Cuando huir ya no basta

Capítulo 21- La carta

La carta

El domingo por la mañana desperté con una sensación extraña.

Una de esas sensaciones que no sabes explicar.

Como si algo estuviera mal.

Como si hubieras olvidado algo importante.

Permanecí varios segundos mirando el techo.

Hasta que lo recordé.

Lucas.

Tomé el celular inmediatamente.

Ningún mensaje nuevo.

Suspiré.

Porque aquella conversación de la noche anterior seguía dándome vueltas en la cabeza.

"Lo siento."

"Olvídalo."

"Estoy bien."

Tres mentiras disfrazadas de mensajes.

Y yo las conocía demasiado bien.

Intenté distraerme durante toda la mañana.

No funcionó.

Ni ayudando a mi madre.

Ni estudiando.

Ni viendo alguna serie.

Mi mente regresaba constantemente al mismo lugar.

A Lucas.

A aquella sensación de que algo había ocurrido.

Algo importante.

Algo malo.

Finalmente, cerca del mediodía, decidí escribirle.

Mary: "¿Quieres hablar?"

Pasaron diez minutos.

Luego veinte.

Treinta.

Ninguna respuesta.

Mi preocupación aumentó.

Porque Lucas podía ser reservado.

Podía ser distante.

Pero normalmente respondía.

Tarde.

Pero respondía.

A las tres de la tarde mi celular vibró.

Abrí el mensaje inmediatamente.

Lucas: "Estoy ocupado."

Eso era todo.

Nada más.

Ni una explicación.

Ni un saludo.

Nada.

Y por alguna razón eso me enfadó.

Muchísimo.

Porque estaba preocupada.

Porque llevaba días preocupada.

Porque él seguía alejándome cada vez que algo iba mal.

Y comenzaba a cansarme.

Sin pensarlo demasiado, respondí.

Mary: "Perfecto."

Y guardé el teléfono.

Molesta.

Muy molesta.

Sin embargo, el enfado duró exactamente una hora.

Porque después llegó la culpa.

Y luego la preocupación.

Otra vez.

Era un ciclo agotador.

El lunes encontré a Lucas sentado en su lugar habitual.

Junto a la ventana.

La capucha puesta.

La mirada perdida.

Y apenas necesité unos segundos para darme cuenta de que no había dormido.

Las ojeras eran evidentes.

Su rostro estaba más pálido de lo normal.

Y parecía completamente agotado.

—Hola.

Levantó la vista.

—Hola.

Nada más.

Ni una sonrisa.

Ni una broma.

Ni siquiera un intento.

Aquello me preocupó más de lo que quería admitir.

Durante la primera clase apenas prestó atención.

Y eso sí era extraño.

Porque Lucas siempre prestaba atención.

Siempre.

Era una de las pocas cosas constantes en su vida.

Cuando el profesor pidió un ejercicio grupal, Lucas ni siquiera reaccionó.

Solo siguió mirando la hoja frente a él.

Como si estuviera en otro lugar.

Al terminar la clase, lo seguí hasta el pasillo.

—Lucas.

Se detuvo.

Pero no se giró inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Pregunté.

Silencio.

—Nada.

—No te creo.

Otro silencio.

—Mary...

—No.

Esta vez negué con la cabeza.

—No puedes seguir haciendo esto.

Finalmente se giró.

Y por primera vez en mucho tiempo vi algo parecido al cansancio absoluto en sus ojos.

—¿Hacer qué?

—Alejar a todo el mundo.

Aquello pareció golpearlo.

Porque apartó la mirada inmediatamente.

—No estoy alejando a nadie.

—Claro que sí.

—Estoy bien.

—Mentira.

Silencio.

Otra vez.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Lucas se rió.

Pero no fue una risa divertida.

Ni feliz.

Fue una risa rota.

Cansada.

—¿Por qué sigues preocupándote tanto?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—¿Qué?

—Podrías dejar de hacerlo.

Fruncí el ceño.

—¿Dejar de qué?

—De intentar ayudarme.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.

Mucho más.

—Porque eres mi amigo.

Respondí.

La expresión de Lucas cambió.

Y durante un segundo pareció querer decir algo.

Algo importante.

Pero terminó negando con la cabeza.

—Ese es el problema.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

Por supuesto.

Nada.

Siempre nada.

Aquella tarde pensé durante horas en sus palabras.

Y cuanto más lo hacía, menos las entendía.

Porque había sonado triste.

Como si ser mi amigo le doliera.

Y no entendía por qué.

Dos días después finalmente obtuve una respuesta.

Aunque no de la forma que esperaba.

Salía de la biblioteca cuando escuché una voz familiar.

Lucas.

Estaba hablando con alguien por teléfono.

Y aunque no pretendía escuchar, una frase llegó claramente hasta mí.

—No voy a leerla otra vez.

Me quedé quieta.

—Ya la leí.

Y no cambia nada.

Silencio.

—No.

No quiero verla.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

Porque inmediatamente pensé en su madre.

Y por el tono de su voz, estaba segura de que tenía razón.

—Papá.

Continuó.

—Por favor.

No me obligues.

Aquellas palabras sonaron tan desesperadas que sentí un nudo en el estómago.

Luego colgó.

Y cuando se giró, me vio.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Porque ambos sabíamos que había escuchado.

—Lucas...

Él cerró los ojos.

Como si estuviera demasiado cansado para seguir ocultándolo.

—¿Qué es esa carta?

Durante varios segundos pensé que no respondería.

Pero finalmente habló.

Muy despacio.

—Mi madre me escribió.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Porque, de todas las respuestas posibles, aquella era la que más temía.

—¿Y qué decía?

Lucas soltó una pequeña risa.




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