Cuando huir ya no basta

Capítulo 17- Lo que no se dijo

Lo que no se dijo

El sábado llegó demasiado rápido.

O tal vez fui yo quien pasó toda la semana pensando demasiado.

Probablemente era eso.

Porque desde que Adrián me había invitado a salir, cada persona a mi alrededor parecía haber desarrollado una extraña obsesión con recordármelo.

Mi madre.

Mi abuela.

Incluso Camila.

Especialmente Camila.

—Quiero fotos.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Camila, es solo una salida.

—Ajá.

—¿Qué significa ese "ajá"?

—Que tú puedes llamarlo como quieras.

Pero sigue siendo una cita.

Gemí y dejé caer la cabeza sobre la almohada.

Al otro lado de la pantalla, Camila parecía divertirse demasiado.

—No entiendo por qué estás tan nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Mary.

—¿Qué?

—Te conozco desde que teníamos ocho años.

Suspiré.

Porque eso era exactamente el problema.

Me conocía demasiado bien.

A las cinco de la tarde seguía cambiándome de ropa.

Mi abuela me observaba desde la puerta.

—Te ves bien con cualquiera.

—Abuela.

—Es verdad.

—No me ayudas.

—No intento ayudarte.

Sonrió.

Y desapareció por el pasillo antes de que pudiera responder.

Traidora.

Finalmente elegí algo sencillo.

Nada demasiado elegante.

Nada demasiado informal.

Y cuando escuché el mensaje de mi celular sentí cómo mi estómago se contraía.

Adrián: "Estoy afuera."

Respiré profundamente.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y bajé las escaleras.

Adrián estaba apoyado contra su automóvil.

Cuando me vio, sonrió.

Y por alguna razón eso me puso todavía más nerviosa.

—Hola.

—Hola.

—Te ves muy bonita.

Mi cerebro dejó de funcionar unos segundos.

—Gracias.

—De nada.

Silencio.

—Esto es incómodo.

Adrián soltó una carcajada.

—Un poco.

Y, sorprendentemente, eso ayudó.

Porque volvía a sentirse como él.

Como el Adrián que conocía.

No como alguien completamente diferente.

La primera parte de la salida fue sencilla.

Fuimos a cenar.

Hablamos.

Reímos.

Discutimos sobre películas.

Sobre profesores.

Sobre música.

Sobre cualquier cosa.

Y poco a poco los nervios desaparecieron.

Porque estar con Adrián siempre era fácil.

Demasiado fácil.

Era como respirar.

Natural.

Cómodo.

Sin esfuerzo.

Y entendía perfectamente por qué tantas personas querían estar cerca de él.

Después de cenar caminamos por una plaza cercana.

La noche era agradable.

No hacía frío.

Y las calles estaban llenas de gente.

—¿Sabes?

Dijo Adrián.

—¿Qué?

—Cuando te conocí pensé que no me soportabas.

Me reí.

—Porque eras insoportable.

—Era encantador.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Definitivamente no.

Adrián negó con la cabeza.

—Qué injusta eres.

—Lo sé.

Y volvimos a reír.

Sin embargo, conforme avanzaba la conversación, algo cambió.

Se volvió más tranquila.

Más seria.

Y por primera vez desde que nos conocíamos, Adrián pareció nervioso.

Realmente nervioso.

—Mary.

—¿Sí?

Se quedó observando el suelo unos segundos.

Como si estuviera buscando las palabras correctas.

—Hay algo que quiero decirte.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

Porque sabía exactamente hacia dónde iba aquella conversación.

Y porque no estaba segura de estar preparada.

—Te escucho.

Adrián levantó la vista.

Y por primera vez desde que lo conocía, no estaba sonriendo.

—Me gustas.

Así.

Directamente.

Sin rodeos.

Sin bromas.

Sin esconderse detrás de una sonrisa.

Mi respiración se detuvo.

Porque aunque lo sospechaba...

Escucharlo era diferente.

Mucho más diferente de lo que imaginaba.

—Adrián...

—No tienes que decir nada ahora.

Su voz fue suave.

Tranquila.

—No te estoy pidiendo una respuesta inmediata.

Solo quería que lo supieras.

Lo observé en silencio.

Y eso solo hizo que me sintiera peor.

Porque Adrián era increíble.

Amable.

Divertido.

Paciente.

Y se merecía una respuesta.

Una clara.

Pero yo no tenía una.

No todavía.

—Lo siento.

Fue lo único que logré decir.

Adrián sonrió ligeramente.

Una sonrisa pequeña.

Triste.

Pero sincera.

—No te disculpes.

—No quiero lastimarte.

—Lo sé.

Guardó las manos en los bolsillos.

—Y por eso me gustas.

Aquella respuesta hizo que mi corazón se encogiera.

Porque era injusto.

Porque él estaba haciendo todo bien.

Y aun así yo seguía sintiéndome confundida.

El camino de regreso fue tranquilo.

No incómodo.

Simplemente tranquilo.

Como si ambos estuviéramos procesando la conversación.

Cuando llegamos a mi casa, Adrián apagó el motor.

—Gracias por venir.

—Gracias por invitarme.

Sonrió.

Esta vez de verdad.

—No me arrepiento.

Y antes de que pudiera responder, añadió:

—Aunque creo que ya sé cuál es el problema.

Fruncí el ceño.

—¿Qué problema?

Adrián me observó unos segundos.

Y luego negó con la cabeza.

—Nada.

Pero la forma en que lo dijo me dejó claro que sí era algo.

Y que probablemente tenía un nombre.

Subí a mi habitación con la cabeza hecha un desastre.

Dejé el bolso sobre la silla.

Me senté en la cama.

Y suspiré.

Porque no sabía qué sentir.

No sabía qué pensar.

No sabía qué hacer.

Mi celular vibró.

Miré la pantalla.

Y mi corazón dio un vuelco.

Lucas.

Abrí el mensaje inmediatamente.

Solo había una línea.




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