Cuando huir ya no basta

Capitulo 39- Hasta pronto

Hasta pronto

Nunca me habían gustado las despedidas.

Ni siquiera las pequeñas.

Y descubrí que me gustaban todavía menos cuando la persona que se iba era Adrián.

Los cinco días pasaron demasiado rápido.

Ridículamente rápido.

Entre mensajes, salidas y planes de último momento, de pronto llegó el miércoles.

El día de su viaje.

Y yo no estaba preparada.

Para nada.

—Estás poniendo esa cara otra vez.

Dijo Adrián.

Estábamos sentados en una banca del parque cercano a mi casa.

Nuestro último encuentro antes de que se fuera.

—¿Qué cara?

—La de que alguien acaba de decirte que los gatos pueden pagar impuestos.

Lo miré.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Exacto.

Suspiré.

Y él sonrió.

Porque sabía perfectamente que estaba nerviosa.

—Solo son tres semanas.

Repitió por quinta vez.

—Lo sé.

—Vas a cansarte de mí antes de que regrese.

—Eso es imposible.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Y apenas lo hicieron sentí calor en las mejillas.

Adrián sonrió inmediatamente.

—¿Imposible?

—Cállate.

—No.

—Adrián.

—Jamás.

Terminé empujándolo suavemente.

Y él se rio.

Aquello me hizo sentir mejor.

Porque si seguíamos bromeando...

La despedida parecía menos real.

Menos cercana.

Menos dolorosa.

Pero el tiempo siguió avanzando.

Como siempre.

Y eventualmente llegó el momento de levantarnos.

El momento que había estado evitando toda la tarde.

—Bueno...

Murmuró Adrián.

—Bueno...

Ninguno parecía muy convencido.

Entonces él metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

Y sacó algo pequeño.

—Toma.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

Miré el objeto.

Era un llavero.

Pequeño.

Con forma de estrella.

Muy simple.

Muy bonito.

—Adrián...

—Lo vi y pensé en ti.

Lo observé.

Sin saber qué decir.

Porque aquello era ridículamente dulce.

Y porque me gustó mucho más de lo que quería admitir.

—Gracias.

—De nada.

Guardé el llavero con cuidado.

Como si fuera algo importante.

Porque lo era.

Luego Adrián dio un paso hacia mí.

Y antes de que pudiera ponerme nerviosa...

Me abrazó.

Con fuerza.

Como si tampoco quisiera despedirse.

Y por unos segundos me permití quedarme allí.

Escuchando los latidos de su corazón.

Sintiendo que el mío iba igual de rápido.

—Te llamaré cuando llegue.

Murmuró.

—Más te vale.

—Qué amenazante.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Cuando nos separamos, ninguno estaba sonriendo tanto como al principio.

Pero tampoco estábamos tristes.

No exactamente.

Porque sabíamos que era temporal.

Y eso hacía toda la diferencia.

Antes de irse, Adrián se inclinó y me besó suavemente.

Un beso corto.

Cariñoso.

Suficiente para que mi corazón olvidara funcionar durante unos segundos.

—Hasta pronto, Mary.

—Hasta pronto.

Y luego se marchó.

Lo observé alejarse.

Hasta que desapareció entre la gente.

Y entonces...

Por primera vez desde que comenzó la universidad...

Sentí que algo faltaba.

Los días siguientes fueron extraños.

No malos.

Solo diferentes.

Seguíamos hablando.

Mensajes.

Llamadas.

Videollamadas.

Pero no era lo mismo.

Porque no podía verlo.

Y porque me había acostumbrado a su presencia mucho más de lo que creía.

El sábado por la mañana sonó el timbre de casa.

Mi madre abrió la puerta.

Y unos segundos después escuché un grito.

Un grito que conocía perfectamente.

—¡MARY!

Me levanté de golpe.

Y corrí escaleras abajo.

Porque reconocería esa voz en cualquier lugar.

—¡CAMILA!

Nos abrazamos tan fuerte que casi perdimos el equilibrio.

—¡Estás más alta!

—¡Tú también!

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Y aun así seguimos riéndonos.

Porque después de tantos meses...

Finalmente estaba allí.

De verdad.

No en una pantalla.

No en una llamada.

Frente a mí.

Mi abuela apareció desde la cocina.

—Así que esta es la famosa Camila.

—La única e inigualable.

Respondió ella.

—Me agradas.

—Gracias.

—Todavía no terminaba.

Camila abrió mucho los ojos.

Yo me eché a reír.

Porque algunas cosas nunca cambiaban.

Aquella tarde salimos a caminar por la ciudad.

Hablamos durante horas.

De todo.

La universidad.

La mudanza.

Las nuevas amistades.

Las viejas historias.

Y por primera vez en mucho tiempo sentí que una parte de mi vida volvía a encajar.

—Entonces.

Dijo Camila mientras tomábamos un helado.

—Entonces qué.

—¿Cuándo voy a ver a Lucas?

Casi me atraganté.

—¿Qué?

—Quiero verlo.

—¿Por qué?

—Porque desapareció durante años y luego reapareció como si nada.

Punto válido.

—Además.

Continuó.

—Quiero comprobar algo.

Fruncí el ceño.

—¿Comprobar qué?

Camila sonrió.

Una sonrisa peligrosa.

Demasiado peligrosa.

—Nada.

La conocía demasiado bien.

Y por alguna razón...

Tuve el presentimiento de que las vacaciones acababan de complicarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.