Cuando huir ya no basta

Capitulo 34-Aprender a quedarse

Aprender a quedarse

Nunca había pensado demasiado en lo fácil que era acostumbrarse a alguien.

Hasta Adrián.

Porque ahora formaba parte de mi rutina de una manera que ni siquiera había notado.

Un mensaje por la mañana.

Una conversación entre clases.

Un almuerzo juntos.

Una llamada por la noche.

Pequeñas cosas.

Cosas simples.

Pero suficientes para que los días se sintieran diferentes.

—Buenos días.

Levanté la vista de mi cuaderno.

Adrián acababa de sentarse a mi lado.

—Hola.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres?

—No sé.

Algo más emocionante.

—Buenos días, luz de mis ojos.

—Eso da miedo.

Adrián se echó a reír.

Y yo terminé riéndome también.

Porque era imposible no hacerlo.

Aquella mañana transcurrió con normalidad.

Clases.

Apuntes.

Profesores aburridos.

Nada fuera de lo común.

Hasta que encontré a Lucas después del almuerzo.

Estaba sentado bajo uno de los árboles del campus.

Leyendo.

O fingiendo leer.

Algunas cosas nunca cambiaban.

—Hola.

Dije mientras me acercaba.

Lucas levantó la vista.

Y sonrió ligeramente.

—Hola.

Me senté junto a él.

Y durante unos segundos permanecimos en silencio.

Observando el movimiento de estudiantes alrededor.

Era cómodo.

Como siempre.

—¿Cómo vas?

Pregunté.

Lucas pareció pensarlo.

—Mejor.

Aquella respuesta me sorprendió.

No porque fuera imposible.

Sino porque sonó sincera.

—¿De verdad?

—Sí.

Y por primera vez en mucho tiempo no pareció sentir la necesidad de minimizarlo.

Aquello me alegró más de lo que esperaba.

—Eso es bueno.

Lucas asintió.

—La terapeuta dice que tengo que dejar de pensar que merezco castigarme por todo.

Parpadeé.

—Suena inteligente.

—Lo es.

—¿Y le haces caso?

Lucas soltó una pequeña risa.

—Lo intento.

Aquella respuesta me hizo sonreír.

Porque meses atrás jamás habría dicho algo así.

Más tarde, mientras caminaba hacia mi siguiente clase, me encontré pensando en ello.

En Lucas.

En cómo estaba cambiando.

Y por primera vez comprendí algo.

Yo siempre había querido ayudarlo.

Pero ahora él estaba empezando a ayudarse a sí mismo.

Y eso era mucho más importante.

Aquella noche recibí una llamada inesperada.

Lucas.

Fruncí el ceño.

Porque normalmente no llamaba.

—¿Hola?

—Hola.

Hubo un breve silencio.

—¿Interrumpo algo?

—No.

¿Qué ocurre?

Escuché cómo soltaba aire lentamente.

—Nada malo.

—Esa frase suele significar exactamente lo contrario.

Lucas soltó una pequeña risa.

—Lo sé.

Aquello me tranquilizó un poco.

Porque hacía tiempo que no escuchaba una risa tan natural.

—Solo quería preguntarte algo.

—¿Qué cosa?

—¿Recuerdas la bicicleta?

Parpadeé.

—¿La bicicleta?

—La azul.

Y entonces sonreí.

Porque sí la recordaba.

La vieja bicicleta que compartíamos cuando éramos niños.

La que era demasiado grande para nosotros.

La que habíamos intentado arreglar tantas veces.

—Claro que la recuerdo.

—Mi padre la encontró.

Aquello me sorprendió.

—¿Todavía existe?

—Aparentemente sí.

No pude evitar reír.

—Eso es increíble.

—Lo pensé también.

Durante unos segundos ambos guardamos silencio.

Un silencio agradable.

Lleno de recuerdos.

Y entonces Lucas habló otra vez.

—Gracias.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Hubo una pausa.

Más larga de lo normal.

—Por no rendirte conmigo.

Mi corazón se encogió un poco.

Porque había mucho detrás de aquella frase.

Mucho más de lo que estaba diciendo.

—Nunca iba a hacerlo.

Escuché una pequeña exhalación al otro lado de la línea.

—Lo sé.

Y por alguna razón aquella respuesta sonó triste.

Después de colgar me quedé observando el techo de mi habitación.

Pensando.

Porque últimamente sentía que Lucas estaba cambiando.

Y eso era bueno.

Muy bueno.

Sin embargo...

También tenía la extraña sensación de que estaba preparándose para algo.

Algo que todavía no lograba entender.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Lucas estaba sentado en su habitación.

Con una fotografía vieja entre las manos.

Una fotografía de dos niños sonriendo junto a una bicicleta azul.

Él y Mary.

La observó durante varios segundos.

Y luego la guardó nuevamente.

Porque por primera vez en mucho tiempo estaba empezando a comprender algo.

Amar a alguien no siempre significaba tenerla.

A veces significaba alegrarse de que fuera feliz.

Incluso cuando no era contigo.

Y aunque todavía le dolía...

Era la primera vez que podía pensar eso sin sentir ganas de escapar.

Era la primera vez que se estaba quedando.




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