Una noche diferente
La semana siguiente comenzó exactamente igual que la anterior.
Sin Lucas.
Aunque me había escrito.
Aunque sabía que estaba vivo.
Aunque me había respondido.
No era lo mismo.
Porque sus mensajes eran cortos.
Distantes.
Como si cada palabra le costara demasiado esfuerzo.
Como si estuviera hablando conmigo por obligación.
Y cuanto más intentaba acercarme, más parecía alejarse.
No entendía qué había pasado.
Ni qué había cambiado.
Solo sabía que el Lucas que había empezado a recuperar estaba desapareciendo otra vez.
Y esta vez me dolía mucho más.
—Voy a asumir que esa cara significa que sigues preocupada.
Levanté la vista.
Adrián acababa de sentarse frente a mí en la cafetería.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Como si llevara años haciéndolo.
—¿Siempre apareces cuando estoy pensando?
—Sí.
—Eso es inquietante.
—Prefiero "oportuno".
—No funciona así.
—Claro que funciona.
Dejó un vaso de café frente a mí.
Otra vez.
Suspiré.
—Algún día voy a dejar de aceptarlos.
—No lo harás.
—¿Tan seguro estás?
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián sonrió.
—Porque ya me conoces demasiado.
Odiaba admitirlo.
Pero tenía razón.
Los días fueron pasando.
Y, poco a poco, empecé a acostumbrarme a su compañía.
Era imposible no hacerlo.
Adrián estaba en todas partes.
En la cafetería.
En la biblioteca.
En los pasillos.
En los descansos.
Y, de alguna forma, siempre encontraba una excusa para quedarse hablando conmigo.
—Tengo una teoría.
—Otra vez no.
—Escúchame.
—No.
—Mary.
—Adrián.
—Son cinco segundos.
Suspiré.
—Habla.
Sonrió victorioso.
—Creo que eres incapaz de divertirte.
Lo miré fijamente.
—¿Perdón?
—Lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Que te ofenderías.
—Porque acabas de insultarme.
—No fue un insulto.
—Claro que sí.
—Fue una observación científica.
—Voy a golpearte con este libro.
—Violencia. Qué triste.
No pude evitar reír.
Y él sonrió como si acabara de ganar una competencia.
Dos días después apareció junto a mi mesa en la biblioteca.
—Necesito que hagas algo por mí.
—No.
—Ni siquiera he preguntado.
—No importa.
—Mary.
—No.
—Hay una fiesta este sábado.
Levanté la vista lentamente.
—Definitivamente no.
—Vamos.
—No.
—Será divertido.
—No.
—Habrá comida.
—No.
—Música.
—No.
—Gente.
—Precisamente por eso no.
Adrián se dejó caer en la silla frente a mí.
—Eres imposible.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igual.
Durante varios minutos intentó convencerme.
Sin éxito.
O al menos eso pensé.
Hasta que esa misma noche llamé a Camila.
Grave error.
—Tienes que ir.
—No.
—Sí.
—No me gustan las fiestas.
—Precisamente por eso.
—Esa lógica sigue sin tener sentido.
—Claro que lo tiene.
Me dejé caer sobre la cama.
—No quiero ir.
—Mary.
—¿Qué?
—Llevas semanas preocupada.
Necesitas distraerte.
Guardé silencio.
Porque una parte de mí sabía que tenía razón.
—Además.
—¿Qué?
—Adrián parece agradable.
—Es agradable.
—Entonces ve.
—No significa que quiera ir a una fiesta.
—Vas a ir.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Suspiré.
Porque ya conocía ese tono.
Había perdido la discusión.
El sábado por la noche me encontré frente al espejo cuestionando todas mis decisiones.
¿Por qué había aceptado?
¿Por qué estaba haciendo esto?
¿Por qué había escuchado a Camila?
Cuando llegué al lugar, las dudas empeoraron.
Había estudiantes por todas partes.
Música.
Luces.
Risas.
Demasiada gente.
Definitivamente demasiada gente.
—¡Mary!
Giré la cabeza.
Adrián apareció entre la multitud.
Sonriendo.
Como siempre.
Parecía completamente en su elemento.
Saludó a tres personas mientras caminaba hacia mí.
Luego a otras dos.
Y a una más.
—Dios mío.
—¿Qué?
—¿Conoces a toda la universidad?
—Solo a la mitad.
—Qué horror.
—Gracias.
—Era un insulto.
—Lo sé.
La fiesta resultó menos terrible de lo esperado.
Principalmente porque Adrián no me dejó sola.
Aunque constantemente aparecía alguien para hablar con él.
Una chica.
Luego otra.
Después otra más.
Todas parecían conocerlo.
Y muchas parecían interesadas en él.
Lo extraño era que él siempre terminaba regresando.
Siempre.
—¿Por qué vuelves?
Le pregunté después de un rato.
—¿Qué?
—Tus amigos te están llamando.
—Sí.
—Entonces ve.
—Estoy bien aquí.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Por alguna razón.
Y no entendí por qué.
Conforme avanzó la noche terminé aceptando algunas bebidas.
Luego otra.
Y otra más.
No estaba completamente borracha.
Pero sí mucho más relajada de lo habitual.
Muchísimo más.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que eres menos insoportable de lo que pensé.
Adrián abrió los ojos exageradamente.
—Eso ha sido precioso.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Solté una carcajada.
Y por un instante me sentí bien.
Realmente bien.
Sin preocupaciones.
Sin recuerdos.
Sin pensar demasiado.
Solo disfrutando el momento.
Algo que hacía mucho tiempo no lograba hacer.
Cerca de la medianoche salimos al jardín para alejarnos un poco del ruido.
El aire fresco se sintió como una bendición.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026