Cuando huir ya no basta

Capítulo 29- Diferente

Diferente

Había algo diferente entre Adrián y yo.

Ya no podía seguir fingiendo que no lo notaba.

No era una gran diferencia.

No era algo que pudiera señalar exactamente.

Era más bien una suma de pequeñas cosas.

Mensajes de buenos días.

Conversaciones que duraban horas.

Miradas que permanecían un segundo más de lo normal.

Y esa sensación constante de querer contarle cualquier cosa que me ocurriera.

Buena o mala.

Importante o absurda.

Simplemente quería compartirla con él.

—Creo que ya es demasiado tarde.

Dijo Camila durante nuestra videollamada semanal.

—¿Demasiado tarde para qué?

—Para fingir que solo te gusta un poco.

Gemí.

—No empieces.

—Mary.

—¿Qué?

—La última vez hablamos cuarenta minutos y mencionaste a Adrián dieciocho veces.

Me quedé en silencio.

—Las conté.

Añadió.

—Eso es inquietante.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Aquella conversación me dejó pensando.

Porque tal vez Camila tenía razón.

Tal vez ya había cruzado una línea invisible sin darme cuenta.

Dos días después estaba caminando hacia la cafetería cuando vi a Adrián sentado en una mesa exterior.

Parecía estar esperando a alguien.

Y cuando me vio, sonrió.

Inmediatamente.

Como si hubiera estado buscándome.

Como si yo fuera exactamente la persona que esperaba ver.

Y algo cálido se instaló en mi pecho.

—Hola.

—Hola.

—Llegas tarde.

Fruncí el ceño.

—Llegué a la hora.

—Detalles.

—Las horas no son detalles.

—Depende del contexto.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Terminamos riéndonos los dos.

Como siempre.

—Tengo noticias.

Anunció Adrián.

—Eso suena peligroso.

—Un poco.

—Continúa.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Mi madre quiere conocerte.

Me atraganté con mi bebida.

—¿Qué?

—Exactamente esa fue mi reacción.

—¿Por qué quiere conocerme?

—Porque hablo mucho de ti.

Mi corazón dio un vuelco.

—Adrián.

—¿Qué?

—No puedes decir eso así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera normal.

—Para mí lo es.

Y de repente ya no supe qué responder.

Durante el resto del almuerzo intenté actuar con normalidad.

No funcionó.

Porque cada vez que recordaba aquella frase volvía a sentir mariposas en el estómago.

Y eso era completamente injusto.

Esa misma tarde encontré a Lucas en la biblioteca.

Estaba leyendo.

O al menos fingiendo hacerlo.

Porque cuando me senté frente a él, cerró el libro inmediatamente.

—Hola.

—Hola.

Lo observé durante unos segundos.

—Te ves mejor.

Lucas pareció pensarlo.

—Creo que sí.

Y aquello me sorprendió.

Porque era la primera vez que lo admitía.

—¿La terapia está ayudando?

Pregunté.

Lucas bajó la vista hacia la mesa.

Y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Creo que sí.

Volví a sorprenderme.

Porque hacía unos meses jamás habría imaginado escuchar algo así.

—Me alegra.

Dije.

Y era verdad.

Muchísimo.

Lucas permaneció en silencio unos segundos.

Luego levantó la vista.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Tú también te ves diferente.

Mi corazón se aceleró.

—¿Diferente cómo?

—Más feliz.

Sonreí.

Sin querer.

Sin pensarlo.

Y la expresión de Lucas cambió apenas un instante.

Tan rápido que casi no lo noté.

—Sí.

Respondí.

—Creo que soy feliz.

Y por primera vez no sentí culpa al decirlo.

Lucas asintió lentamente.

Como si aquella respuesta confirmara algo que ya sabía.

—Eso es bueno.

Dijo.

Y sonó sincero.

Pero también sonó triste.

Aquella noche, mientras estudiaba en mi habitación, recibí un mensaje de Adrián.

Adrián: "Pregunta seria."

Sonreí.

Mary: "Me preocupan tus preguntas serias."

Adrián: "¿Confías en mí?"

Parpadeé.

El corazón empezó a latirme un poco más rápido.

Porque aquella pregunta era diferente.

Más importante.

Más personal.

Miré la pantalla durante varios segundos.

Y finalmente respondí.

Mary: "Sí."

La respuesta tardó casi un minuto.

Adrián: "Entonces quiero invitarte a algún lugar este sábado."

Mi respiración se detuvo.

Porque por alguna razón sentí que aquella invitación era distinta a las anteriores.

Más importante.

Más significativa.

Mary: "¿Dónde?"

Adrián: "Es una sorpresa."

Suspiré.

Por supuesto que era una sorpresa.

Mary: "Te odio."

Adrián: "No es verdad."

Y lo peor era que tenía razón.

Porque mientras observaba aquella conversación, una sonrisa apareció en mi rostro.

Una sonrisa imposible de ocultar.

Y por primera vez empecé a preguntarme si el sábado podría cambiar algo entre nosotros.

Algo importante.

Algo que llevaba mucho tiempo acercándose sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrarlo.




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