Cuando huir ya no basta

Capítulo 24-¿Celos?

¿Celos?

Si alguien me hubiera preguntado unas semanas atrás qué opinaba de Adrián, probablemente habría respondido algo como:

"Es divertido."

"Es amable."

"A veces habla demasiado."

Y habría sido cierto.

Pero últimamente aquellas respuestas ya no parecían suficientes.

Porque ahora, cuando pensaba en Adrián, también pensaba en su sonrisa.

En los mensajes que me enviaba.

En lo fácil que era hablar con él.

Y en lo mucho que me gustaba estar a su lado.

Lo cual era un problema.

Porque cuanto más lo pensaba...

Más nerviosa me ponía.

—Te ves sospechosamente feliz.

Levanté la vista.

Lucas acababa de sentarse a mi lado antes de que comenzara la clase.

—¿Sospechosamente?

—Sí.

—No sabía que existía una cantidad legal de felicidad.

Por un instante pareció sonreír.

De verdad.

Y me alegró verlo.

Porque últimamente aquello ocurría cada vez más.

Pequeños momentos.

Pequeñas sonrisas.

Pequeños avances.

Nada enorme.

Pero suficientes para hacerme pensar que quizá estaba empezando a sanar.

—¿Qué?

Pregunté.

Lucas negó con la cabeza.

—Nada.

—Eso es muy injusto.

—Lo sé.

Y por primera vez en mucho tiempo aquella conversación se sintió normal.

Como antes.

Como cuando éramos niños.

Sin embargo, esa sensación desapareció durante el almuerzo.

Y todo fue culpa de Adrián.

Bueno.

Tal vez no exactamente culpa suya.

Entré a la cafetería buscando una mesa libre.

Y entonces lo vi.

Adrián estaba sentado junto a una chica que nunca había visto.

Era bonita.

Muy bonita.

Cabello oscuro.

Sonrisa perfecta.

Y parecían estar pasándola increíble.

Porque ambos estaban riéndose de algo.

Algo que yo no había escuchado.

Algo de lo que no formaba parte.

Seguí caminando.

Pero algo dentro de mí se sintió extraño.

Incómodo.

Molesto.

Y no entendía por qué.

—Mary.

Levanté la vista.

Adrián me había visto.

Por supuesto.

—Ven.

Me acerqué lentamente.

Intentando ignorar aquella sensación absurda.

—Hola.

—Hola.

La chica sonrió.

—Así que tú eres Mary.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—He escuchado mucho sobre ti.

Inmediatamente giré hacia Adrián.

—¿Mucho?

Él pareció repentinamente interesado en su bebida.

Cobarde.

—Soy Valeria.

Dijo ella.

—Prima de Adrián.

Y de pronto toda mi incomodidad desapareció.

Por completo.

Tan rápido que resultó vergonzoso.

Prima.

Era su prima.

Su prima.

No una chica que le gustaba.

No una cita.

No una novia.

Su prima.

Perfecto.

Espera.

¿Por qué me sentía aliviada?

—¿Estás bien?

Preguntó Adrián.

—Claro.

—Porque hace un minuto parecías querer golpearme.

Valeria soltó una carcajada.

Y yo sentí que quería desaparecer.

Durante el resto del almuerzo intenté convencerme de que aquello no había significado nada.

Nada.

Absolutamente nada.

Pero era difícil.

Porque seguía recordando la sensación que tuve cuando vi a Adrián con otra chica.

Y todavía no encontraba una explicación razonable.

Aquella tarde decidí llamar a Camila.

Un error.

Un enorme error.

Porque después de escuchar toda la historia, permaneció en silencio exactamente tres segundos.

—Celos.

—No.

—Sí.

—No.

—Mary.

—No fueron celos.

—¿Entonces por qué te molestó?

Abrí la boca.

Y la cerré.

Porque no tenía respuesta.

—Exacto.

Dijo Camila.

—Cállate.

—Jamás.

Esa noche me costó dormir.

No por Lucas.

No por los exámenes.

No por la universidad.

Por Adrián.

Y aquello era nuevo.

Muy nuevo.

Al día siguiente llegué temprano al campus.

Extrañamente temprano.

Tan temprano que incluso me sorprendí a mí misma.

Y mientras caminaba cerca de la biblioteca, escuché una voz conocida.

Lucas.

Instintivamente giré.

Y lo vi hablando con otro chico de su carrera.

No parecía una conversación importante.

Pero una frase llamó mi atención.

—Entonces invítala a salir.

Dijo el otro chico.

Lucas soltó una pequeña risa.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no soy idiota.

—Eso no responde nada.

—Sí responde.

La conversación terminó cuando ambos comenzaron a caminar.

Y no alcancé a escuchar más.

Pero algo en aquella respuesta se quedó conmigo.

Porque había sonado triste.

Más tarde encontré a Lucas en la biblioteca.

Y por primera vez en días parecía tranquilo.

Más relajado.

Menos cansado.

Me senté frente a él.

—Hola.

—Hola.

—Pareces de mejor humor.

Lucas levantó una ceja.

—¿Eso es una crítica?

—Tal vez.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Y me alegró verla.

Porque seguía siendo una de mis personas favoritas.

Porque seguía importándome.

Y porque quería verlo feliz.

Pero mientras hablábamos, mi celular vibró.

Un mensaje.

Adrián.

Y antes siquiera de abrirlo ya estaba sonriendo.

No lo hice a propósito.

Simplemente ocurrió.

Sin pensar.

Sin darme cuenta.

Hasta que vi la mirada de Lucas.

Una mirada breve.

Silenciosa.

Difícil de interpretar.

Y por primera vez sentí que él también lo había notado.

Que algo estaba cambiando.

Y que ninguno de los dos sabía qué hacer al respecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.