Durante los siguientes dos días, Camila estuvo extrañamente callada.
Y eso era aterrador.
Porque Camila era muchas cosas.
Impulsiva.
Curiosa.
Dramática.
Pero silenciosa no era una de ellas.
—Me estás asustando.
Le dije durante el desayuno.
Ella levantó la vista de su taza de café.
—¿Por qué?
—Porque llevas diez minutos sin hablar.
Mi abuela levantó una mano.
—Yo también estoy preocupada.
—Gracias.
Respondí.
—De nada.
Camila rodó los ojos.
—Los dos están exagerando.
—Tres.
Corrigió mi madre.
—Somos tres.
Camila suspiró.
—No puedo creer que me estén haciendo una intervención por estar tranquila.
—No estás tranquila.
Dije.
—Estás pensando.
—Y eso siempre termina mal.
Añadió mi abuela.
—Qué familia tan considerada.
A pesar de las bromas, tenía razón en una cosa.
Estaba pensando.
Mucho.
Aunque yo no sabía exactamente en qué.
Aquella tarde recibí un mensaje de Lucas.
Lucas: "¿Quieres ir por un helado?"
Sonreí.
Yo: "¿Invitas?"
La respuesta llegó de inmediato.
Lucas: "No abuses de nuestra amistad."
Solté una risa.
Y acepté.
Media hora después nos encontramos en una pequeña heladería cerca del parque.
Una de las que frecuentábamos cuando éramos niños.
Y eso fue suficiente para despertar recuerdos.
Muchos recuerdos.
—Siguen teniendo el mismo sabor de vainilla.
Comenté.
—Gracias a Dios.
—Pensé que dirías algo más profundo.
—No soy tan interesante.
—Eso es discutible.
Lucas sonrió.
Y por unos momentos todo se sintió sencillo.
Como antes.
Caminamos por el parque mientras comíamos.
Hablando de cosas normales.
La universidad.
Las vacaciones.
Los profesores.
Nada importante.
Nada complicado.
Hasta que mi teléfono vibró.
Un mensaje de Adrián.
Automáticamente sonreí.
Y sin pensar abrí el chat.
Lucas lo vio.
Solo un segundo.
Pero lo vio.
Y algo cambió en su expresión.
Algo pequeño.
Tan pequeño que probablemente nadie más lo habría notado.
Pero yo conocía a Lucas.
Lo conocía desde hacía años.
—¿Todo bien?
Pregunté.
—Sí.
La respuesta fue demasiado rápida.
Seguimos caminando.
Pero el ambiente ya no era exactamente el mismo.
Finalmente llegamos a una banca.
Y nos sentamos.
Observando a la gente pasar.
—¿Lo quieres mucho?
Preguntó Lucas de repente.
Parpadeé.
—¿A quién?
—A Adrián.
La pregunta me tomó completamente desprevenida.
Porque Lucas nunca hablaba de eso.
Jamás.
Miré mis manos.
Pensando la respuesta.
Porque no quería decir algo sin sentirlo realmente.
Y entonces sonreí.
Una sonrisa pequeña.
Honesta.
—Sí.
Lucas bajó la mirada.
Asintiendo.
Como si hubiera esperado esa respuesta.
—Es un buen tipo.
Dijo después de unos segundos.
—Lo es.
—Te trata bien.
—Sí.
—Y te hace feliz.
Aquella vez tardé menos en responder.
—Sí.
Lucas permaneció en silencio.
Un silencio largo.
Pero no incómodo.
Solo triste.
Aunque yo no entendí por qué.
Finalmente se puso de pie.
—¿Volvemos?
—Claro.
Mientras caminábamos hacia la salida del parque, sentí que quería decirme algo.
Varias veces abrió la boca.
Varias veces volvió a cerrarla.
Como si estuviera luchando consigo mismo.
Pero al final no dijo nada.
Esa misma noche.
Camila estaba sentada en el balcón de mi casa cuando escuchó que alguien la llamaba.
—¿Camila?
Levantó la vista.
Y encontró a Lucas en la vereda.
—¿Qué haces aquí?
Preguntó ella.
—Necesito hablar contigo.
Aquello bastó para que Camila se pusiera seria.
Porque Lucas no era el tipo de persona que buscaba conversaciones importantes.
Bajó las escaleras.
Y unos minutos después ambos caminaban por la calle.
En silencio.
Hasta que Lucas habló.
—Tú ya lo sabes.
Camila se detuvo.
Porque no necesitaba preguntar a qué se refería.
Lo sabía.
—¿Desde cuándo?
Preguntó suavemente.
Lucas soltó una pequeña risa.
Una risa cansada.
—Ni siquiera estoy seguro.
Miró hacia el suelo.
—Tal vez desde antes de irme.
El corazón de Camila se encogió.
Porque eso significaba años.
Muchos años.
—Lucas...
Él negó con la cabeza.
—No te preocupes.
Su sonrisa fue pequeña.
Triste.
Pero sincera.
—No voy a hacer nada.
Camila guardó silencio.
—Ella es feliz.
Continuó Lucas.
—Y eso es lo único que importa.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Pesadas.
Dolorosas.
Reales.
Y por primera vez desde que regresó a la ciudad...
Camila comprendió la magnitud de lo que Lucas había estado cargando solo durante tanto tiempo.
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Editado: 10.07.2026