El lunes llegué a la universidad con la misma sensación que me había acompañado durante toda la semana anterior.
Esperanza.
Y miedo.
Esperanza de que Lucas finalmente apareciera.
Miedo de que no lo hiciera.
Mientras caminaba hacia el salón, mi mano sujetaba el celular con fuerza.
Por si acaso.
Como si una llamada pudiera llegar en cualquier momento.
Como si una explicación pudiera borrar siete días de silencio.
Entré al aula.
Y lo primero que hice fue mirar hacia la ventana.
El asiento seguía vacío.
Mi corazón se hundió un poco más.
Las clases comenzaron.
Yo intenté prestar atención.
Intenté tomar apuntes.
Intenté actuar como una persona normal.
Pero mi mente estaba en otra parte.
Tanto que no me di cuenta de que alguien se sentó a mi lado hasta que escuché una voz.
—Creo que vas a agujerear esa silla de tanto mirarla.
Giré la cabeza.
Adrián.
Otra vez.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que parecía permanente.
—Hola.
—Hola.
—Malas noticias.
—¿Qué pasó?
—Tu cara triste sigue aquí.
Puse los ojos en blanco.
—Buenos días para ti también.
—Gracias.
Sonrió.
Y, para mi desgracia, terminé sonriendo también.
Con el paso de los días empecé a encontrarme con Adrián cada vez más seguido.
Al principio pensé que era coincidencia.
Después dejé de estar tan segura.
Aparecía en la cafetería.
En la biblioteca.
En los pasillos.
Incluso en la parada del autobús.
—¿Me estás siguiendo?
Le pregunté un miércoles.
—Tal vez.
—Eso es inquietante.
—Prefiero "encantador".
—No funciona así.
—Estoy bastante seguro de que sí.
Solté una carcajada.
Y él levantó ambos brazos como si acabara de ganar una discusión.
—¡Lo sabía!
—¿Qué cosa?
—Que puedo hacerte reír.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Negué con la cabeza.
Pero algo dentro de mí se sentía más ligero.
Y eso me hacía sentir culpable.
Porque mientras yo reía...
Lucas seguía desaparecido.
Aquella tarde decidí llamarlo una vez más.
Solo una.
La última.
El teléfono sonó.
Y sonó.
Y sonó.
Hasta que la llamada terminó.
Sin respuesta.
Otra vez.
Sentí un nudo en el pecho.
Porque ya no sabía qué pensar.
Ni qué sentir.
Ni qué hacer.
—¿Mal día?
Levanté la vista.
Adrián estaba parado frente a mí con dos cafés en la mano.
—¿Siempre apareces de la nada?
—Es uno de mis talentos.
Me entregó uno de los vasos.
—No puedo aceptarlo.
—Ya lo aceptaste.
Miré el café.
Luego a él.
Luego al café otra vez.
—Eres imposible.
—Me lo dicen mucho.
Terminamos sentándonos bajo un árbol cerca de la facultad.
Hablamos de profesores.
De exámenes.
De series.
De cualquier cosa.
Y por primera vez en mucho tiempo logré pasar una tarde sin revisar el celular cada cinco minutos.
El viernes por la mañana ocurrió algo extraño.
Estaba entrando al edificio principal cuando vi a dos chicas hablando cerca de las escaleras.
No les presté atención.
Hasta que escuché un nombre.
Lucas.
Mi corazón se aceleró de inmediato.
—... dicen que regresará la próxima semana.
—¿En serio?
—Eso escuché.
Me detuve.
Sin querer.
Sin pensar.
Las chicas siguieron caminando sin darse cuenta de que las había escuchado.
Regresará.
La próxima semana.
Aquellas palabras permanecieron en mi cabeza durante todo el día.
Porque significaban dos cosas.
La primera:
Lucas estaba vivo.
La segunda:
Lucas había decidido desaparecer sin decirme nada.
Y por alguna razón, esa última parte dolía más de lo que esperaba.
Esa tarde Adrián me encontró en la biblioteca.
—Tengo una teoría.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Se sentó frente a mí.
—Creo que eres incapaz de pedir ayuda.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Siempre escuchas a todo el mundo.
Pero nunca cuentas lo que te pasa.
—Eso no es cierto.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Lo observé.
Y entonces sonrió.
Esa sonrisa despreocupada que parecía tener para todo.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Cambias de tema.
Suspiré.
Porque tenía razón.
Y odiaba cuando tenía razón.
—Solo estoy preocupada por alguien.
La expresión de Adrián se suavizó.
—Lo imaginé.
—¿Tan evidente es?
—Un poco.
Miré mis apuntes.
—Es un amigo.
—Uno importante.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación.
Y no me molesté en negarlo.
Porque sería inútil.
Cuando llegué a casa esa noche encontré un mensaje.
Solo uno.
De un número que conocía de memoria.
Mi respiración se detuvo.
Lucas.
Abrí la conversación de inmediato.
El mensaje había sido enviado hacía apenas unos minutos.
"Lo siento."
Nada más.
Solo eso.
Dos palabras.
Dos simples palabras después de una semana entera de silencio.
Las releí una vez.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía pensar.
Porque estaba enfadada.
Porque estaba aliviada.
Porque quería gritarle.
Porque quería abrazarlo.
Porque no sabía qué sentir.
Mis dedos se movieron sobre la pantalla.
"¿Dónde estás?"
Lo envié.
La respuesta llegó varios minutos después.
Y cuando apareció, sentí un escalofrío.
"No estoy listo para hablar de ello."
Me quedé mirando la pantalla.
Sin entender.
Sin saber qué había ocurrido.
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Editado: 10.07.2026