Cuando huir ya no basta

Capitulo 28- Cambios pequeños

Cambios pequeños

La semana siguiente comenzó de una forma extrañamente tranquila.

Por primera vez en mucho tiempo no estaba preocupada por Lucas.

No completamente, al menos.

Porque seguía preocupándome.

Siempre me preocuparía.

Pero ahora sabía que estaba intentando hacer algo para ayudarse a sí mismo.

Y eso hacía una diferencia enorme.

—¿Cómo te fue?

Pregunté.

Lucas levantó la vista de sus apuntes.

—¿Con qué?

—Con la terapia.

Una pequeña incomodidad cruzó su rostro.

—Ah.

—¿Qué?

—Todavía me parece raro hablar de eso.

—Lo siento.

—No.

Negó con la cabeza.

—Está bien.

Simplemente...

Buscó las palabras durante unos segundos.

—No estoy acostumbrado.

Asentí.

Eso tenía sentido.

—¿Y?

Insistí.

Lucas suspiró.

—No fue terrible.

Parpadeé.

—¿Eso es algo bueno?

—Creo que sí.

Aquella respuesta me hizo sonreír.

Porque viniendo de Lucas, era prácticamente una reseña de cinco estrellas.

—¿Ves?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Lucas puso los ojos en blanco.

Y por alguna razón aquella pequeña reacción me hizo sentir aliviada.

Porque era normal.

Porque se sentía como él.

Los días siguientes comenzaron a traer cambios pequeños.

Tan pequeños que probablemente nadie más los habría notado.

Pero yo sí.

Lucas participaba más en clase.

Se quedaba menos tiempo aislado.

Y parecía un poco más presente.

No feliz.

Todavía no.

Pero presente.

Y después de todo lo que había pasado, aquello ya era un avance enorme.

Por otro lado...

También estaba Adrián.

Y ese era un problema completamente diferente.

—¿Por qué sonríes?

Levanté la vista.

Mi madre me observaba desde el otro lado de la mesa.

—No estoy sonriendo.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

Gemí.

Últimamente todo el mundo parecía empeñado en señalar cada una de mis expresiones faciales.

—Tiene nombre.

Dijo mi abuela desde la cocina.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No pienso tener esta conversación.

Mi madre y mi abuela intercambiaron una mirada.

Y sonrieron.

Traidoras.

Las dos.

Aquella tarde recibí un mensaje de Adrián.

Adrián: "Necesito una opinión profesional."

Fruncí el ceño.

Mary: "No soy profesional en nada."

Adrián: "Discrepo."

Mary: "¿Qué hiciste?"

La respuesta llegó enseguida.

Adrián: "Nada grave."

Mary: "Eso nunca es cierto."

Adrián: "Quizás."

Sonreí automáticamente.

Otra vez.

Finalmente acepté encontrarme con él después de clases.

Y cuando llegué, descubrí que toda la emergencia consistía en elegir un regalo de cumpleaños para su prima Valeria.

—Eres imposible.

—Lo sé.

—Podrías haber decidido esto solo.

—Podría.

—Entonces ¿por qué no lo hiciste?

Adrián sonrió.

—Porque quería verte.

Mi corazón dio un salto.

Traidor.

—Eso fue muy manipulador.

—Funcionó.

—Odio admitirlo.

—Lo sé.

Y volvió a sonreír.

Como si hubiera ganado.

Lo peor era que probablemente tenía razón.

Terminamos caminando por un pequeño centro comercial durante casi dos horas.

Dos horas.

Para comprar un regalo.

Y aun así me divertí.

Lo cual probablemente decía mucho sobre el problema que tenía.

—Tengo otra pregunta.

Dijo Adrián mientras caminábamos.

—Me dan miedo tus preguntas.

—Justificadamente.

—Gracias por la honestidad.

Él se rió.

Y luego me miró.

Esta vez de forma más seria.

—¿Sigues pensando en mi confesión?

La pregunta me tomó completamente desprevenida.

Mi corazón empezó a acelerarse.

Porque sí.

Había pensado en ello.

Mucho.

Más de lo que quería admitir.

—A veces.

Respondí.

Adrián asintió lentamente.

Como si ya esperara esa respuesta.

—Yo también.

Aquello me dejó sin palabras.

Porque había algo vulnerable en la forma en que lo dijo.

Algo sincero.

Y de repente sentí ganas de tomar su mano.

La idea apareció de la nada.

Y me sorprendió tanto que casi tropecé.

—¿Estás bien?

Preguntó él.

—Sí.

Mentira.

Una mentira enorme.

Porque mi corazón estaba entrando en pánico.

Aquella noche me encontré sonriendo mientras recordaba la conversación.

Y por primera vez me permití pensar algo que llevaba semanas evitando.

Quizás aquello estaba convirtiéndose en algo más.

Algo real.

Algo importante.

Mientras tanto, Lucas salía de su segunda sesión de terapia.

Caminaba lentamente por una calle tranquila.

Con las manos en los bolsillos.

Pensando.

Mucho.

Demasiado.

Pero por primera vez en años había dicho en voz alta algo que nunca había admitido.

Ni siquiera a sí mismo.

Y aunque todavía no estaba listo para enfrentar todo lo que sentía...

Empezaba a entender que algunas heridas no sanaban ocultándolas.

Sino aprendiendo a mirarlas de frente.

Era un camino largo.

Difícil.

Pero por primera vez parecía dispuesto a recorrerlo.




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