No supe qué decir.
Simplemente me quedé allí.
Mirándolo.
Porque había algo devastador en la forma en que había pronunciado aquellas palabras.
No sonaban como un recuerdo.
No sonaban como un accidente ocurrido años atrás.
Sonaban como una condena.
Como si siguiera viviendo aquel día una y otra vez.
Como si nunca hubiera logrado salir de él.
—Lucas...
Su mirada se dirigió hacia una ventana cercana.
Evitándome.
Como siempre.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si sintieras lástima.
Aquello me hizo fruncir el ceño.
—No siento lástima.
—Entonces no sé qué es.
—Estoy preocupada.
Una pequeña sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Eso es peor.
Durante unos segundos ninguno habló.
El ruido de los estudiantes pasando por el pasillo parecía muy lejano.
Como si estuviéramos dentro de una burbuja.
Aislados del resto del mundo.
—Fue un accidente.
Dije finalmente.
Lucas soltó una risa sin humor.
—Todo el mundo dice eso.
—Porque es verdad.
—No cambia nada.
—Claro que lo cambia.
—No.
Por primera vez levantó la voz.
Apenas un poco.
Pero lo suficiente para que me sorprendiera.
—Mi hermano sigue muerto.
El silencio que siguió fue insoportable.
Porque no tenía una respuesta para eso.
Porque tenía razón.
Nada podía cambiar lo que había ocurrido.
Lucas apoyó ambas manos sobre la baranda del pasillo.
Y durante un momento pareció mucho más cansado que un chico de veinte años.
—¿Sabes qué es lo peor?
Preguntó.
No esperó una respuesta.
—Que ni siquiera recuerdo exactamente cómo pasó.
Lo observé en silencio.
—Era un niño.
Continuó.
—Yo también era un niño.
—Lucas...
—Recuerdo que encontré el frasco.
Recuerdo que pensé que era otra cosa.
Recuerdo que él estaba conmigo.
Y después...
Su voz se quebró.
Apenas un instante.
Pero lo hizo.
—Después todo se volvió un desastre.
Mi pecho se contrajo.
Porque por primera vez no estaba escuchando una historia.
Estaba escuchando a Lucas.
De verdad.
—Mi madre nunca volvió a verme igual.
Dijo después de unos segundos.
—Y creo que la entiendo.
—No.
Su respuesta fue inmediata.
Sorprendentemente firme.
Lucas me miró.
Confundido.
—No puedes entenderla.
—Mary...
—No.
Negué con la cabeza.
—Perdió a un hijo.
Sí.
Pero eso no le daba derecho a hacerte responsable de algo que ocurrió cuando eras un niño.
Lucas apartó la mirada.
Y aquel simple gesto me confirmó algo.
Había escuchado esas palabras demasiadas veces.
Durante demasiados años.
Hasta creerlas.
—La carta dice que me perdona.
Murmuró.
—Entonces tal vez deberías creerle.
Su sonrisa volvió.
Pequeña.
Triste.
—Ese es el problema.
Fruncí el ceño.
—¿Qué problema?
—Que ella me perdona.
Pero yo no.
Y aquellas palabras me dejaron sin aire.
Porque por fin entendí.
No era su madre.
No era la carta.
No era el pasado.
Era él.
Lucas seguía atrapado allí.
En aquel accidente.
En aquella culpa.
En aquella versión de sí mismo que había decidido odiar.
—No fue tu culpa.
Dije suavemente.
Lucas cerró los ojos.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Intentar arreglarlo.
—No estoy intentando arreglarlo.
—Sí lo haces.
Su voz sonó cansada.
No molesta.
Solo cansada.
—Siempre intentas arreglarme.
Aquello me dolió.
Porque nunca había pensado en ello de esa manera.
—No quiero arreglarte.
Respondí.
—Solo quiero ayudarte.
Lucas abrió los ojos lentamente.
Y durante unos segundos me observó.
De una forma que nunca antes lo había hecho.
Como si estuviera intentando entender algo.
Como si estuviera viéndome por primera vez.
—¿Por qué?
La pregunta fue tan simple que me tomó desprevenida.
—Porque me importas.
Respondí sin pensar.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Lucas dejó de respirar durante un segundo.
O al menos eso pareció.
Porque su expresión cambió por completo.
Y una emoción que no logré identificar atravesó sus ojos.
Tan rápido que desapareció antes de que pudiera reconocerla.
—Deberías volver a clase.
Dijo finalmente.
La distancia regresó de golpe.
Como una puerta cerrándose.
Otra vez.
—Lucas...
—En serio.
Asentí lentamente.
Porque sabía que no conseguiría nada más.
No ese día.
Tal vez no pronto.
Sin embargo, cuando me alejé por el pasillo, algo me hizo girarme.
Lucas seguía en el mismo lugar.
Observándome.
Y cuando nuestras miradas se encontraron, apartó la vista inmediatamente.
Como si lo hubieran descubierto haciendo algo prohibido.
Aquello hizo que una extraña sensación apareciera dentro de mí.
Una sensación que no entendí.
Y que decidí ignorar.
Aquella noche, mientras hacía tareas en mi habitación, recibí un mensaje inesperado.
No era de Lucas.
Era de Adrián.
Adrián: "Necesito ayuda urgente."
Sonreí.
Porque normalmente eso significaba problemas.
Mary: "¿Qué hiciste?"
La respuesta llegó de inmediato.
Adrián: "Todavía nada."
Mary: "Eso no me tranquiliza."
Adrián: "Mañana hay una presentación grupal y acabo de descubrir que uno de mis compañeros es inútil."
Solté una carcajada.
Y por primera vez en todo el día sentí cómo desaparecía parte del peso que llevaba encima.
#3219 en Novela romántica
#57 en Ciencia ficción
#novelajuvenil #romance #drama, #romace, #jovenesprotagonista
Editado: 10.07.2026