Cuando huir ya no basta

Capitulo 30- El sábado

El sábado

Toda la semana estuve intentando averiguar a dónde planeaba llevarme Adrián.

Toda la semana.

Y toda la semana fracasé miserablemente.

—Dame una pista.

Le pedí el jueves.

—No.

—Una pequeña.

—No.

—Una diminuta.

—No.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

Y luego sonrió.

Como si eso resolviera todo.

El viernes intenté nuevamente.

Obtuve exactamente el mismo resultado.

Y para cuando llegó el sábado ya me había resignado.

Lo que no me esperaba era estar tan nerviosa.

Porque técnicamente no era la primera vez que salíamos.

Ya habíamos pasado tiempo juntos antes.

Muchas veces.

Entonces ¿por qué se sentía diferente?

¿Por qué había pasado veinte minutos decidiendo qué ponerme?

¿Por qué mi abuela llevaba toda la mañana sonriendo de forma sospechosa?

¿Por qué mi madre parecía divertirse tanto observándome entrar y salir de mi habitación?

—No digan nada.

Advertí.

Las dos intercambiaron una mirada.

—No hemos dicho nada.

Respondió mi madre.

—Precisamente.

Cuando finalmente salí de casa, Adrián ya estaba esperándome.

Y por alguna razón, al verlo, mis nervios empeoraron.

—Hola.

Sonrió.

—Hola.

Durante un segundo me observó.

Y entonces sonrió más.

—¿Qué?

Pregunté.

—Nada.

—No.

Definitivamente es algo.

—Te ves muy bonita.

Sentí cómo el calor subía inmediatamente a mis mejillas.

—Gracias.

—De nada.

Y ahí estaba otra vez esa sonrisa.

La que últimamente parecía aparecer cada vez que me veía.

—¿Ahora sí me dirás a dónde vamos?

Pregunté mientras comenzábamos a caminar.

—No.

—Te odio.

—Mentira.

Treinta minutos después entendí por qué había guardado el secreto.

Porque terminamos frente al mar.

Me quedé inmóvil.

Observando las olas.

Escuchando el sonido del agua.

Sintiendo la brisa.

—¿Te gusta?

Preguntó Adrián.

—Es hermoso.

Respondí sin apartar la vista.

Y era verdad.

Porque desde que comenzó la universidad sentía que todo iba demasiado rápido.

Clases.

Exámenes.

Responsabilidades.

Pensamientos.

Y de pronto estaba allí.

Con el mar frente a mí.

Respirando.

—Pensé que te gustaría.

Dijo él.

Lo miré.

Y por primera vez me pregunté cuánto había pensado realmente en aquella salida.

Porque aquello no parecía improvisado.

Parecía planeado para mí.

Pasamos gran parte de la tarde caminando por el malecón.

Hablando.

Riéndonos.

Discutiendo sobre tonterías.

Como siempre.

Pero también hubo momentos de silencio.

Momentos cómodos.

Tranquilos.

De esos que solo aparecen cuando realmente disfrutas la compañía de alguien.

—¿Sabes algo curioso?

Dijo Adrián cuando nos sentamos en una banca frente al mar.

—¿Qué?

—El primer día pensé que me odiabas.

Abrí mucho los ojos.

—¿Qué?

—Lo digo en serio.

—¿Por qué?

—Porque apenas hablabas.

—Yo apenas hablo con cualquiera.

—Eso lo sé ahora.

Se rio.

—Pero en ese momento pensé que me considerabas insoportable.

—Bueno...

—Mary.

—Estoy bromeando.

Más o menos.

Adrián negó con la cabeza.

Pero seguía sonriendo.

—Y míranos ahora.

Aquellas palabras se quedaron flotando entre nosotros.

Porque tenía razón.

Habíamos recorrido un camino enorme desde aquel primer día.

Más del que cualquiera de los dos habría imaginado.

—¿Y tú?

Preguntó después.

—¿Qué pensabas de mí?

Sonreí.

—Que hablabas demasiado.

—Eso es justo.

—Y que eras demasiado seguro de ti mismo.

—Eso también es justo.

—Y...

Me detuve.

—¿Y?

Insistió.

Lo observé.

Y decidí ser sincera.

—Pensé que jamás podríamos ser amigos.

Aquello lo hizo reír.

—Bueno.

Dijo.

—Te equivocaste.

La tarde comenzó a oscurecer lentamente.

Y sin darme cuenta me encontré observándolo.

De verdad observándolo.

La forma en que el viento movía su cabello.

La forma en que sonreía.

La tranquilidad que sentía estando con él.

Entonces ocurrió algo.

Algo pequeño.

Pero suficiente para cambiarlo todo.

Adrián tomó mi mano.

No de forma brusca.

No de forma repentina.

Simplemente la tomó.

Con cuidado.

Como si me estuviera dando la oportunidad de apartarme.

Pero no lo hice.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo.

—Mary.

Dijo suavemente.

Y cuando levanté la vista encontré algo diferente en sus ojos.

Algo vulnerable.

Algo sincero.

—No quiero presionarte.

Comenzó.

—Y sé que probablemente esto llegue antes de que estés completamente lista.

Pero necesito decirlo.

Mi respiración se detuvo.

Porque ya sabía lo que venía.

—Me gustas.

Dijo.

—Mucho.

Más de lo que pensaba.

Más de lo que planeaba.

Y cada día es peor.

Una pequeña risa nerviosa escapó de mí.

Porque aquello sonaba exactamente como algo que Adrián diría.

—Y no necesito una respuesta ahora.

Continuó.

—Pero quería que lo supieras.

Lo observé durante varios segundos.

Sintiendo el corazón golpear contra mis costillas.

Porque había esperado este momento.

Y al mismo tiempo no.

Porque una parte de mí todavía tenía miedo.

Porque otra parte seguía preocupándose por Lucas.

Porque enamorarse era aterrador.

Pero también porque, por primera vez, la respuesta no me parecía complicada.

—Adrián.

Murmuré.

Y entonces sonreí.

Una sonrisa pequeña.

Nerviosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.