Cuando huir ya no basta

Capitulo 26- Extrañarte

Extrañarte

Nunca había pensado demasiado en cuánto tiempo pasaba con Adrián.

Simplemente ocurría.

Un mensaje aquí.

Un almuerzo allá.

Una conversación después de clases.

Era algo tan natural que nunca me había detenido a analizarlo.

Hasta que dejó de pasar.

El lunes no apareció en la cafetería.

No le di importancia.

Tenía amigos en otras facultades.

Trabajos grupales.

Una vida fuera de mí.

Era normal.

El martes tampoco apareció.

Y cuando saqué el celular para escribirle, me detuve.

Porque no quería parecer desesperada.

Lo cual era ridículo.

Pero aun así guardé el teléfono.

El miércoles seguía sin aparecer.

Y ya no podía ignorarlo.

—¿Dónde está Adrián?

Pregunté durante el almuerzo.

Una compañera levantó la vista.

—¿No te dijo?

Fruncí el ceño.

—¿Decirme qué?

—Está ayudando con la organización del evento de bienvenida para los ingresantes del próximo semestre.

Parpadeé.

—Ah.

Eso explicaba muchas cosas.

Y también explicaba por qué me sentí un poco tonta.

Aquella tarde recibí un mensaje suyo.

Adrián: "Sigo vivo."

Sonreí inmediatamente.

Mary: "Estaba considerando denunciar tu desaparición."

Adrián: "Qué considerada."

Mary: "Alguien tiene que ser responsable."

La respuesta tardó unos segundos.

Adrián: "¿Me extrañaste?"

Mi corazón tropezó consigo mismo.

Literalmente.

Me quedé mirando la pantalla.

Demasiado tiempo.

Porque la respuesta era obvia.

Sí.

Lo había extrañado.

Mucho.

Y eso me asustó un poco.

Mary: "No te emociones."

La respuesta llegó casi instantáneamente.

Adrián: "Eso es un sí."

Rodé los ojos.

Pero no pude evitar sonreír.

El jueves finalmente lo vi.

Y fue entonces cuando ocurrió algo que me tomó completamente desprevenida.

Estaba caminando por el pasillo principal cuando lo reconocí entre la multitud.

A varios metros de distancia.

Y antes de poder detenerme...

Sonreí.

Simplemente sonreí.

Instintivamente.

Como si verlo hubiera mejorado mi día.

Como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes que mi cerebro.

Y eso fue aterrador.

Porque nunca me había pasado algo así.

—Hola.

Dijo Adrián cuando llegué hasta él.

—Hola.

—¿Qué?

Preguntó.

—¿Qué qué?

—Estás sonriendo.

Mi sonrisa desapareció de inmediato.

—No estaba sonriendo.

—Mary.

—¿Qué?

—Te vi.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Y entonces se rió.

Y yo quise empujarlo.

—Te extrañé.

Dijo de repente.

Mi corazón se detuvo.

Porque lo dijo de una forma tan natural que tardé varios segundos en reaccionar.

—Ah.

Respuesta brillante, Mary.

Realmente brillante.

La sonrisa de Adrián se hizo más suave.

Más tranquila.

—¿Solo "ah"?

—No sé qué responder.

—Podrías decir que tú también.

Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.

—Adrián...

—Lo intentaré.

Negué con la cabeza.

Y él se echó a reír.

Más tarde ese mismo día encontré a Lucas en la biblioteca.

Estaba leyendo.

O fingiendo leer.

Nunca era fácil saberlo.

—Hola.

Levantó la vista.

—Hola.

Me senté frente a él.

Y por primera vez en mucho tiempo fui yo quien empezó a hablar primero.

Mucho.

Demasiado.

Le conté una historia absurda sobre Adrián.

Luego otra.

Y otra más.

Hasta que finalmente me detuve.

Porque Lucas estaba observándome.

En silencio.

—¿Qué?

Pregunté.

Lucas apoyó el mentón sobre una mano.

—Nada.

—Esa palabra debería estar prohibida.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Probablemente.

—Entonces deja de usarla.

—No prometo nada.

Suspiré.

Y ambos nos reímos.

Pasaron unos segundos.

Luego Lucas habló.

—Te gusta mucho.

La frase cayó entre nosotros como una piedra.

Mi corazón dio un salto.

—¿Qué?

—Adrián.

Por primera vez no hubo escapatoria.

No hubo distracción.

No hubo cambio de tema.

Solo la pregunta.

Y la verdad.

Porque sabía exactamente de qué estaba hablando.

—Creo que sí.

Respondí finalmente.

Muy despacio.

Lucas permaneció en silencio.

Y durante unos segundos tuve miedo de haber dicho algo incorrecto.

Pero entonces sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Sincera.

Dolorosa.

Aunque no entendí por qué.

—Me parece bien.

Dijo.

Y quise creerle.

De verdad quise creerle.

Aquella noche, mientras estaba acostada en mi cama, no podía dejar de pensar en la conversación.

Porque era la primera vez que lo admitía.

No ante Camila.

No ante mi madre.

No ante mi abuela.

Ante mí misma.

Me gustaba Adrián.

Y decirlo en voz alta había hecho que pareciera más real.

Mucho más real.

A varios kilómetros de distancia, Lucas observaba el techo de su habitación.

Sin dormir.

Pensando en la conversación de aquella tarde.

Pensando en la sonrisa de Mary cuando hablaba de Adrián.

Pensando en la felicidad que veía en sus ojos.

Y repitiéndose una y otra vez lo mismo.

"Me parece bien."

Porque quería que fuera verdad.

Porque quería alegrarse por ella.

Porque era lo correcto.

Aunque cada vez empezaba a doler más.




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