Cuando huir ya no basta

Capitulo 31- ¿Feliz?

¿Feliz?

Durante toda mi vida pensé que el momento en que alguien te gustaba debía sentirse diferente.

Más dramático.

Más evidente.

Como en las películas.

Con música de fondo y fuegos artificiales imaginarios.

Algo imposible de ignorar.

Pero la realidad era mucho más simple.

Y mucho más aterradora.

Porque el domingo desperté y lo primero que hice fue revisar mi teléfono.

Buscando un mensaje de Adrián.

Y cuando encontré uno, sonreí.

Como una idiota.

—Definitivamente tiene nombre.

Escuché decir a mi abuela desde la puerta.

Casi dejo caer el celular.

—¿Por qué nadie toca antes de entrar?

—Porque es más divertido así.

Respondió ella.

No tenía argumentos contra eso.

El mensaje era simple.

Adrián: "Buenos días."

Y aun así lo había leído tres veces.

Lo cual era vergonzoso.

—¿Es él?

Preguntó mi abuela.

—No.

—Mentira.

—Sí.

—Mentira.

—Abuela.

—Mary.

Suspiré.

Y ella sonrió victoriosa.

Aquella semana fue extraña.

En el mejor sentido posible.

Porque técnicamente nada había cambiado.

Y al mismo tiempo había cambiado todo.

Seguíamos hablando.

Seguíamos almorzando juntos.

Seguíamos caminando por el campus.

Pero ahora existía algo más.

Algo que ambos conocíamos.

Algo que ya no necesitábamos fingir que no estaba allí.

—Te ves feliz.

Comentó Adrián mientras caminábamos hacia la biblioteca.

—Últimamente todos dicen eso.

—Tal vez porque es verdad.

Lo miré.

Y encontré aquella sonrisa otra vez.

La que parecía aparecer únicamente cuando me veía.

Mi corazón hizo esa cosa molesta que llevaba semanas haciendo.

Y tuve que apartar la mirada.

—Todavía te pones nerviosa.

Dijo.

—Tú también.

—Es verdad.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿En serio?

Adrián asintió.

—Claro.

—No pareces nervioso.

—Porque soy muy bueno fingiendo.

Por alguna razón eso me hizo sentir mejor.

Porque yo también estaba intentando fingir.

Y claramente no me estaba saliendo bien.

Más tarde encontré a Lucas en la cafetería.

Estaba solo.

Leyendo.

O fingiendo leer.

Como siempre.

—Hola.

Levantó la vista.

—Hola.

Me senté frente a él.

Y durante unos segundos hablamos de cosas normales.

Clases.

Trabajos.

Profesores.

Nada importante.

Hasta que Lucas me observó durante un momento.

Y sonrió ligeramente.

—¿Qué?

Pregunté.

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

—Lo sé.

Guardó silencio unos segundos.

Y luego añadió:

—Solo te ves feliz.

Aquella frase me sorprendió.

Porque era exactamente la misma que había dicho Adrián unas horas antes.

—¿Es tan evidente?

Lucas soltó una pequeña risa.

—Un poco.

Bajé la mirada hacia mi bebida.

Sintiendo cómo mis mejillas comenzaban a calentarse.

—Ah.

Fue lo único que logré decir.

Lucas me observó durante unos segundos más.

Y luego volvió a mirar su libro.

Pero esta vez no abrió la página.

Ni fingió leer.

Simplemente permaneció en silencio.

—Lucas.

Murmuré.

—¿Sí?

Dudé.

Porque una parte de mí sentía que debía decirle la verdad.

No porque le debiera explicaciones.

Sino porque era Lucas.

Mi mejor amigo.

—Adrián y yo...

Me detuve.

Sin saber exactamente cómo terminar la frase.

La expresión de Lucas cambió apenas un poco.

Casi imperceptiblemente.

—¿Qué pasa con ustedes?

Preguntó.

Con calma.

Demasiada calma.

Respiré hondo.

—Creo que estamos intentando averiguar qué somos.

Por un segundo pensé que Lucas diría algo.

Cualquier cosa.

Pero no lo hizo.

Simplemente asintió.

—Entiendo.

Y sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Educada.

Perfectamente controlada.

Pero sus ojos no sonrieron.

Y por primera vez sentí una extraña incomodidad.

Como si hubiera algo detrás de aquella reacción que no estaba logrando comprender.

Sin embargo, antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Lucas habló nuevamente.

—Me alegro por ti.

Dijo.

Y esta vez sí pareció sincero.

Aunque también parecía triste.

Muy triste.

Aquella noche, mientras caminaba de regreso a casa, seguí pensando en esa conversación.

Porque algo había sido diferente.

No malo.

No exactamente.

Solo diferente.

Y no conseguía descubrir por qué.

Mientras tanto, Lucas estaba sentado frente a su terapeuta.

Las manos entrelazadas.

La mirada fija en el suelo.

—La última vez dijiste que estabas empezando a aceptar algunas cosas.

Comentó la terapeuta.

—Sí.

—¿Como qué?

Lucas tardó varios segundos en responder.

—Que no puedo cambiar el pasado.

La terapeuta asintió.

—¿Y qué más?

El silencio regresó.

—Que Mary merece ser feliz.

Aquellas palabras dolieron incluso al pronunciarlas.

Porque eran verdad.

Porque la quería demasiado como para desear otra cosa.

Y porque aceptar algo no significaba que dejara de doler.

La terapeuta permaneció en silencio unos segundos.

—¿Y tú?

Preguntó finalmente.

Lucas levantó la vista.

Confundido.

—¿Yo qué?

—¿Tú también mereces ser feliz?

Y por primera vez en mucho tiempo...

Lucas no supo responder.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.