Cuando huir ya no basta

Capitulo 20- El lugar correcto

El lugar correcto

El sábado llegó antes de lo que esperaba.

Y, para mi sorpresa, estaba emocionada.

Realmente emocionada.

No nerviosa.

No preocupada.

No confundida.

Simplemente emocionada.

Lo cual era extraño.

Porque normalmente cualquier plan que implicara salir de casa y convivir con muchas personas me producía exactamente el efecto contrario.

Pero esta vez era diferente.

Tal vez porque iba con Adrián.

—Sonríes demasiado.

Mi abuela me observaba desde el sofá mientras terminaba de arreglarme.

—No es verdad.

—Claro que sí.

—Abuela.

—¿Qué?

—No empieces.

Ella levantó las manos.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Aquella sonrisa sabía demasiado.

Y eso me preocupaba.

Cuando salí de casa, Adrián ya estaba esperando.

Llevaba una camiseta oscura y una chaqueta ligera.

Nada especial.

Y aun así parecía una de esas personas que se veían bien sin importar qué se pusieran.

Era injusto.

Muy injusto.

—Hola.

Sonrió.

—Hola.

Durante un segundo me observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Adrián.

—Te ves bonita.

Mi cerebro tardó varios segundos en procesar la frase.

—Gracias.

—De nada.

Y ahí estaban otra vez los nervios.

Perfecto.

La feria estaba más llena de lo que imaginaba.

Había puestos de comida por todas partes.

Música.

Familias.

Estudiantes.

Niños corriendo.

Demasiada gente.

Definitivamente demasiada gente.

—Estás pensando en escapar.

Miré a Adrián.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tienes la misma cara que pusiste el primer día de universidad.

—No tenía ninguna cara.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Suspiré.

—Te odio.

—No es verdad.

Y lo peor era que tampoco estaba equivocado.

Después de una hora caminando entre puestos de comida, terminé descubriendo algo importante.

Adrián tenía un talento especial para convencerme de hacer cosas que normalmente jamás haría.

Como probar comidas extrañas.

O hablar con desconocidos.

O participar en juegos ridículos.

—No pienso hacer eso.

—Sí lo harás.

—No.

—Ya pagué.

Abrí mucho los ojos.

—¿Qué?

—Demasiado tarde.

—¡Adrián!

Cinco minutos después estaba participando en una competencia absurda de lanzamiento de aros.

Y perdiendo miserablemente.

—Eres terrible.

Comentó él.

—No vuelvo a confiar en ti.

—Eso también es mentira.

—Lo es.

Porque sabía que volvería a hacerlo.

Y ambos lo sabíamos.

Horas después terminamos sentados en una pequeña plaza cercana.

Comiendo helado.

Porque aparentemente ninguna salida con Adrián estaba completa sin comida.

—Creo que voy a arruinar mi presupuesto mensual por tu culpa.

Comenté.

—Vale la pena.

—No.

—Sí.

—Definitivamente no.

—Mary.

—¿Qué?

—Sonríes demasiado cuando estás conmigo para quejarte tanto.

Sentí que el corazón daba un pequeño salto.

Y odié que lo hubiera notado.

Porque últimamente parecía notar demasiadas cosas.

Por primera vez en mucho tiempo me sentía tranquila.

Sin pensar en tareas.

Sin pensar en exámenes.

Sin pensar en problemas.

Solo disfrutando el momento.

Y fue precisamente entonces cuando mi celular vibró.

Una vez.

Luego otra.

Miré la pantalla.

Y la sonrisa desapareció.

Lucas.

Lucas: "¿Estás ocupada?"

Fruncí el ceño.

Porque Lucas rara vez escribía primero.

Y mucho menos un sábado.

Mary: "Un poco. ¿Qué ocurre?"

Pasaron varios minutos.

Ninguna respuesta.

Guardé el teléfono.

Intentando ignorar aquella sensación incómoda.

Pero no funcionó.

Porque algo no estaba bien.

Lo sabía.

—¿Todo bien?

Preguntó Adrián.

Asentí automáticamente.

—Sí.

Mentira.

Terrible mentira.

Y por la expresión de Adrián, supo inmediatamente que estaba mintiendo.

Pero no insistió.

Simplemente continuó hablando.

Como si me estuviera dando espacio.

Y agradecí que lo hiciera.

Una hora después me despedí de él.

Había sido uno de los mejores días que recordaba desde que comenzó la universidad.

Y mientras caminaba hacia casa me di cuenta de algo.

Había pasado casi toda la tarde sonriendo.

Gracias a Adrián.

La idea me hizo sonreír otra vez.

Hasta que revisé el celular.

Y vi un nuevo mensaje.

Esta vez mi corazón se detuvo.

Lucas: "Lo siento."

Fruncí el ceño.

Mary: "¿Por qué?"

La respuesta tardó varios minutos.

Demasiados.

Y cuando llegó, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Lucas: "Olvídalo."

Me detuve en medio de la calle.

Porque conocía a Lucas.

Y sabía exactamente lo que significaba aquel mensaje.

Significaba que algo estaba mal.

Muy mal.

Esa noche intenté llamarlo.

No respondió.

Volví a intentarlo.

Nada.

Una tercera vez.

Nada.

Mi preocupación crecía con cada minuto.

Porque Lucas nunca ignoraba mis llamadas.

Nunca.

Finalmente, cerca de medianoche, llegó un mensaje.

Uno solo.

Lucas: "Estoy bien."

Sentí ganas de lanzar el teléfono por la ventana.

Porque claramente no estaba bien.

Y porque empezaba a odiar esas dos palabras.

Sin embargo, lo que yo no sabía era que Lucas estaba sentado completamente solo en una parada de autobús al otro lado de la ciudad.

Con los ojos rojos.

El teléfono entre las manos.

Y una carta arrugada dentro del bolsillo de su chaqueta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.