Cuando huir ya no basta

Capítulo 25-Querer verte

Querer verte

—Vas a romper ese teléfono si lo sigues mirando así.

Levanté la vista inmediatamente.

Lucas estaba observándome desde el otro lado de la mesa de la biblioteca.

Miré mi celular.

Luego a él.

Y después otra vez al celular.

—No lo estaba mirando.

Lucas levantó una ceja.

—Claro.

—¿Qué?

—Nada.

—Lucas.

—Nada.

Aquella pequeña sonrisa en su rostro me hizo entrecerrar los ojos.

Porque sabía perfectamente que se estaba burlando de mí.

Y porque hacía mucho tiempo que no lo veía hacerlo.

—¿Quién es?

Preguntó unos segundos después.

Parpadeé.

—¿Quién es quién?

—La persona que lleva diez minutos escribiéndote.

Miré la pantalla.

Otro mensaje de Adrián.

Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.

Y eso fue suficiente respuesta.

—Ah.

Dijo Lucas.

Solo eso.

Ah.

Pero por alguna razón aquella única sílaba sonó extraña.

Como si escondiera algo detrás.

Algo que no alcanzaba a entender.

—Es Adrián.

Respondí finalmente.

Lucas asintió.

—Ya imaginaba.

Y volvió a mirar su libro.

Como si la conversación hubiera terminado.

Aunque yo tenía la sensación de que no era así.

Cuando salí de la biblioteca encontré otro mensaje.

Adrián: "Pregunta importante."

Sonreí automáticamente.

Mary: "Tus preguntas importantes suelen ser peligrosas."

Adrián: "Confía en mí."

Mary: "Eso me preocupa más."

La respuesta llegó al instante.

Adrián: "¿Quieres venir mañana conmigo a una exposición?"

Parpadeé.

Mary: "¿Una exposición?"

Adrián: "Sí."

Mary: "¿Voluntariamente?"

Adrián: "Qué ofensiva eres."

No pude evitar reír.

Al día siguiente terminé aceptando.

Y esa simple decisión provocó algo curioso.

Durante toda la tarde me encontré esperando la salida.

Esperando verlo.

Esperando que llegara la hora.

Y cuanto más lo pensaba, más evidente se volvía algo.

Me hacía feliz pasar tiempo con Adrián.

La exposición resultó mucho más interesante de lo que esperaba.

Aunque jamás se lo admitiría.

Porque Adrián se volvería insoportable.

—Admite que tenía razón.

—Jamás.

—Lo estás disfrutando.

—No.

—Mentira.

—Tal vez un poco.

—¡Lo sabía!

Gemí.

Y él celebró como si hubiera ganado una competencia internacional.

Pasamos casi tres horas recorriendo el lugar.

Hablando de cualquier cosa.

Desde música hasta planes para el futuro.

Y fue durante una de esas conversaciones cuando ocurrió algo inesperado.

—¿Cómo te imaginas dentro de diez años?

Preguntó Adrián.

Lo pensé unos segundos.

—No lo sé.

—Respuesta aburrida.

—Gracias.

—De nada.

Le di un pequeño golpe en el brazo.

Y él se rió.

—Hablo en serio.

Insistió.

Suspiré.

—Supongo que trabajando.

—Qué específica.

—¿Y tú?

Adrián sonrió.

Pero esta vez parecía una sonrisa diferente.

Más tranquila.

Más sincera.

—Quiero una vida normal.

Aquello me sorprendió.

—¿Normal?

—Sí.

—Eso es muy poco específico para alguien que critica mis respuestas.

—Lo sé.

Se encogió de hombros.

—Pero es verdad.

Durante unos segundos guardó silencio.

—Alguien con quien llegar a casa.

Un trabajo que me guste.

Personas importantes cerca.

Nada espectacular.

Solo algo que valga la pena.

No respondí inmediatamente.

Porque había algo bonito en aquella respuesta.

Algo genuino.

Y por primera vez me pregunté cómo sería formar parte de ese futuro.

La idea apareció apenas un instante.

Pero estuvo allí.

Y eso fue suficiente para ponerme nerviosa.

Cuando regresé a casa encontré varios mensajes de Camila.

Como siempre.

Camila: "¿Cómo fue?"

Mary: "Bien."

Camila: "Esa respuesta es sospechosa."

Mary: "¿Por qué?"

Camila: "Porque cuando algo sale mal escribes párrafos."

Solté una carcajada.

Porque desgraciadamente tenía razón.

Sin embargo, mientras hablaba con ella, me descubrí sonriendo otra vez.

Y esta vez no intenté buscar excusas.

No intenté convencerme de que era imaginación.

Porque ya no lo era.

Me gustaba Adrián.

Tal vez más de lo que estaba preparada para admitir.

Dos días después ocurrió algo que no esperaba.

Encontré a Lucas sentado solo en una de las áreas verdes del campus.

Llevaba auriculares.

Y parecía distraído.

Me acerqué.

—Hola.

Lucas levantó la vista.

Y por un instante pareció sorprendido de verme.

—Hola.

Me senté a su lado.

En silencio.

Como tantas veces antes.

Y durante unos minutos simplemente observamos a los estudiantes caminar de un lado a otro.

Era cómodo.

Familiar.

Tranquilo.

Como siempre había sido con él.

Hasta que Lucas habló.

—Te ves feliz.

La frase me tomó desprevenida.

—¿Sí?

Asintió.

—Sí.

Sonreí ligeramente.

—Supongo que sí.

Lucas bajó la mirada.

Y aunque intentó ocultarlo, vi aquella pequeña sonrisa.

Pequeña.

Triste.

Pero sincera.

—Me alegro.

Dijo.

Y por alguna razón aquellas palabras me hicieron sentir una punzada en el pecho.

Porque sonaban honestas.

Porque sabía que hablaba en serio.

Y porque, por primera vez, tuve la sensación de que Lucas estaba dejando ir algo.




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