Cuando huir ya no basta

Capitulo 11- Otra despedida

Otra despedida

El lunes por la mañana llegué a la universidad más temprano de lo habitual.

Había estado lloviendo durante la madrugada y el aire todavía olía a tierra húmeda.

Mientras caminaba hacia el salón, una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

No porque estuviera especialmente feliz.

Sino porque, sin darme cuenta, me había acostumbrado a algo.

A alguien.

A Lucas.

A encontrarlo sentado junto a la ventana.

A escucharlo quejarse de las clases.

A discutir por tonterías.

A verlo sonreír de vez en cuando.

Y por primera vez en muchos años, aquello se sentía normal.

Como si una parte de mi vida hubiera vuelto a encajar en su lugar.

Entré al aula.

Y la sonrisa desapareció.

El asiento junto a la ventana estaba vacío.

Fruncí ligeramente el ceño.

No era extraño que alguien llegara tarde.

Especialmente Lucas.

Así que no le di demasiada importancia.

Me senté.

Saqué mis apuntes.

Esperé.

Cinco minutos.

Diez minutos.

Quince.

La clase comenzó.

Y Lucas nunca apareció.

Al terminar la clase le envié un mensaje.

"¿Todo bien?"

Simple.

Normal.

No quería parecer preocupada.

Porque no lo estaba.

Todavía no.

Guardé el celular y seguí con el resto del día.

Pero cuando llegué a casa aquella tarde, el mensaje seguía sin respuesta.

El martes tampoco apareció.

Y ahí fue cuando empecé a preocuparme.

Porque Lucas nunca faltaba.

Podía llegar tarde.

Podía salir antes.

Podía ignorar medio campus entero.

Pero no faltaba.

Durante el descanso revisé mi celular.

Nada.

Ni una respuesta.

Ni un mensaje.

Ni una llamada.

Nada.

Intenté convencerme de que seguramente estaba ocupado.

Que había ocurrido algo familiar.

Que simplemente necesitaba tiempo.

Pero una sensación incómoda comenzó a instalarse en mi pecho.

Una que conocía demasiado bien.

El miércoles me desperté con el presentimiento de que algo no estaba bien.

No tenía pruebas.

Ni razones.

Solo una sensación.

Y normalmente no confiaba en esas cosas.

Pero aquella vez fue diferente.

Porque ya había vivido algo parecido.

Ya había visto a Lucas desaparecer.

Una vez.

Y el recuerdo seguía doliendo.

Durante toda la mañana observé inconscientemente la puerta del salón.

Esperando verlo entrar.

Esperando escuchar su voz.

Esperando cualquier cosa.

Pero nunca apareció.

Cuando terminaron las clases decidí llamarlo.

El teléfono sonó varias veces.

Luego pasó directamente al buzón de voz.

Volví a intentarlo.

Y otra vez.

Nada.

Sentí un nudo en el estómago.

—Te estás obsesionando.

La voz de Camila sonó desde el teléfono aquella noche.

Estábamos haciendo videollamada.

Yo estaba acostada sobre mi cama.

Ella, como siempre, parecía demasiado tranquila.

—No me estoy obsesionando.

—Mary.

—¿Qué?

—Llevas diez minutos mirando el celular.

Bajé la vista.

Seguía sosteniéndolo en la mano.

—Solo estoy preocupada.

La expresión de Camila se suavizó.

—Lo sé.

Suspiré.

—No responde mis mensajes.

—Tal vez necesita espacio.

—Tal vez.

—O tal vez está pasando por algo difícil.

Guardé silencio.

Porque sabía que era posible.

Especialmente después de todo lo que me había contado sobre su familia.

—Pero no puedo evitar preocuparme.

Camila me observó durante unos segundos.

Y luego sonrió ligeramente.

—Te importa mucho.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Es mi amigo.

—Claro.

—Camila.

—Solo digo que te importa mucho.

No respondí.

Porque no quería pensar en eso.

No todavía.

El jueves fue peor.

Mucho peor.

Porque ya no estaba intentando convencerme de que Lucas aparecería.

Ahora solo esperaba noticias.

Cualquier noticia.

Una explicación.

Una palabra.

Lo que fuera.

Pero el silencio continuaba.

Y cuanto más tiempo pasaba, más recuerdos regresaban.

El día que desapareció.

Los meses sin saber nada.

Los años preguntándome dónde estaba.

La sensación de abandono.

La sensación de pérdida.

Todo volvió.

Como una herida que jamás terminó de sanar.

Cuando llegó el viernes me sentía agotada.

No físicamente.

Emocionalmente.

Entré al salón.

Miré el asiento junto a la ventana.

Vacío.

Otra vez.

Y por primera vez durante aquella semana sentí algo parecido al enfado.

Porque si estaba bien, podría haber avisado.

Un mensaje.

Una llamada.

Cualquier cosa.

No era tan difícil.

¿Verdad?

Intenté concentrarme en la clase.

No funcionó.

Intenté tomar apuntes.

Tampoco funcionó.

Cuando terminó la sesión recogí mis cosas rápidamente.

Y fue entonces cuando alguien habló detrás de mí.

—Creo que jamás había visto a alguien tan concentrado en una silla vacía.

Me giré confundida.

Un chico estaba apoyado contra una mesa cercana.

Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado y una sonrisa divertida.

—¿Perdón?

—La silla.

Señaló el asiento vacío de Lucas.

—Llevas toda la clase mirándola.

Sentí cómo mis mejillas se calentaban.

—No estaba haciendo eso.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Lo observé durante unos segundos.

Y entonces, para mi desgracia, me reí.

Una pequeña risa.

Pero una risa al fin y al cabo.

El chico sonrió satisfecho.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Pensé que habías olvidado cómo hacerlo.

—¿Hacer qué?

—Sonreír.

Puse los ojos en blanco.




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