Pasé casi toda la noche mirando la conversación.
No porque no supiera qué responder.
Sino porque sabía exactamente lo que significaba responder.
Hasta ese momento, Adrián y yo éramos amigos.
Buenos amigos.
Nada más.
Pero aquella invitación cambiaba las cosas.
Porque ya no era simplemente ir por un café después de clases.
Ni estudiar juntos en la biblioteca.
Ni encontrarnos por casualidad en los pasillos.
Era una cita.
Aunque ninguno hubiera utilizado esa palabra.
Y eso hacía que todo fuera mucho más complicado.
A la mañana siguiente seguía sin responder.
Mi celular descansaba sobre el escritorio mientras intentaba estudiar.
Intentaba.
Porque claramente no estaba funcionando.
—Mary.
Levanté la vista.
Mi abuela me observaba desde la puerta de la habitación.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Entrecerró los ojos.
—Mentirosa.
Sonreí.
—¿Tan evidente es?
—Llevas diez minutos mirando el mismo párrafo.
Suspiré.
Tal vez sí era evidente.
Terminé respondiendo ese mismo mediodía.
Después de darle demasiadas vueltas.
Después de escribir y borrar el mensaje varias veces.
Después de preguntarme si estaba haciendo lo correcto.
Mary: "Sí. Me gustaría."
La respuesta llegó tan rápido que me hizo reír.
Como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano.
Adrián: "¿En serio?"
Mary: "Sí."
Adrián: "Voy a fingir que respondí de forma tranquila y madura."
No pude evitar sonreír.
Mary: "Lo estás haciendo fatal."
Adrián: "Lo sé."
Cuando llegué a la universidad el lunes siguiente, Adrián estaba apoyado contra una pared cerca del edificio principal.
Esperándome.
Y sonreía como si acabara de ganar la lotería.
—Buenos días.
—Estás demasiado feliz.
—Es un buen día.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Mentiroso.
—Tal vez.
Sacudí la cabeza.
Pero terminé sonriendo igual.
Sin embargo, aquella sensación agradable desapareció apenas entré al salón.
Porque Lucas ya estaba allí.
Sentado junto a la ventana.
Como siempre.
Y por primera vez en varios días levantó la vista apenas me vio entrar.
Nuestros ojos se encontraron.
Solo un segundo.
Pero algo fue diferente.
Porque no apartó la mirada de inmediato.
Y porque por primera vez desde que había regresado parecía querer decir algo.
Sin embargo, no lo hizo.
Simplemente volvió a mirar sus apuntes.
Y aquella extraña sensación regresó.
Las clases pasaron lentamente.
Y cuando terminaron, Lucas guardó sus cosas con rapidez.
Como si quisiera escapar antes de que pudiera hablar con él.
—Lucas.
Se detuvo.
Solo un instante.
—¿Sí?
—¿Vas a la biblioteca?
—No.
—Ah.
Silencio.
—Tengo que irme.
Asentí.
Y lo vi alejarse.
Otra vez.
Cada vez era más difícil alcanzarlo.
Dos días después ocurrió algo inesperado.
Estaba saliendo de una clase cuando escuché mi nombre.
—Mary.
Me giré.
Lucas estaba detrás de mí.
Por un segundo pensé que había escuchado mal.
Porque últimamente era yo quien siempre iniciaba las conversaciones.
No él.
—Hola.
Lucas parecía incómodo.
Extrañamente incómodo.
—¿Tienes planes para el sábado?
Parpadeé.
—¿El sábado?
—Sí.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Porque era una pregunta extraña.
Muy extraña.
Lucas nunca preguntaba cosas así.
—Bueno...
Dudé.
—Voy a salir con Adrián.
La reacción fue mínima.
Tan mínima que cualquiera podría haberla pasado por alto.
Pero yo no.
Porque vi cómo se tensaba ligeramente su mandíbula.
Porque vi cómo apartaba la mirada durante una fracción de segundo.
Porque lo conocía.
Y sabía que algo había cambiado.
—Ah.
Otra vez esa palabra.
Ah.
—Sí.
Silencio.
—Espero que te diviertas.
Sonrió.
Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.
Y por alguna razón eso me hizo sentir mal.
Muy mal.
Aquella noche me encontré pensando demasiado.
Otra vez.
Porque la conversación había sido extraña.
Porque Lucas había preguntado por mis planes.
Porque parecía decepcionado.
Porque no entendía por qué.
Y porque, cuanto más lo pensaba, menos sentido tenía.
—Estás pensando demasiado.
Levanté la vista.
Mi madre me observaba desde el sofá.
—¿Ahora tú también?
—¿También?
—Nada.
Ella sonrió.
—¿Tiene nombre?
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué?
—El chico.
—¿Qué chico?
—Exactamente.
Gemí.
Y escondí el rostro entre las manos.
Porque claramente mi familia disfrutaba demasiado molestándome.
El sábado llegó más rápido de lo esperado.
Y mientras me observaba frente al espejo, intentaba convencerme de que estaba tranquila.
No funcionó.
Porque no era una salida cualquiera.
Porque Adrián era importante para mí.
Y porque una parte de mí seguía pensando en aquella expresión que había visto en el rostro de Lucas.
La expresión que apareció cuando le hablé de Adrián.
Una expresión que no lograba sacar de mi cabeza.
Y que, por alguna razón, me hacía sentir más nerviosa que la cita misma.
Sin embargo, todavía no sabía que aquel sábado iba a cambiar mucho más que mi relación con Adrián.
Porque, mientras yo intentaba decidir qué ropa ponerme, Lucas estaba tomando una decisión completamente distinta.
Una decisión que llevaba semanas evitando.
Y que podría cambiarlo todo.
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Editado: 10.07.2026