cansancio.

Había algo más.

Cuando regresé con las bebidas, decidí arriesgarme.

—¿Pasó algo?

Lucas tardó varios segundos en responder.

—Mi padre me llamó ayer.

—¿Y?

Bajó la mirada hacia el vaso.

—Quiere que vaya a verla.

Mi corazón dio un vuelco.

Porque entendí inmediatamente de quién hablaba.

Su madre.

—Ah.

Lucas soltó una risa amarga.

—Exacto.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé.

La sinceridad de su respuesta me sorprendió.

Porque Lucas siempre parecía tener una respuesta preparada para todo.

Incluso cuando no la tenía.

—Han pasado años —continuó.

—Lo sé.

—Ni siquiera sé qué le diría.

No supe qué contestar.

Porque la verdad era que yo tampoco lo sabía.

¿Cómo hablas con alguien después de tantos años?

¿Cómo hablas con alguien que te culpa por la muerte de tu hermano?

¿Cómo hablas con tu madre después de todo eso?

—Tal vez no tengas que decir nada.

Lucas levantó la vista.

—¿Qué?

—Tal vez solo tengas que escuchar.

Permaneció en silencio.

Pensativo.

Como si estuviera considerando la posibilidad por primera vez.

Esa tarde caminamos juntos hasta la salida de la universidad.

El cielo estaba cubierto de nubes grises.

Parecía que iba a llover.

Y, por alguna razón, ninguno de los dos tenía prisa por despedirse.

—Mary.

—¿Sí?

Lucas parecía nervioso.

Extrañamente nervioso.

—Hay algo que nunca te conté.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué cosa?

Desvió la mirada hacia la calle.

—El día que me fui.

Sentí que el mundo se detenía.

Porque aquella era una historia que llevaba años esperando escuchar.

—¿Qué pasó?

Lucas permaneció en silencio unos segundos.

Luego suspiró.

—Fui a buscarte.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Antes de mudarnos.

No pude moverme.

No pude respirar.

No pude pensar.

—Fui a tu casa.

Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar sus palabras.

—Lucas...

—Quería despedirme.

Las emociones comenzaron a mezclarse dentro de mí.

Confusión.

Sorpresa.

Dolor.

Esperanza.

Todo al mismo tiempo.

—Pero no estabas.

Lo observé sin comprender.

—¿Qué?

—Tu mamá me dijo que habías salido con tu abuela.

Intenté recordar.

Y entonces algo apareció en mi memoria.

Un viaje improvisado.

Una visita familiar.

Un fin de semana fuera de la ciudad.

Dios mío.

—Esperé casi una hora.

Mi garganta se cerró.

—Lucas...

—Y después tuve que irme.

Sus ojos finalmente encontraron los míos.




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